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En el Brasil de los años ochenta, la democracia era una palabra que todavía se pronunciaba con demasiada cautela. Los militares llevaban casi dos décadas gobernando el país, los sindicatos sufrían la represión del régimen y los ciudadanos seguían sin poder elegir directamente a su presidente. Sin embargo, en un vestuario de São Paulo, un futbolista de barba espesa, melena rebelde y un talento extraordinario con el balón había decidido que las cosas podían hacerse de otra manera. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, aunque el mundo entero acabaría conociéndolo simplemente como Sócrates. Jugaba en el Corinthians, era médico de formación y tenía una convicción poco habitual en el fútbol profesional de entonces: nadie debía tener más derecho que otro a decidir por el simple hecho de ostentar el poder.
A unos kilómetros de allí, entre fábricas, chimeneas y asambleas multitudinarias, otro hombre llevaba tiempo desafiando a la autoridad. Luiz Inácio Lula da Silva era un tornero mecánico de Pernambuco que había llegado a São Paulo huyendo de la pobreza y terminado convertido en uno de los dirigentes sindicales más importantes de Brasil. Había encabezado huelgas contra las grandes empresas, pasado por las cárceles de la dictadura y participado en la fundación del Partido de los Trabajadores. El fútbol y las reivindicaciones obreras parecían mundos alejados, pero ambos estaban empezando a cuestionar las jerarquías de un mismo país.
Sócrates quería democratizar el fútbol. Lula, democratizar Brasil. Sus caminos terminaron cruzándose en las movilizaciones contra el régimen militar, cuando el Corinthians se convirtió en un laboratorio de autogestión y las calles se llenaron de brasileños que reclamaban recuperar el derecho al voto. Aquella experiencia, bautizada como Democracia Corinthiana, duró apenas unos años, pero dejó una huella que todavía recorre la historia política y deportiva del país. Cuatro décadas después, con Lula recién reelegido presidente frente al bolsonarismo y Sócrates convertido desde hace tiempo en una de las grandes figuras históricas del fútbol brasileño, merece la pena regresar al tiempo en que la democracia también se disputaba sobre el césped.
La insurrección de las camisetas blancas y negras
A comienzos de los ochenta, la vida de un futbolista brasileño estaba sometida a una disciplina que iba mucho más allá de los entrenamientos. Los dirigentes podían imponer largas concentraciones, controlar los desplazamientos y decidir prácticamente cualquier aspecto de la rutina de sus jugadores. Los salarios y las condiciones laborales se negociaban desde una posición de enorme desigualdad, mientras los presidentes de los clubes administraban sus instituciones como pequeños territorios particulares.
En el Corinthians, uno de los equipos más populares de São Paulo, aquella estructura empezó a resquebrajarse en 1982. La llegada de Waldemar Pires a la presidencia y el nombramiento del sociólogo Adílson Monteiro Alves como responsable de fútbol abrieron una oportunidad que Sócrates y varios compañeros llevaban tiempo reclamando. Entre ellos destacaban el lateral Wladimir, un veterano formado en el club, y Walter Casagrande, un delantero joven que había crecido en un ambiente familiar politizado.
El experimento consistía en algo aparentemente sencillo: someter a votación buena parte de las decisiones que afectaban al equipo. Se discutían los horarios, las concentraciones, las normas internas y cuestiones relacionadas con la organización del trabajo. Participaban futbolistas y miembros del cuerpo técnico, mientras determinados empleados del club también encontraban espacios de intervención. El peso de cada opinión no dependía necesariamente de la fama, el salario o los años de experiencia.
No fue una revolución sin dificultades. Las diferencias personales continuaron existiendo, algunos futbolistas desconfiaban de la nueva organización y la estructura del club nunca dejó de tener dirigentes. Pero la Democracia Corinthiana había conseguido introducir un principio insólito en el fútbol profesional de entonces: quienes obedecían las decisiones también podían participar en ellas.
La experiencia encontró además un escaparate inesperado en los resultados. El Corinthians conquistó los campeonatos paulistas de 1982 y 1983, demostrando que aquella libertad no tenía por qué resultar incompatible con la competitividad.
El 14 de diciembre de 1983, antes de disputar el partido decisivo del campeonato contra el São Paulo en el Morumbi, los futbolistas saltaron al césped con una pancarta: "Ganar o perder, pero siempre con democracia". La frase había surgido de una conversación en la que participaron Casagrande, Adílson Monteiro Alves y el periodista Peninha. El partido terminó 1-1 y el Corinthians conquistó su segundo título consecutivo.
Sócrates celebraba habitualmente los goles levantando el puño cerrado. Aquel gesto, repetido ante decenas de miles de aficionados, había terminado adquiriendo un significado que trascendía las victorias deportivas. El fútbol brasileño llevaba décadas siendo un instrumento de orgullo nacional, pero ahora uno de sus clubes más populares utilizaba sus camisetas y sus estadios para hablar de libertades políticas.
