Ir al contenido principal
El Regate

Neymar, Lula y el fútbol brasileño que se olvidó de dónde venía

La victoria de Lula vuelve a revelar una fractura entre las estrellas del balón: de Juninho y Raphinha a los millonarios que abrazaron el bolsonarismo pese a sus orígenes humildes

Raphinha consuela a Neymar Jr durante el partido de octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre Brasil y Noruega. EP.

Raphinha consuela a Neymar Jr durante el partido de octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre Brasil y Noruega. EP.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

En Brasil, un niño puede crecer descalzo, aprender a jugar entre calles sin asfaltar y acabar convertido en uno de los hombres más ricos del país. El fútbol ha alimentado durante generaciones esa promesa de ascenso social. Algunos lo consiguieron después de pasar hambre, viajar en autobuses destartalados o compartir habitación con toda su familia. Lo extraordinario es que, una vez alcanzada la fortuna, aquellos muchachos que conocieron la pobreza pueden terminar defendiendo proyectos políticos muy diferentes. La trayectoria que los llevó desde los barrios populares hasta los grandes estadios no garantiza que conserven una misma manera de entender el país que dejaron atrás.

La cuarta victoria presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva ha vuelto a poner esa contradicción sobre la mesa. Mientras Neymar reafirmaba su apoyo a la familia Bolsonaro, otros futbolistas como Paulinho y Richarlison defendían públicamente al presidente. Raphinha, estrella del Barcelona, compartía mensajes favorables a sus políticas sociales, aunque sin declarar expresamente su voto. La división ha alcanzado a campeones del mundo, leyendas retiradas y jugadoras que han aprovechado sus títulos para reivindicar posiciones políticas. Todo ello en un país donde el fútbol no es solamente el deporte más popular, sino también uno de los grandes escaparates de las diferencias de clase, las identidades regionales y las aspiraciones de millones de personas.

No siempre fue así. O, al menos, hubo un tiempo en el que las reivindicaciones políticas del fútbol brasileño encontraron una expresión colectiva difícil de imaginar en la actualidad. Durante la dictadura militar, Sócrates, Wladimir y Walter Casagrande convirtieron el vestuario del Corinthians en un experimento democrático. Cuatro décadas después, las grandes estrellas gestionan marcas internacionales, contratos publicitarios y comunidades de millones de seguidores. El balón sigue saliendo muchas veces de los mismos barrios, pero quienes alcanzan la élite viven en un mundo cada vez más alejado de ellos.

Neymar y el largo viaje desde la pobreza hasta Bolsonaro

Pocas figuras representan mejor esa transformación que Neymar. Nacido en Mogi das Cruzes y criado en Praia Grande, en el litoral paulista, el delantero creció en una familia que conoció las dificultades económicas antes de que su talento cambiara radicalmente su destino. Su carrera en el Santos, el Barcelona, el PSG y el fútbol saudí lo convirtió en uno de los deportistas mejor pagados del planeta.

En septiembre de 2022, cuando Jair Bolsonaro buscaba la reelección frente a Lula, Neymar difundió un vídeo bailando al ritmo de un mensaje electoral favorable al entonces presidente. Posteriormente participó en una retransmisión organizada por su campaña y explicó que compartía sus posiciones sobre la familia y determinados valores sociales. Incluso planteó celebrar un gol durante el Mundial de Qatar haciendo con los dedos el número 22, identificativo de Bolsonaro en las urnas.

Cuatro años después, el futbolista ha mantenido su cercanía al bolsonarismo. Durante la campaña de 2026 manifestó su apoyo a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, que ha terminado perdiendo frente a Lula. Neymar acompañó sus intervenciones en redes con referencias al número electoral del candidato conservador.

Su posición no es una excepción. Rivaldo, Ronaldinho, Lucas Moura y Felipe Melo figuran entre los futbolistas que han expresado públicamente su respaldo al bolsonarismo en distintas campañas. Algunos apelaron a sus convicciones religiosas, otros al conservadurismo social o a su rechazo al Partido de los Trabajadores. No todos comparten exactamente las mismas ideas ni han mantenido idéntico grado de implicación política.

La cuestión es especialmente interesante porque varios de esos jugadores proceden de entornos humildes. El fútbol les permitió acceder a una riqueza extraordinaria, pero el modo en que interpretan esa transformación personal no siempre coincide con una reivindicación de políticas redistributivas. Para algunos, su trayectoria puede representar el triunfo del esfuerzo individual; para otros, una prueba de que el talento necesita oportunidades que no están al alcance de todos.

Esta diferencia de interpretación quedó especialmente retratada en una intervención de Juninho Pernambucano que todavía resuena en el fútbol brasileño.

Juninho y la memoria de los bolsillos vacíos

En octubre de 2022, Juninho Pernambucano concedió una entrevista a Deutsche Welle en la que abordó directamente el apoyo de Neymar a Bolsonaro. El antiguo centrocampista del Vasco da Gama y el Olympique de Lyon, considerado uno de los mejores lanzadores de faltas de la historia, sostuvo que algunos futbolistas terminaban olvidando las condiciones sociales en las que habían crecido después de integrarse en los círculos privilegiados.

