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La emergencia climática no es solo una cuestión de grados centígrados. Tampoco es únicamente un problema de infraestructuras o de política energética. Es, también, una cuestión psicológica, social y económica. ¿Qué sentimos ante el cambio climático? ¿Cómo nos adaptamos realmente? ¿Influye la información en nuestras decisiones? ¿Nos estamos acostumbrando a vivir en alerta permanente?
¿Nos estamos acostumbrando a vivir en alerta permanente?
Dos investigaciones recientes —una desde la Psicología social y otra desde la Economía aplicada— publicadas por el Observatorio Social de la Fundación “la Caixa” permiten radiografiar ese territorio.
Por un lado, el estudio Actitudes y emociones de los españoles hacia la emergencia climática, realizado por Cintia Díaz-Silveira (Universidad Rey Juan Carlos - URJC), María Luisa Vecina (Univ. Complutense), María Alonso-Ferres (Univ. de Granada) y Francisco Burgos (URJC).
Por otro, el análisis ¿Cómo nos estamos adaptando al cambio climático en España?, llevado a cabo por Angel Perni y Laura Riesgo, del departamento de Economía, Métodos Cuantitativos e Historia Económica de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla.
Ambos trabajos coinciden en una conclusión inquietante: sabemos lo que ocurre, pero no siempre actuamos en consecuencia.
No hay ecoansiedad en la población española. Lo que hay es preocupación
Mucha percepción, conducta moderada
El estudio de Díaz-Silveira y su equipo revela que la percepción de gravedad de la emergencia climática alcanza un 4,06 sobre 5. Sin embargo, la conducta sostenible apenas llega a 3,5 sobre 5. Solo el 26% declara comportamientos proambientales frecuentes.
La investigadora explica que “para lo bueno y para lo malo no hay ecoansiedad en la población española. Lo que hay es preocupación”.
La diferencia es clave. La ecoansiedad clínica es minoritaria; lo que predomina es una “ecopreocupación”, mezcla de emoción y cognición. Esa preocupación, explica, “puede dotar de realismo a la situación y llevar a actuar, mientras que la ecoansiedad paraliza”.
Impacto económico
La investigación de Perni y Riesgo ofrece una mirada complementaria, más enfocada en el comportamiento económico y la respuesta de adaptación real de las personas a la emergencia climática.
Los datos son claros: a la hora de paliar los efectos -sobre todo del calor- predominan medidas de bajo coste. El 49% de las personas optan por aparatos de climatización, mientras que solo un 10% ha invertido en aislamiento térmico.
“Detectamos una adaptación más coyuntural que estructural”, explica Riesgo. “La gente responde al calor con soluciones inmediatas, no con inversiones a largo plazo”.
Eso sí, el 40% afirma haber cambiado hábitos de higiene o alimentación por las altas temperaturas de los últimos años; y un 34% ha reducido el consumo doméstico de agua. Pero el estudio concluye que la adaptación profunda de las viviendas es limitada.
Impacto psicológico
Díaz-Silveira explica que existe un bloqueo psicológico recurrente: “En el inconsciente colectivo está la idea de soy una hormiguita, no puedo aportar mucho. Esto lo tienen que solucionar los gobiernos y las empresas”.
La responsabilidad se externaliza. Sin embargo, los datos muestran que la agencia climática —sentirse agente de cambio, sentir que se contribuye a la solución- explica un 33% de la conducta sostenible, muy por encima de la mera percepción del problema.
Sentirse capaz de influir importa más que saber que el problema existe.
Emociones que activan y emociones que saturan
Díaz-Silveira destaca que su estudio detecta altos niveles de ira (44%), tristeza y esperanza. Se trata de “una emoción activadora, mucho más que la tristeza o el sentimiento de culpa”, explica.
También se observan diferencias generacionales: “Las personas a partir de los 45 o 50 años sienten más agencia climática. Los jóvenes se sienten mucho más impotentes”.