Los goles de Sócrates y las huelgas de Lula
La proximidad entre la Democracia Corinthiana y el sindicalismo brasileño no se explica únicamente por una afinidad ideológica. Ambos movimientos crecieron en un territorio profundamente marcado por la industria, la organización obrera y las desigualdades sociales. El Corinthians había sido fundado en 1910 por un grupo de trabajadores del barrio paulista de Bom Retiro y conservaba una identificación popular que sobrevivía al crecimiento del club.
Lula conocía ese mundo desde dentro. En las grandes fábricas del ABC paulista había aprendido a negociar salarios, organizar asambleas y enfrentarse a unas autoridades que consideraban las huelgas una amenaza política. Las movilizaciones de finales de los setenta reunieron a decenas de miles de metalúrgicos y contribuyeron a devolver protagonismo a un movimiento sindical debilitado durante años por la dictadura.
El Corinthians era además el equipo de Lula, una afición que había cultivado mucho antes de llegar a la Presidencia y que nunca abandonaría. Sus colores formaban parte del paisaje cotidiano de las barriadas obreras de São Paulo, donde los estadios ofrecían uno de los pocos espacios de reunión multitudinaria que escapaban parcialmente al control político.
Sócrates llegó al club en 1978, el mismo año en que las huelgas metalúrgicas empezaron a adquirir una enorme repercusión nacional. A sus cualidades deportivas añadía una independencia poco corriente. Tenía estudios de Medicina, le interesaban la literatura y la política, y desconfiaba de quienes pretendían que los futbolistas se limitaran a entretener al público.
Su forma de jugar también parecía una pequeña declaración de principios. Alto y de movimientos aparentemente despreocupados, destacaba por su visión colectiva del juego y por unos pases de tacón que desconcertaban a los defensas. Fue el capitán de la selección brasileña de 1982, aquella que reunió a Zico, Falcão, Cerezo y otros futbolistas capaces de convertir un partido en un espectáculo de talento. Brasil cayó ante Italia en la segunda fase del Mundial, pero el equipo quedó instalado en la memoria de varias generaciones.
Fuera del campo, Sócrates empezó a utilizar su popularidad para respaldar reivindicaciones que iban mucho más allá del Corinthians. Junto a Wladimir, Casagrande y Adílson, participó en actos públicos por la democratización del país. La camiseta del equipo llegó a incorporar mensajes que animaban a votar en las elecciones de 1982, cuando los brasileños recuperaron el derecho a elegir directamente a sus gobernadores estatales.
Lo que había comenzado como una discusión sobre las condiciones laborales de los jugadores adquiría una dimensión nacional. El vestuario del Corinthians se había convertido en un pequeño laboratorio político en un país que todavía estaba aprendiendo a salir de la dictadura.
Un millón de personas, un futbolista y una promesa
El 16 de abril de 1984, São Paulo vivió una de las mayores manifestaciones de su historia. Una multitud, estimada por los organizadores en alrededor de 1,5 millones de personas, ocupó el valle de Anhangabaú para reclamar elecciones presidenciales directas. El movimiento Diretas Já había conseguido reunir a sindicatos, partidos de la oposición, artistas, intelectuales y representantes de sectores sociales que hasta entonces habían mantenido trayectorias separadas.
Lula participó en aquella movilización como uno de los principales dirigentes del Partido de los Trabajadores. Sócrates llegó convertido en una celebridad deportiva que había decidido poner su fama al servicio de la campaña democrática.
El futbolista tenía entonces 30 años y una oferta de la Fiorentina italiana sobre la mesa. Durante el acto anunció que permanecería en Brasil si el Congreso aprobaba la enmienda constitucional impulsada por el diputado Dante de Oliveira, que pretendía recuperar la elección directa del presidente.
Era una promesa con consecuencias profesionales. El fútbol italiano representaba una de las competiciones más prestigiosas del mundo y Sócrates se encontraba en un momento decisivo de su carrera. Condicionar su futuro deportivo al resultado de una votación parlamentaria era una manera de convertir una decisión personal en un gesto político.
La enmienda fue sometida a votación el 25 de abril. Recibió el apoyo de la mayoría de los diputados que participaron, pero no alcanzó los votos necesarios para reformar la Constitución. Los defensores de las elecciones directas sufrieron una derrota que no detuvo el proceso de apertura democrática.
Sócrates cumplió su palabra y fichó por la Fiorentina. La experiencia italiana resultó breve y no estuvo a la altura de las expectativas deportivas. Lejos de São Paulo, también quedaba atrás el ambiente singular que había encontrado en el Corinthians.
En 1985, Brasil puso fin al ciclo de gobiernos militares con la elección indirecta de Tancredo Neves, que falleció antes de asumir la Presidencia y fue sucedido por José Sarney. Los ciudadanos no pudieron votar directamente a su jefe de Estado hasta 1989, cuando Lula disputó por primera vez unas elecciones presidenciales y perdió frente a Fernando Collor de Mello.
