Entre que Google tuvo el buen gusto de dedicarle su Doodle el 28 de octubre de 2013 (con ocasión del aniversario de su nacimiento), y Píxar se inspiró en ella para crear a la saladísima Edith Mode de Los invencibles, su nombre ya nos resulta algo más familiar. Pero, no hace mucho tiempo, solo los muy cinéfilos de España sabían quién fue Edith Head, toda una institución del mundo de la moda y del cine en Estados Unidos. Una exposición en la australiana galería Bendigo Art Gallery’s recuerda parte de su obra. Edith Head fue la diseñadora del vestuario (de todo o de una parte) de unas dos mil películas de la era dorada de Hollywood; “he trabajado en más películas de las que he visto”, admitió una vez. Y es la mujer que, aun hoy, ostenta el récord en candidaturas a los Oscar: la nominaron nada menos que treinta y cinco veces, aunque “solo” ganó en ocho ocasiones.

La Doctora Moda

“Si es una película de Paramount, seguramente le habré diseñado los trapitos”, decía una Head ya consagrada cuando quería que su interlocutor se hiciera una idea de la magnitud de su obra. Sus tijeras no le hicieron ascos a ningún género, trazó vestidos de princesa pero también tunas bíblicas y sombreros vaqueros, y tal versatilidad le granjeó la admiración de hasta el último figurinista, más allá de las revistas de papel couché, que la halagaban exclusivamente por los vestidos en que enfundaba a las grandes divas del momento. Además, Head, que se autobautizó como “Doctora Moda”, habló de tú a tú al gran público desde emisoras de radio como la CBS, desde revistas y desde un par de best sellers, para darle consejos sobre el buen vestir, expresándose con unas lapidarias frases que se han terminado repitiendo como mantras en el universo de las pasarelas. La conocida “puedes convertirte en lo que desees si te vistes para ello” es de su cosecha. Edith Head fue el típico caso, tan admirado en Estados Unidos, de alguien que se hace a sí mismo, que asciende a la cumbre de la fama desde la clase más humilde. Poco se sabe de los orígenes de esta referencia del Diseño porque, paradójicamente, ella los ocultó, temerosa de emborronar el glamour del que procuró rodearse siendo ya del gran clan del Séptimo Arte.

Primero fue profesora de francés

Sabemos que nació en California con el nombre de Edith Posener, en una familia de recursos escasos y disfuncional -la educaron su madre y su padrastro-. También sabemos que, muy pronto, adquirió la sana costumbre de ser discreta, una cualidad que le vendría muy bien de mayor, al tener que lidiar con egocéntricas estrellas que le pedían que les estilizara las piernas o les redujera el busto. En este sentido, la divertida actriz Lucille Ball diría de ella con sorna que “sabe quién de nosotros tiene el culo plano y quién no, pero no hay quien se lo sonsaque”. En 1923, Head contrajo el primero de sus varios matrimonios siendo una modesta profesora de francés. Tan modesta que, un par de años más tarde, se vio obligada a pluriemplearse, por casualidad y por fortuna para la Historia, como modista, y en un segundo golpe de suerte, recaló en Famous Player, lo que más tarde sería Paramount. Allí aprendió a hacer bocetos y a tratar con las estrellas y sus manías (Head acabaría diciendo que “una modista tiene que ser, en buena medida, también una niñera de aquel a quien viste”). La primera actriz cuyo atuendo pasó por sus manos fue Clara Bow: se estrenó con ella en 1927, ideando los modelos que esta vistió en la película Alas, y debió de dejarla contenta pues ambas trabaron una amistad que sería duradera. Sin embargo, el trabajo de Head no se reconocería en los créditos de un filme hasta que en 1933 se encargó del look de Mae West en Nacida para pecar. En 1938, Head había demostrado ya una capacidad de trabajo y un talento que le permitieron destronar a Travis Banton de su cargo de Chief Designer en Paramount; un Banton que pasaba horas bajas debido a que, aunque ha sido otro de los mitos del corte y confección hollywoodiense e incluso fue mentor de Head, su talento se estaba echando a perder por el alcoholismo. Desde aquel año, Head fichó por grandes como Alfred Hitchcock, con quien trabajó en Vértigo o Atrapa un ladrón, o Billy Wilder, que la puso manos a la aguja en Sunset Boulevard o Testigo de cargo.

Categoría de premio

En 1948, el Diseño de Vestuario se incorporó como una categoría de los Oscar, y fue la oportunidad para que Head pasase de ser una líder a ojos de los de su gremio a alguien muy digno de admiración también para los espectadores. Acumuló una nominación tras otra, año tras año. En ese mismo 1948 fue candidata por su labor en El vals del emperador, de Billy Wilder, aunque no alzó la estatuilla hasta el año siguiente por La heredera, de William Wyler. Entre tanto, Head, que no ocultaba que prefería diseñar para mujeres, estaba cada vez más en su salsa porque todas las grandes divas del cine clásico lucían los palmitos que ella les inventaba, y actrices que en la época eran autoridades de lo chic (Olivia de Havilland o Joan Crawford), le confiaban también su vestidor personal. Destacadísima fue la labor que desempeñó con Grace Kelly. En Atrapa a un ladrón la puso a bordo de un vestido de raso y verde pálido con el que la actriz estaba tan despampanante que la emblemática cabecera Life le dedicó una portada. Para vestirla en La ventana indiscreta no se ahorró ni una de las prendas que se llevaban aquella temporada, de tal forma que si uno se quería enterar de qué era tendencia en 1954, no tenía más que ir a ver la peli, cosa que, por supuesto, las revistas de moda se encargaban de recomendar. Era una estrategia que Head ya había seguido con los veinticinco cambios de vestuario que le preparó a Barbara Stanwyck para Las tres noches de Eva, que la revista Vogue destacó en un reportaje con el más que sugerente título “Ideas para vestirse en 1941”. Mucho después, en 2002, el periodista Lynn Yaeger demostró en un artículo, publicado en la misma revista, la decisiva influencia que ejercieron los modelos que Head diseñó para Hitchock incluso en colecciones del siglo XXI con firma de Prada, Louis Vuitton o Burberry.