Su reflexión tenía un componente autobiográfico. Juninho reconocía que él mismo había experimentado una transformación al convertirse en un futbolista de éxito. Los mejores contratos, las nuevas amistades y el reconocimiento social habían cambiado su relación con el dinero y con el mundo que lo rodeaba.

“Él se olvida de lo principal: que fue pobre”, afirmó sobre Neymar.

Para Juninho, el ascenso de clase podía provocar que determinados jugadores acabasen identificándose con los intereses y las explicaciones de las élites que los habían incorporado a su entorno. El éxito deportivo alimentaba una interpretación individual de la riqueza que, según su análisis, dejaba en segundo plano a quienes no habían disfrutado de las mismas oportunidades.

No era la primera vez que defendía públicamente estas ideas. En una entrevista con El País en 2018, cuando Bolsonaro aspiraba por primera vez a la Presidencia, Juninho ya había cuestionado el discurso de la meritocracia aplicado a una sociedad profundamente desigual. El exfutbolista defendía que el talento y el esfuerzo no bastaban para compensar las diferencias económicas y educativas con las que nacen los brasileños.

Su compromiso político también tuvo consecuencias personales. En 2020 llegó a explicar que se había distanciado de numerosos familiares y amigos por sus posiciones favorables a Bolsonaro. Dos años después participó en un vídeo electoral de Lula en el que aparecía interpretando el papel del VAR para defender al candidato del PT.

En 2026 volvió a respaldarlo públicamente. Su apoyo no surgió de una vinculación circunstancial con la última campaña, sino de una posición política que lleva años expresando, incluso cuando hacerlo le ha provocado enfrentamientos personales.

Raphinha, Paulinho y la memoria del barrio

La reflexión de Juninho encuentra un contrapunto especialmente interesante en Paulinho, delantero del Palmeiras y antiguo jugador del Bayer Leverkusen. El pasado 4 de octubre, coincidiendo con la primera vuelta de las elecciones brasileñas, publicó un mensaje en apoyo a Lula que recuperaba precisamente la importancia de sus orígenes familiares.

“No me olvido de dónde vengo”, escribió antes de recordar programas como Bolsa Família, ProUni, las políticas de cuotas y Minha Casa, Minha Vida. El futbolista explicó que su familia había conocido de cerca el efecto de las políticas públicas sobre las oportunidades de quienes parten de situaciones desfavorecidas.

Su declaración tenía una particularidad: Paulinho no presentó su éxito deportivo únicamente como el resultado de su talento y su esfuerzo. También reconoció la importancia del entorno social y de las oportunidades colectivas. Era una respuesta distinta a la interpretación de la movilidad social que Juninho había criticado años antes.

Otro de los nombres más relevantes de la campaña ha sido Raphinha. El extremo del Barcelona, nacido en Porto Alegre y criado en el barrio de Restinga, compartió en octubre dos vídeos relacionados con propuestas defendidas por Lula. Uno abordaba la lucha contra el hambre, la libertad religiosa y el respeto a los derechos fundamentales. El otro defendía la reducción de las jornadas laborales excesivas y cuestionaba la idea de que trabajar cada vez más horas sea suficiente para salir de la pobreza.

Aunque no declaró expresamente su voto, sus publicaciones fueron interpretadas como un acercamiento a las posiciones del presidente. Su intervención resulta significativa por tratarse de una estrella internacional en activo que ha decidido pronunciarse sobre cuestiones sociales más allá del terreno de juego.

Richarlison ha mantenido una presencia política todavía más explícita. El delantero brasileño, conocido desde hace años por sus intervenciones contra el racismo y por distintas iniciativas sociales, pidió el voto para Lula durante la campaña de 2026. También protagonizó una controversia con Flávio Bolsonaro relacionada con un litigio inmobiliario en Angra dos Reis. Tras la victoria del presidente, publicó una imagen humorística en la que simulaba llevar su rostro tatuado en la espalda.

Son posicionamientos diferentes, pero comparten una característica: sus protagonistas han decidido utilizar la popularidad adquirida a través del fútbol para participar en debates sobre derechos, desigualdad y representación política.

La herencia de Sócrates también llegó a las urnas

Mucho antes de Neymar, Raphinha o Richarlison, el fútbol brasileño ya había conocido figuras que utilizaron su posición pública para intervenir en política. La referencia inevitable es Sócrates, capitán del Corinthians y uno de los grandes protagonistas de la Democracia Corinthiana, el experimento de autogestión que permitió a futbolistas y trabajadores participar en las decisiones del club durante los primeros años ochenta.

Junto a Wladimir y Walter Casagrande, el centrocampista convirtió los estadios en escenarios de reivindicación democrática. Sus jugadores salían al terreno de juego con mensajes favorables al voto y participaban en las movilizaciones contra la dictadura militar. Sócrates llegó a comprometer su continuidad en Brasil con la aprobación de la reforma constitucional que debía devolver a los ciudadanos las elecciones presidenciales directas.

