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Florentino Pérez ha vuelto a fichar a una estrella mundial. Esta vez no ha tenido que convencer a su representante, negociar con ningún club ni esperar al último día de mercado. Tampoco habrá presentación multitudinaria sobre el césped del Santiago Bernabéu. Rafa Nadal está a un paso de convertirse en directivo del Real Madrid y su incorporación, pendiente todavía de la ratificación de los socios compromisarios, puede terminar siendo uno de esos movimientos cuyo valor no se mide en goles, asistencias ni trofeos. Al menos, no en los que se conquistan sobre el terreno de juego.
La Junta Directiva madridista anunció este miércoles que había acordado someter el nombramiento del extenista a la Asamblea General Extraordinaria del próximo 21 de noviembre. Nadal, socio número 67.778 y socio de honor de la entidad, aceptó el ofrecimiento del presidente después de una carrera deportiva en la que conquistó 22 Grand Slam y acostumbró a varias generaciones de aficionados a considerar casi rutinario lo extraordinario.
Su respuesta, por cierto, tuvo bastante menos épica que sus mejores tardes en París. Agradeció la confianza de Florentino y aseguró haber aceptado la propuesta con "mucha ilusión, ganas de aprender y aportar todo lo que pueda". No es una mala declaración de intenciones para alguien que sabe lo que significa llegar a lo más alto, pero que ahora se dispone a entrar en un escenario donde los partidos duran bastante más de cinco sets y las victorias no siempre vienen acompañadas de un trofeo.
Porque Nadal ha ganado prácticamente todo lo que podía ganar raqueta en mano. Lo que no ha hecho es dirigir un club de fútbol. El Real Madrid tampoco ha precisado qué responsabilidades tendrá dentro de la Junta ni si participará en alguna de las áreas de gestión. No hay, por ahora, un cargo diseñado a su medida ni un anuncio que permita situarlo en las decisiones deportivas del primer equipo; lo cual no resta interés a la operación sino todo lo contario.
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Florentino Pérez no está incorporando a una leyenda del club que supervise fichajes ni a un ejecutivo de alta alcurnia que cuadre balances. Está llevando al gobierno del Real Madrid a uno de los pocos deportistas españoles cuyo reconocimiento internacional puede medirse con el de las grandes figuras que han vestido la camiseta blanca. Y, en una institución que lleva décadas haciendo de su dimensión mundial una de sus principales señas de identidad, ese detalle no parece precisamente menor.
Un madridista que ya no tendrá que conformarse con el palco
Lo de Nadal y el Real Madrid no nació este miércoles ni tampoco necesita de racionalidades para explicarse. El balear nunca ha escondido sus colores. Ha celebrado títulos, ha visitado el Santiago Bernabéu y ha cultivado una relación estrecha con Florentino Pérez. Su condición de socio de honor ya había convertido ese vínculo en algo institucional. Lo que cambia ahora es la naturaleza de la relación. El balear pasa de representar públicamente al madridismo a participar en el órgano que gobierna el club.
Un movimiento que llega apenas cinco meses después de que Florentino renovara su mandato presidencial hasta 2030, tras imponerse a Enrique Riquelme en unas elecciones en las que obtuvo el 65% de los votos, frente al 35% de su adversario. El presidente inicia así una nueva etapa acompañado de una figura cuya popularidad difícilmente admite discusión, aunque Nadal no haya necesitado vestir nunca la camiseta del Real Madrid para convertirse en uno de sus aficionados más reconocibles.
El club ha encontrado, además, una manera de incorporar a su estructura una trayectoria que encaja con el relato que acostumbra a construir sobre sí mismo. En el comunicado oficial aparecen conceptos como la competitividad, el sacrificio, la humildad o el respeto a los rivales. Son los valores que el Madrid destaca de Nadal y con los que trata de explicar su elección.
No es difícil encontrar argumentos deportivos para sostener tal admiración. 92 títulos individuales, 22 Grand Slam y dos oros olímpicos constituyen una hoja de servicios que no precisa de demasiados adjetivos. Sus 14 Roland Garros, en particular, dejaron una de esas marcas que obligan a mirar varias veces la estadística para comprobar que no hay una errata. Pero el valor de Nadal para el Real Madrid no termina en su palmarés.
Durante más de dos décadas, su nombre ha estado presente en algunos de los principales escenarios deportivos del planeta. Ha competido ante millones de espectadores, ha trabajado con patrocinadores internacionales y ha construido una reputación que sobrevivió incluso a las lesiones y a los últimos años de una carrera cada vez más condicionada por su físico. Florentino conoce mejor que nadie la importancia de esa dimensión. El Real Madrid no acaba con el pitido final o la chicharra que pone fin al último cuarto. También gestiona una marca con seguidores, intereses comerciales y relaciones institucionales repartidos por todo el mundo. En ese escaparate, la presencia de Nadal puede convertirse en un activo especialmente valioso.