Consagrando actrices con sus prendas

Otra de las actrices fetiche de Head fue Audrey Hepburn. La vistió en su película debut, Vacaciones en Roma, con un catálogo de trajes que no estuvo exento de miga, pues tal como analizaría la propia Head, “había que contraponerle un halo de ensueño, el que tenía su personaje como princesa que era, a combinaciones más desenfadadas para sus paseos de incógnito por Roma”. El doble juego resultó, y este título no solo catapultó a Hepburn como intérprete, sino también como paradigma de la moda, y mucho tuvieron que ver en ello los patrones de Head. En ocasiones posteriores, la modista compartiría con Hubert de Givenchy la labor de vestir a Hepburn, y resulta que en el binomio no reinó la paz: en 1954, comenzó a escucharse el rumor, se dice que puesto en circulación por el propio Givenchy, de que el inolvidable vestido negro que llevaba Hepburn en Sabrina, cuya autoría no solo reivindicó Head sino que le valió su sexto Oscar, era en realidad un diseño del modisto y aristócrata francés, al que Head le sisó los derechos de autor.

Topó con la censura

Y es que no todo fueron aplausos para la diseñadora. En aquellos míticos años de Hollywood, los estudios querían que la gran pantalla rebosara glamour, para lo que destinaban unos presupuestos muy considerables al vestuario y estresaban, con sus exigencias y quejas, a los diseñadores. Éstos, encima, tenían la desgracia de competir con un momento dulce de la moda europea, que tenía entre sus filas a genios como Christian Dior. Además, existían las comisiones de decencia para escrutar cada fotograma de las películas por si se enseñaba un gramo de carne más de lo que recomendaban las normas del decoro. La crítica más sonada que le espetaron a Head desde este frente fue por lo fresca y ombliguera que, a juicio de los censores, había mostrado a Hedy Lamarr en Sansón y Dalila, de Cecil B. DeMille. Y a Head también le cayeron “peros” desde lo que hoy llamaríamos prensa del corazón, en relación con su propia pinta: la corrosiva periodista Hedda Hopper la incluía sistemáticamente en sus listas con las celebrities peor vestidas de Hollywood, principalmente so pretexto de que toda la ropa que se ponía le quedaba demasiado amplia. Head, no obstante, seguía a lo suyo, cosechando una interminable lista de personajes con la apariencia que su creador había soñado. Vistió a la Ingrid Bergman de Por quién doblan las campanas y Encadenados; le puso a Elizabeth Taylor sus modelos en Un lugar en el sol; nos mostró a Bette Davis a hombro descubierto en Eva al desnudo; y se encargó de las vestimentas de Tippi Hedren y Kim Novak en las incursiones que hicieron ambas en la filmografía de Hitchcock (con la segunda tuvo algún que otro encontronazo al negarse la actriz a vestirse de gris).

Decadencia paralela a Hollywood

Hasta que su carrera entró en declive a finales de los años sesenta, debido a la propia decadencia que experimentó el rol de diseñador en los estudios de Hollywood, cuya función pasó a externalizarse. Así, si en las décadas de esplendor Head se despachaba una media de tres decenas de películas al año, en los setenta su presencia tras los focos pasó a ser testimonial, se ocupaba solo de un puñado de cuatro o cinco títulos. Comenzó entonces a diversificarse por otro tipo de labores de sastrería, como el diseño de los uniformes femeninos de la Guarda Costera estadounidense, un encargo del que más tarde declararía sentirse profundamente orgullosa. El último Oscar se lo dieron en 1974 por los trajes y corbatas que vistieron Paul Newman y Robert Redford en El golpe. Murió, por así decirlo, con el dedal puesto en 1981, a los 84 años, aún en activo. Una vida tan trascendental para la moda y para el cine necesariamente tenía que atraer un buen número de biografías. Edith Head tuvo un biógrafo autorizado, Jay Jorgensen, que lanzó al mercado un par de títulos que se pueden ampliar con el libro de Paddy Calistro Edith Head's Hollywood, basado en entrevistas con la modista, cuya carrera también se ha llevado a Broadway. Pero quizá el mejor broche para los modelos de Head sea una de sus sentencias: “Lo que hacemos los modistos es una mezcla entre magia y camuflaje. Logramos que el público crea que, cada vez que ve a un actor en la pantalla, es una persona diferente”. Gracias, Edith Head, por tantos metros de tela de ilusión.