La enmienda fue rechazada y el futbolista terminó marchándose a la Fiorentina. Pero su figura quedó asociada para siempre a una época en la que parte del fútbol brasileño participó activamente en las grandes transformaciones políticas del país.

Esa herencia ha continuado a través de su hermano Raí, campeón del mundo en 1994. Durante la ceremonia del Balón de Oro de 2022, el antiguo jugador del São Paulo realizó con los dedos la letra L en apoyo a Lula mientras entregaba un galardón que lleva precisamente el nombre de Sócrates.

Casagrande también ha mantenido durante décadas un compromiso público con posiciones progresistas. Desde su trabajo como comentarista ha cuestionado repetidamente al bolsonarismo y ha defendido la participación política de los deportistas. Wladimir, otro de los protagonistas del Corinthians de los ochenta, participó igualmente en actos de apoyo a Lula.

El legado de aquella generación no consiste en que todos los futbolistas brasileños deban pensar igual, sino en haber demostrado que podían organizarse, cuestionar a sus dirigentes y participar en la vida pública sin dejar de ser deportistas.

Ellas también tienen algo que decir

La participación política del fútbol brasileño presenta otra diferencia que rara vez recibe tanta atención como las declaraciones de Neymar. Durante la campaña de 2026, varias jugadoras han expresado públicamente su respaldo a Lula y sus críticas al bolsonarismo.

El 3 de octubre, durante la celebración del campeonato brasileño femenino conquistado por el São Paulo, algunas integrantes del equipo pidieron el voto para el presidente. La guardameta Carlinha criticó expresamente a Flávio Bolsonaro, mientras varias compañeras acompañaban la celebración con el gesto de la L.

También se han pronunciado a favor de Lula futbolistas como Byanca Brasil, Debinha y Ary Borges. Sus intervenciones se producen en un contexto marcado por las reivindicaciones laborales del fútbol femenino, la desigualdad salarial y la necesidad de mejorar las estructuras profesionales de una competición que durante décadas recibió una atención muy inferior a la masculina.

Brasil organizará además el Mundial femenino de 2027, un acontecimiento que ha situado nuevamente sobre la mesa las condiciones económicas y sociales de sus futbolistas.

Estas manifestaciones no permiten afirmar que el conjunto del fútbol femenino apoye mayoritariamente a Lula. Sí muestran, en cambio, que algunas de sus protagonistas han aprovechado la visibilidad deportiva para participar en una discusión política que también afecta a sus condiciones de trabajo.

Un país que busca su identidad entre el balón y las urnas

La relación entre fútbol y política ocupa un lugar particular en Brasil. El éxito deportivo ha permitido a generaciones de jóvenes procedentes de barrios humildes acceder a oportunidades económicas extraordinarias. Al mismo tiempo, los clubes y la selección han servido como instrumentos de identidad nacional, propaganda política y movilización social en distintas etapas de su historia.

La dictadura militar utilizó los triunfos futbolísticos para alimentar el orgullo nacional. La Democracia Corinthiana aprovechó esa misma popularidad para cuestionar el autoritarismo. Décadas después, las redes sociales han permitido que los jugadores intervengan directamente en campañas electorales, muchas veces sin pasar por los medios de comunicación tradicionales.

También ha cambiado el significado económico de sus carreras. Las grandes estrellas ya no son únicamente deportistas que cobran salarios elevados. Gestionan sociedades, inversiones, patrocinios y contratos internacionales. Algunos han construido auténticas estructuras empresariales alrededor de su imagen. La distancia entre el niño que empieza a jugar y el millonario que llega a la cima puede ser mucho mayor que la que separa dos generaciones de futbolistas.

Esa transformación ayuda a comprender por qué el origen humilde no se traduce necesariamente en una misma orientación política. Las convicciones religiosas, la experiencia personal, las relaciones profesionales y la manera de interpretar el éxito influyen en las posiciones públicas de cada jugador. Tampoco todos quienes respaldan a Lula comparten un mismo programa ideológico.

En las elecciones de 2026, Neymar ha vuelto a identificarse con el bolsonarismo, mientras Paulinho, Richarlison, Juninho Pernambucano y Raí han mostrado su apoyo a Lula. Raphinha ha intervenido en el debate difundiendo mensajes sobre los derechos sociales y las condiciones de vida de los trabajadores. Son expresiones de una fractura que trasciende las preferencias partidistas.

Hace más de cuarenta años, Sócrates levantaba el puño en los estadios mientras Lula organizaba huelgas en las fábricas de São Paulo. El antiguo sindicalista acaba de conquistar su cuarta Presidencia, pero el fútbol que conoció entonces se ha transformado profundamente. Neymar puede apoyar a la familia Bolsonaro desde la cúspide de una carrera millonaria mientras otros futbolistas reivindican los programas sociales que contribuyeron a cambiar las vidas de sus familias. En el país que convirtió el balón en una promesa de ascenso social, las estrellas siguen discutiendo qué significa realmente haber llegado tan lejos.

Etiquetas Deportes Fútbol Brasil

Comentarios

Solo los socios pueden comentar.

Únete a la comunidad de El Plural para participar en la conversación.

Hazte socio