Saadi Muamar Gadafi fue, durante años, uno de los rostros más reconocibles del régimen libio fuera del ámbito político. Tercer hijo del dictador Muamar Gadafi, intentó abrirse camino en el fútbol profesional, una carrera tan mediática como controvertida, marcada por la influencia del poder y por una trayectoria deportiva muy limitada. 

Un paso fugaz, pero mediático

Nacido en Trípoli en 1973, Saadi comenzó jugando en clubes de su país, especialmente en Al-Ahli y Al-Ittihad, equipos estrechamente vinculados al Estado. En ese contexto llegó a convertirse en capitán de la selección libia, acumulando internacionalidades en una etapa en la que el fútbol era utilizado como escaparate del régimen.

Su nombre saltó a la prensa internacional cuando dio el salto a Italia, uno de los campeonatos más competitivos del momento. En 2003 fichó por el Perugia, entonces en la Serie A. Su debut oficial llegó en la última jornada de Liga, en un partido intrascendente, y fue su única aparición con el club. Aquella breve participación fue suficiente para generar una enorme atención mediática, muy superior a su impacto deportivo. Posteriormente, pasó por Udinese y Sampdoria, aunque sin llegar a disputar minutos oficiales en ninguno de los dos equipos. Su presencia en estos clubes estuvo siempre rodeada de polémica y fue interpretada como un ejemplo del peso que el apellido Gadafi tenía en determinados entornos del fútbol europeo, más allá del rendimiento sobre el césped.

El día que alquiló el Camp Nou

 

Uno de los episodios más llamativos de la vida de Saadi Gadafi vinculados al fútbol se produjo en 2004, cuando decidió alquilar el Camp Nou para disputar un partido amistoso privado. El estadio del FC Barcelona, uno de los templos del fútbol europeo, fue escenario durante unas horas de un evento completamente ajeno a la competición oficial y reservado a un círculo muy reducido.

Saadi organizó el encuentro como parte de una concentración personal en Barcelona, en la que reunió a amigos, escoltas y futbolistas profesionales invitados para la ocasión. El partido se disputó a puerta cerrada, sin público ni cobertura oficial, y contó con un importante despliegue de seguridad privada, acorde al estatus del hijo del dirigente libio en aquel momento.

Durante aquel encuentro, Saadi participó como jugador, cumpliendo uno de sus grandes anhelos personales: sentirse futbolista en un escenario reservado a la élite mundial. El episodio, aunque anecdótico desde el punto de vista futbolístico, tuvo una enorme repercusión mediática en años posteriores, convirtiéndose en uno de los símbolos más claros de cómo el apellido Gadafi abría puertas vetadas para la mayoría.

El estallido de la guerra civil libia en 2011 supuso el final de su vida pública. Tras la caída del régimen y la muerte de su padre, Saadi huyó del país y fue detenido en Níger, donde permaneció hasta su extradición a Libia en 2014. Desde entonces, su nombre dejó de estar vinculado al fútbol y pasó a estar asociado a diversos procesos judiciales. Entre ellos destacó el caso por el asesinato del futbolista y entrenador Bashir al-Rayani, ocurrido en 2005. Saadi fue acusado de estar implicado en el crimen, un proceso que se prolongó durante años en medio del caos institucional del país. Finalmente, en 2018, un tribunal libio lo absolvió por falta de pruebas.

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