Hay datos que desmontan discursos enteros. Datos que dejan en evidencia años de demagogia, augurios apocalípticos y patriotismo de cartón piedra. El último es histórico: España ha bajado del 10% de paro por primera vez en 17 años. No es una estimación optimista ni un titular ingenioso. Es un dato oficial del INE, respaldado por la EPA, y marca un antes y un después en el mercado laboral español.

Mientras tanto, buena parte de la derecha política sigue instalada en el mismo lugar incómodo de siempre: el de quienes no saben qué hacer cuando a España le va bien. Feijóo, Ayuso y Abascal no celebran que más de 22,4 millones de personas tengan hoy un empleo, ni que cientos de miles de familias hayan ganado estabilidad e ingresos. Su problema no es económico, es político: su relato se desmorona cuando el país avanza.

El cierre de 2025 deja cifras que no admiten matices interesados. El paro se sitúa en el 9,93%, la tasa más baja desde 2008. El número de personas ocupadas alcanza un récord histórico de 22.463.300 trabajadores. A lo largo del año se han creado 605.400 nuevos empleos, una cifra que vuelve a situar a España entre los países que más empleo generan en Europa.

No se trata de un rebote estadístico ni de un espejismo coyuntural. Es una tendencia sólida. En un contexto internacional complejo, marcado por incertidumbres geopolíticas y tensiones económicas, España no solo resiste, sino que crece y crea empleo. Y lo hace, además, mejorando la calidad de ese empleo, algo que durante décadas se nos dijo que era imposible.

Uno de los datos más relevantes —y más silenciados por los agoreros de siempre— es el avance de la estabilidad laboral. Los contratos indefinidos aumentaron en casi 550.000 personas, hasta alcanzar los 16,26 millones. La tasa de temporalidad se sitúa ya en el 12,4%, muy lejos de aquellos años en los que la precariedad era la norma y se vendía como modernidad.

La reforma laboral del Gobierno de Pedro Sánchez, tan criticada por el PP y Vox, no ha destruido empleo: lo ha fortalecido. El salario mínimo no ha provocado el colapso de las pymes, sino que ha impulsado la demanda interna. Subir derechos no ha sido un lastre, sino una palanca. Los datos lo confirman una y otra vez, por mucho que algunos se empeñen en negarlo.

También mejora la realidad dentro de los hogares. Los hogares con todos sus miembros ocupados aumentaron en 263.000, mientras que aquellos en los que todos están en paro se redujeron en más de 61.000. Detrás de estas cifras hay menos angustia, menos incertidumbre y más proyectos de vida que salen adelante.

El empleo femenino merece una mención especial. España ha alcanzado un récord histórico de mujeres trabajando, superando los 10,4 millones de ocupadas. Nunca antes tantas mujeres habían tenido un empleo en nuestro país. La tasa de empleo femenino sigue creciendo y la brecha con los hombres se reduce de forma sostenida, algo impensable hace solo una década.

El empleo juvenil ofrece otro indicador clave. La tasa de paro entre los jóvenes se sitúa en el 23%, la más baja en 17 años. Sigue siendo alta, sí, pero el cambio de tendencia es evidente. Por primera vez en mucho tiempo, el mercado laboral deja de expulsar sistemáticamente a toda una generación.

Todo esto sucede mientras la oposición se empeña en negar la realidad. Feijóo sigue preguntándose “qué va mal en España”, como si el problema fuera no encontrar suficientes malas noticias. Ayuso compite cada semana por el titular más incendiario. Abascal necesita que todo fracase para sostener su discurso del derrumbe permanente.

El patrón es conocido. Cuando gobierna la derecha, cualquier dato malo se normaliza. Cuando gobierna la izquierda, cualquier dato bueno se relativiza o se pone en duda. El éxito económico les incomoda porque desmonta la idea de que solo desde el recorte, la precariedad y la desigualdad se puede crecer.

Europa, sin embargo, mira a España con otros ojos. Organismos internacionales, prensa económica e instituciones comunitarias destacan la fortaleza del mercado laboral español, la reducción de la temporalidad y el crecimiento sostenido del empleo. Mientras aquí algunos se recrean en el ruido, fuera se analizan los hechos.

No es magia. Es política económica. Es diálogo social. Es inversión pública. Es protección a los trabajadores. Es un modelo que entiende que el Estado del bienestar no es un gasto inútil, sino una inversión rentable. Y es, sobre todo, la prueba de que se puede crecer repartiendo mejor.

España es hoy el país que más empleo crea en la Unión Europea en términos absolutos. Uno de cada cuatro nuevos puestos de trabajo generados en la UE durante el último año se ha creado en España. Lejos queda aquel objetivo de Rajoy de alcanzar los 20 millones de ocupados. Hoy España supera ampliamente los 22 millones y medio.

La paradoja es evidente. Quienes más se envuelven en la bandera son incapaces de alegrarse cuando el país mejora. Son patriotas solo cuando todo va mal. Necesitan el desastre para justificar su discurso. Por eso nunca reconocen los avances. Por eso buscan siempre la grieta, el miedo y el fracaso. La de Feijóo, Ayuso y Abascal es una forma extraña de patriotismo: aspiran al fracaso del país para sentirse cómodos. Son patriotas de hojalata.

España no se rompe. España trabaja. España crea empleo. España reduce el paro. España mejora salarios y estabilidad. Y lo hace con Pedro Sánchez al frente del Gobierno. Lo hace a pesar del ruido, de los bulos y de una oposición que parece más cómoda cuando el país se hunde que cuando avanza.

La pregunta final es sencilla: si estos datos no merecen reconocimiento, ¿qué lo merecería? Quizá el problema no sea cómo va España, sino quién es incapaz de aceptarlo. Los datos están ahí. Y esta vez hablan más alto que los bulos de la derecha.

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