La Iglesia sólo acepta el progreso sólo en aquellos lugares en los que ya le es imposible impedirlo, decía el periodista y escritor noruego Helge Krog en su obra Underveis (1931). Y no sólo eso, parece que a las religiones, a todas, les encanta el sufrimiento, el ajeno, claro. De hecho, leer un poco sobre la historia de las religiones y sobre sus dogmáticas es como adentrarse en un universo macabro de tortura y de terror. La Inquisición fue, por ejemplo, una herramienta terrible de persecución, linchamientos y muerte contra muchos seres humanos a lo largo de muchos siglos, desde el XIII hasta el XIX, aunque bien es verdad que no está abolida del todo, porque aún sigue vigente uno de sus organismos, la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En la misma dogmática cristiana se hace una verdadera apología del sufrimiento, del sacrificio y del dolor. En este país en el que todos hemos sido, y seguimos siendo adoctrinados desde la infancia en esa dogmática, hemos oído cientos de veces la idea tan cristiana y tan católica del “valle de lágrimas”. Es como si nos quisieran habituar y hacer asumir que la vida es penurias y tristezas; como si desde niños nos quisieran adoctrinar en la renuncia a las cosas hermosas de la vida, y sobre todo a nuestro derecho a la felicidad. ¿El motivo? Pues muy obvio: control y sometimiento. En las cercanas manifestaciones populares de la Semana Santa tendremos ocasión, una vez más, de comprobar esos espectáculos macabros y morbosos en los que se inocula en la sociedad, en el mismo lote que la ignorancia, la devoción por la superstición, el tormento y la aflicción.

El reciente caso de Ángel, quien, por compasión y amor a su mujer en estado terminal, terriblemente agotados y en una situación total de abandono, le ha ayudado a morir, ha reabierto un debate muy complejo en este país. Digo complejo porque los prejuicios y la moralina cristiana, que nada tienen que ver con el amor, llevan décadas frenando la aprobación de una Ley de eutanasia decente, que nos permita a los españoles morir en paz. Son un total de diecinueve las veces que los políticos del PP y Ciudadanos han bloqueado la aprobación de una Ley que permita una muerte digna. Son partidos, por supuesto, respaldados por la Iglesia católica, y afines ideológicamente a sus credos, que se podrían muy bien sintetizarse en el apego al dolor, al sufrimiento, a la ignorancia y al miedo.

Acaba de salir en los medios otra de las “perlas” de la Iglesia contra el progreso, en la voz del obispo de Alcalá, quien en una carta pastoral clama contra la eutanasia y pide “sufrir como Cristo”. “El dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios”, es otra de sus afirmaciones. Es decir, sufrir es el camino para llegar a la “salvación”. Es muy elocuente el hecho de castigar el deseo de morir y, a la vez, ahogar y frenar el deseo de vivir.

El miedo a la muerte es una de las grandes debilidades humanas, aunque la muerte es una parte más de la vida. Es una vulnerabilidad que permite a las religiones infiltrarse en nuestras conciencias como un supuesto asidero existencial que, de manera paradójica, no sólo no nos ofrece explicación alguna, sino, además, aumenta y alimenta esa fragilidad, y nos aleja de una visión natural y sensata de la trascendencia. El dolor en la vida es inevitable, pero el sufrimiento estéril sí lo es. El dolor natural dignifica; el sufrimiento estéril denigra. El dolor que nos lleva a superarnos y a mejorar forma parte natural de la existencia; el sufrimiento agónico, impuesto, inútil y sin salida es una tortura anti natura, una vejación, una negación de nuestro poder de superación, de la ilusión, del derecho a la paz y a la alegría; es decir, es una renuncia a la vida.

Vivir y morir dignamente es uno de nuestros derechos, se sea como se sea. Y la alegría también es nuestro derecho por el hecho de existir. Diversos estudios psicológicos y científicos demuestran que nuestra mente y nuestro cerebro tienen muchos más resortes a favor del placer y el bienestar que a favor de la infelicidad; la cuestión es que no se nos enseña a utilizarlos.  En cualquier caso, más allá de donde quedan los límites éticos que cada Estado y cada persona estipulan, nuestra intimidad no puede ser otra cosa que respetada, como no puede ser otra cosa que respetado nuestro derecho a vivir y a dejar de vivir sin dolor y sin agonías macabras. Por eso una Ley que regule el derecho a morir dignamente nos urge en este país. Y por eso también Carl Gustav Jung, uno de los grandes padres de la Psicología, insistía en un consejo que ofrecía constantemente: “Ignora a las personas que amenazan tu alegría. Ignóralos, directamente”.

Coral Bravo es Doctora en Filología