Para entonces, los caminos del futbolista y el sindicalista ya se habían cruzado en las movilizaciones democráticas. Su relación quedó también recogida en encuentros políticos posteriores, entre ellos uno celebrado en 1985 junto a Eduardo Suplicy, Marta Suplicy y Adílson Monteiro Alves.
El último tacón de una revolución irrepetible
La Democracia Corinthiana no sobrevivió demasiado tiempo a la marcha de Sócrates. Su salida hacia Italia dejó al equipo sin una de sus principales figuras, mientras los resultados deportivos empeoraban y crecían las tensiones internas. El movimiento también dependía de un equilibrio delicado entre los futbolistas y una parte de la dirección del club.
En 1985, la derrota de Adílson Monteiro Alves en las elecciones internas del Corinthians terminó de cerrar aquella etapa. El modelo participativo perdió sus principales apoyos institucionales y la organización tradicional recuperó terreno.
Sócrates regresó a Brasil, jugó en el Flamengo y el Santos y acabó retirándose después de una carrera marcada tanto por sus cualidades deportivas como por su personalidad. Nunca terminó de aceptar la separación entre fútbol y política. Continuó escribiendo artículos, interviniendo en debates públicos y defendiendo el compromiso social de los deportistas.
Lula siguió otro camino. Fue diputado constituyente, perdió tres elecciones presidenciales y consiguió llegar al Palacio del Planalto en 2003. Durante sus primeros gobiernos impulsó programas de lucha contra la pobreza, mantuvo relaciones pragmáticas con el empresariado y convirtió al Partido de los Trabajadores en una de las grandes fuerzas políticas de América Latina.
Sócrates alcanzó a verlo convertido en presidente. El futbolista falleció el 4 de diciembre de 2011, a los 57 años, después de sufrir graves problemas de salud. Aquel mismo día, el Corinthians jugaba contra el Palmeiras en el Pacaembu con la posibilidad de proclamarse campeón de Brasil.
Antes del encuentro, durante el minuto de silencio, los jugadores levantaron el brazo derecho con el puño cerrado. Miles de aficionados repitieron el gesto desde las gradas. El Corinthians empató y conquistó el campeonato. El viejo capitán había muerto el mismo día en que su equipo volvía a levantar un título nacional.
En los años posteriores, la memoria de la Democracia Corinthiana siguió reapareciendo en el debate político brasileño. Durante las protestas antifascistas de 2020 contra Jair Bolsonaro, sectores de la afición recuperaron sus símbolos y desplegaron banderas que remitían a aquella experiencia de los ochenta. No todos los seguidores del Corinthians compartían esas posiciones, pero una parte de la grada había encontrado en Sócrates y sus compañeros un referente político que seguía teniendo significado.
Cuarenta años después, el puño sigue en alto
El Brasil de Lula y Sócrates ha cambiado profundamente. La industria futbolística está dominada por los derechos televisivos, las grandes operaciones comerciales, los contratos internacionales y las casas de apuestas. Los jugadores de élite disponen de una proyección económica y mediática que resultaba inimaginable para los protagonistas de la Democracia Corinthiana.
También ha cambiado el país. Lula abandonó la Presidencia en 2011, fue encarcelado en 2018 tras unas condenas posteriormente anuladas por la justicia y regresó al Gobierno en 2023 después de derrotar a Jair Bolsonaro. Su nueva victoria frente a Flávio Bolsonaro prolonga una carrera política que comenzó precisamente en aquellos años de huelgas y movilizaciones democráticas.
La historia del Corinthians tampoco puede desligarse de sus contradicciones posteriores. El club que había permitido a los futbolistas votar las decisiones internas terminó convertido en una institución sometida a las mismas presiones económicas que el resto de los grandes equipos brasileños. Su nuevo estadio, inaugurado para el Mundial de 2014, nació de complejas negociaciones financieras en las que participó la constructora Odebrecht y sobre las que el propio Lula ejerció influencia política.
La distancia entre aquellos vestuarios y el fútbol contemporáneo es considerable. Sin embargo, la Democracia Corinthiana dejó algo más duradero que sus dos campeonatos paulistas. Durante unos años, varios futbolistas consiguieron que las decisiones sobre su trabajo dejaran de pertenecer exclusivamente a quienes ocupaban los despachos. Y utilizaron el prestigio deportivo que habían ganado sobre el césped para participar en una de las mayores movilizaciones democráticas de la historia de Brasil.
Sócrates no llegó a conocer la presidencia de Jair Bolsonaro ni el retorno de Lula al poder. El sindicalista de São Bernardo do Campo, por su parte, acaba de conquistar su cuarta elección presidencial cuando está a punto de cumplir 81 años.
En diciembre de 1983, el Corinthians había salido al césped del Morumbi con una pancarta que anteponía la democracia al resultado. Unos meses después, Sócrates se marchaba a Italia tras fracasar la votación que debía devolver a los brasileños el derecho a elegir a su presidente. Lula todavía tendría que esperar diecinueve años para llegar al Planalto. En aquel tiempo, las victorias políticas tardaban bastante más en llegar que los goles.




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