La tecnología no es neutral. Nunca lo ha sido. Cada revolución industrial ha reordenado el mercado de trabajo y ha redefinido quién gana y quién pierde. La diferencia ahora es la velocidad y la profundidad del cambio.

La automatización primero y la inteligencia artificial (IA) después han entrado en las empresas españolas como una promesa de eficiencia. Pero también han dejado una huella clara en la distribución de los salarios.

El cambio tecnológico ha provocado mayor desigualdad salarial en España

El estudio El impacto de las nuevas tecnologías en la desigualdad salarial en España, publicado por el Observatorio Social de la Fundación “la Caixa” -y realizado por Juan César Palomino, Universidad Complutense de Madrid, INET Oxford, ICAE y EQUALITAS; Juan Gabriel Rodríguez, Universidad Complutense de Madrid, ICAE, EQUALITAS y CEDESOG; Pedro Salas-Rojo, CUNEF University, International Inequalities Institute (LSE) y EQUALITAS; Raquel Sebastián, Universidad Complutense de Madrid, ICAE y EQUALITAS- analiza la influencia de estos cambios en las diferencias de ingresos por trabajo en España entre 2000 y 2019.

La conclusión es rotunda: “El cambio tecnológico ha sido un factor clave en el aumento de la desigualdad salarial en España”.

Sin automatización, menos desigualdad

Uno de los datos más contundentes del informe es el resultado de su simulación contrafactual. Los investigadores estiman cómo habría evolucionado la distribución salarial en ausencia de automatización. El resultado es revelador: “Sin automatización, el índice de Gini habría sido un 21,7% inferior en 2019”.

El índice de Gini es una de las medidas estándar de desigualdad. Una reducción de más del 20% no es marginal: implica un reparto mucho más equilibrado de los ingresos.

El estudio detalla que, en ese escenario hipotético, “el 10% de los trabajadores con los salarios más altos habrían acumulado una porción salarial un 4% menor”, mientras que los segmentos medios y bajos habrían ganado peso.

En otras palabras, la automatización no solo ha transformado tareas, sino que ha provocado “una transferencia de rentas salariales desde la base y la zona media hacia la cúspide de la pirámide”. Es decir, la tecnología ha ampliado la brecha entre quienes ya estaban arriba y quienes ocupaban posiciones intermedias o bajas.

La brecha educativa se ensancha

El impacto no ha sido homogéneo. La variable clave es el nivel educativo. Según el estudio, “las nuevas tecnologías han ampliado la brecha salarial entre personas con distintos niveles educativos”.

El dato es especialmente significativo: la prima salarial por educación —la diferencia media entre quienes tienen estudios superiores y quienes cuentan con baja cualificación— “habría sido un 76,6% menor en un escenario sin automatización”. Es decir, la tecnología ha multiplicado el valor relativo de los títulos y las competencias avanzadas.

El mecanismo es conocido en la literatura económica: la automatización sustituye tareas rutinarias y repetitivas, más frecuentes en empleos de cualificación media y baja, mientras que complementa las habilidades de los trabajadores más formados. Esto no solo aumenta su productividad, sino también su poder de negociación.

El resultado es una polarización del mercado laboral: empleos muy cualificados con salarios crecientes frente a puestos intermedios que pierden peso y valor relativo. La promesa de movilidad ascendente se estrecha cuando la formación se convierte en una línea divisoria tan determinante.

Menos brecha de género, pero más presión sobre los jóvenes

Uno de los hallazgos más llamativos del informe es que la automatización ha contribuido a reducir la brecha salarial de género. En el periodo 2000-2019, “la brecha salarial de género habría sido aproximadamente un 68% mayor en ausencia de automatización”.

La explicación no es sencilla ni necesariamente positiva. La automatización afectó de forma más intensa a sectores industriales y ocupaciones con mayor presencia masculina. Al deteriorarse relativamente los salarios en esos ámbitos, se produjo una convergencia con los salarios femeninos.

Sin embargo, el estudio advierte de otra fractura generacional: “los trabajadores jóvenes –independientemente del sexo– han sufrido más los efectos negativos del cambio tecnológico”.

En un mercado laboral ya marcado por la temporalidad y la precariedad, la exposición a tareas automatizables penaliza especialmente a quienes están en las primeras etapas de su carrera. La tecnología no solo reordena salarios; también redefine trayectorias vitales.

La IA: un nuevo impulso a la desigualdad

Si la automatización tradicional ya había alterado la estructura salarial, la IA añade una capa adicional de complejidad. El estudio analiza el periodo 2015-2019, cuando esta tecnología comienza a implementarse en algunas industrias.

La conclusión es clara: “la exposición a la IA también genera un aumento de la desigualdad salarial”. En un escenario sin influencia de la IA, “el índice de Gini en 2019 habría sido un 11,3% menor”.

A diferencia de la automatización clásica, que tiende a deprimir salarios en la parte media y baja, la IA parece concentrar sus efectos positivos en los trabajadores más cualificados. Eleva los ingresos de quienes ya disponen de competencias avanzadas y capital humano especializado. El efecto neto, sin embargo, vuelve a ser un aumento de la desigualdad.

El informe subraya que factores como la apertura comercial o la estructura regional del empleo han tenido un impacto menor en comparación con el cambio tecnológico. La variable determinante, en estas dos décadas, ha sido la transformación digital.

Tecnología y política pública: el reto pendiente

El estudio concluye que los temores sobre el impacto de la tecnología en la desigualdad “tienen fundamento”. La idea de que las ganancias de productividad acabarán “filtrándose” automáticamente al conjunto de la sociedad resulta, a la luz de los datos, excesivamente optimista.

Los autores apuntan a la necesidad de actualizar los sistemas fiscales y reforzar los mecanismos de protección dirigidos a los colectivos más vulnerables. Pero, sobre todo, insisten en la urgencia de invertir en capital humano y recualificación. Adaptar la fuerza laboral a la transformación digital no es una frase bonita: es una condición para evitar que la brecha salarial siga ampliándose.

La IA y la automatización no son inevitables en sus efectos sociales. Son tecnologías diseñadas, implementadas y reguladas por decisiones humanas. El debate no es si debemos frenar la innovación, sino cómo distribuimos sus beneficios.

La digitalización puede consolidar una economía más productiva y competitiva. Pero si no se acompaña de políticas activas de formación, protección y redistribución, también puede profundizar las fracturas existentes.

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