Nadal también sabe lo que hay fuera de una pista
Existe cierta tentación de presentar a Nadal como alguien que acaba de descubrir la vida después del tenis. No sería justo. El balear comenzó a preparar esa transición mucho antes de disputar su último partido y lleva años vinculado a proyectos deportivos y empresariales que han ampliado considerablemente su actividad fuera del circuito.
La Rafa Nadal Academy, inaugurada en Manacor en 2016, es probablemente el mejor ejemplo. El centro mallorquín nació como un proyecto de formación tenística y ha desarrollado una estructura que combina entrenamiento, educación y preparación de jóvenes deportistas. Su actividad se ha extendido a otros países mediante academias, instalaciones y programas asociados. No es poca cosa. Levantar un proyecto de formación deportiva, asociarlo a un nombre de reconocimiento mundial y extender su presencia internacional exige rodearse de profesionales, definir objetivos y construir una organización capaz de funcionar más allá de su principal reclamo.
Eso no significa que Nadal haya dirigido personalmente cada departamento de la academia ni que conozca todos los resortes de la administración de una entidad como el Real Madrid. Sería tan exagerado como pretender que sus 14 Roland Garros le convierten automáticamente en un experto en la planificación de una plantilla de fútbol. Pero sí hay algo que conoce con una profundidad difícil de discutir: la vida del deportista de élite desde dentro.
Nadal sabe lo que supone preparar una temporada, convivir con las lesiones y competir cuando las piernas empiezan a discutir con la cabeza. Ha pasado buena parte de su vida tomando decisiones alrededor del rendimiento, la recuperación y la exigencia competitiva. También conoce el entorno que acompaña a las grandes figuras deportivas, desde la relación con los patrocinadores hasta las expectativas de aficionados e instituciones.
Ese conocimiento no aparece habitualmente en el currículum de los ejecutivos que gobiernan los grandes clubes. Y puede resultar interesante para una entidad que, por encima de sus negocios y de sus cifras, sigue dependiendo del rendimiento de quienes compiten con su escudo. Una cosa es entender el deporte desde una hoja de cálculo y otra haber vivido durante veinte años sometido a la obligación de ganar. Ambas perspectivas pueden cohabitar perfectamente en una Junta Directiva. De hecho, ahí podría estar una de las aportaciones más interesantes de Nadal, siempre que su participación vaya más allá de la representación institucional.
Un fichaje lejos del césped
La Junta Directiva del Real Madrid no es un salón reservado para fotografías con antiguos campeones. Sus estatutos le atribuyen funciones de gobierno, administración y representación, dentro de las competencias que corresponden a la Asamblea General. Incorporarse a ese órgano supone entrar en una estructura que participa en las decisiones sobre el funcionamiento de una de las mayores instituciones deportivas del mundo.
La diferencia entre Nadal y buena parte de los perfiles habituales de la dirección madridista está en el camino recorrido hasta llegar allí. Florentino incorpora a un hombre formado en la competición, acostumbrado a enfrentarse a rivales antes que a balances, contratos o consejos de administración. Su trayectoria no sustituye los conocimientos jurídicos, financieros y empresariales de los demás directivos, pero puede añadir una perspectiva distinta.
Tampoco llega como un desconocido para el presidente. La relación entre ambos es estrecha desde hace años y el extenista ha mostrado públicamente su respeto por la gestión de Florentino. Durante el proceso electoral de junio, sin embargo, su nombre apareció relacionado con la candidatura de Enrique Riquelme, con quien mantenía vínculos personales y empresariales.
Nadal tuvo que salir al paso de aquellas informaciones para aclarar que no participaba en el proyecto alternativo. Defendió el derecho de los socios a elegir al presidente del club y reconoció que, después de tantos años de gestión, también se habían producido errores deportivos. "No pasa nada por reconocerlo después de tantísimos años tomando decisiones acertadas", explicó entonces, en unas declaraciones que retrataban una posición bastante más matizada que la de quien se limita a aplaudir todo lo que sucede en el palco.
Su desembarco en la Junta de Florentino no supone, por tanto, una rectificación de un apoyo anterior a Riquelme que nunca llegó a producirse. Responde a una propuesta concreta del actual presidente, aceptada por el extenista y pendiente todavía del respaldo de los socios compromisarios.
Queda también la cuestión que inevitablemente acompaña a cualquier movimiento de cierto relieve en el Real Madrid y se vincula con el futuro de la presidencia. El nombre de Nadal ha aparecido en distintas ocasiones entre las especulaciones sobre quién podría suceder algún día a Florentino Pérez. Su incorporación a la Junta probablemente no acabará con esas conversaciones, aunque no existe ninguna decisión anunciada que lo sitúe como candidato a presidir el club.




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