La edad aumenta la sensación de capacidad de acción. Y las mujeres muestran ligeramente más conducta proambiental que los hombres.
Información: necesaria, pero insuficiente
Ambos estudios coinciden en el papel ambivalente de la información. El análisis de Perni y Riesgo llevó a cabo un experimento económico en el que a un grupo de participantes se le ofrecía información sobre el impacto nacional o regional de la crisis climática. El resultado fue que aumentaba ligeramente el índice de adaptación futura, pero el impacto era limitado.
“Dar información mejora un poco la disposición a adaptarse, pero no es algo demasiado llamativo”, reconoce Riesgo.
Las creencias pesan más que los datos. El estudio distingue cuatro tipos de escepticismo: de tendencia (si el clima cambia), de atribución (si es culpa humana), de impacto (si nos afecta) y de respuesta (si podemos hacer algo).
“El escepticismo de tendencia es mayor”, explica. “Hay personas que piensan que siempre ha hecho calor y ahora se exagera”.
Sin embargo, incluso entre quienes se muestran escépticos, el experimento detecta un resultado relevante: cuando reciben información climática, aumenta su disposición futura a adaptarse. Aun así, según sus datos aproximadamente el 80% de la población acepta el cambio climático. El escepticismo ronda el 20%. Y varía según la fuente de información: quienes se informan por mensajería móvil o redes sociales presentan niveles más altos en este aspecto.
Además, la información regional tiene más impacto que la genérica: “Si hablas de cómo afectará en mi región, eso influye más que hablar en abstracto”, subraya.
Pero existe otro fenómeno: el hartazgo. Un 33% declara niveles altos de saturación ante el discurso climático, según los datos de Díaz-Silveira.
“Es importante comunicar bien el mensaje para no producir hartazgo ni sensación de aislamiento”, advierte la investigadora.
Polarización y crispación
El fenómeno tiene también una dimensión ideológica: “Existe una clara correlación entre ideología política y percepción del cambio climático”, afirma Díaz-Silveira. “Pero vincular un problema global a una agenda partidista es una trampa muy peligrosa”.
La polarización puede dificultar pactos estructurales, pero “el cambio climático no debería sucumbir a las ideologías”, insiste.
¿Anestesia o tensión permanente?
Ante la pregunta de si nos estamos acostumbrando al desastre, Díaz-Silveira responde: “No considero que estemos anestesiados, estamos en una tensión permanente pero leve”.
La mente humana reacciona ante peligros visibles, no ante amenazas difusas. Solo cuando una DANA, una ola de calor o un incendio golpean directamente se activa la conciencia.
Desde la economía, se observa algo similar: las regiones más expuestas presentan mayor adaptación. La experiencia directa moviliza más que los datos abstractos.
Agencia y bienestar
Existe un dato esperanzador. La conducta sostenible se asocia positivamente con la satisfacción con la vida. “Las personas que adecúan su forma de vida a la protección del medio ambiente sienten que están haciendo lo correcto dentro de sus posibilidades”, explica Díaz-Silveira.
Pero el margen individual es desigual. Un 22% declara que sus condiciones de vida son tan difíciles que no pueden preocuparse por la crisis climática.
El desafío: comunicar para activar
En el Climate Psycology Lab (Laboratorio de Psicología climática) que dirigen Díaz-Silveira y Vecina Jiménez, trabajan ahora con realidad virtual para analizar qué tipo de mensajes generan más agencia climática. “La esperanza es necesaria, pero no suficiente”, señala Díaz-Silveira. “La esperanza no activa. La ira y la preocupación sí pueden activar”.
Desde la Economía, la recomendación es similar: “No vale solo dar información. Hay que pensar cómo se da y a quién se dirige”.
Entre la conciencia y la acción
La fotografía final es compleja. España muestra altos niveles de percepción de la gravedad climática. La mayoría acepta el cambio climático. Pero la adaptación sigue siendo reactiva y de bajo coste. La información influye, pero las creencias y emociones pesan más.
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