Hay deportes que necesitan siglos para convertirse en tradición. El teqball ha necesitado poco más de una década para llegar a los Juegos Asiáticos.
Creado en Hungría en 2014, el deporte mezcla fútbol, tenis de mesa y elementos del sepak takraw sobre una mesa curva. Doce años después, debuta como disciplina oficial de medalla en los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya, que comienzan este sábado en Japón, con 16 países participantes. Según la Federación Internacional, ya se practica en 147 países.
Su siguiente objetivo ya está escrito: Brisbane 2032. Pero llegar hasta unos Juegos Olímpicos no depende únicamente de que exista gente capaz de jugar. El teqball está protagonizando un experimento mucho más interesante: cómo se construye institucionalmente un deporte desde cero en el siglo XXI.
Primero hay que inventarlo
La idea parece sencilla. Una mesa curva, un balón de fútbol y una regla fundamental: las manos no pueden utilizarse. Los partidos se puntúan de forma similar al tenis de mesa y los jugadores deben devolver la pelota utilizando distintas partes del cuerpo. Incluso está prohibido utilizar la misma parte del cuerpo dos veces consecutivas.
Pero inventar las reglas es la parte fácil. Después hay que conseguir que otras personas acepten jugar bajo esas mismas reglas.
Ahí aparece FITEQ, la federación internacional que gobierna el deporte. Su función va mucho más allá de organizar torneos: establece reglamentos, desarrolla competiciones, trabaja con federaciones nacionales y construye una estructura internacional que permita que un jugador de Tailandia compita bajo las mismas normas que uno de Francia o Hungría.
Es la transformación de un juego en una disciplina deportiva. El truco está en crear instituciones. El teqball ha entendido una cosa que muchos deportes descubren demasiado tarde: la popularidad por sí sola no garantiza reconocimiento.
Para entrar en el circuito multideportivo internacional necesitas federaciones nacionales, competiciones estables, categorías, árbitros, sistemas de clasificación, formación de entrenadores y una organización capaz de demostrar que el deporte puede funcionar a escala global.
En los últimos años, FITEQ ha ido construyendo precisamente esa red. El teqball ya ha aparecido como deporte de medalla en diferentes eventos asiáticos y en 2026 ha dado otro salto con su inclusión en los Juegos Asiáticos. También estuvo presente en los Juegos Asiáticos de Playa celebrados en China en abril.
Tailandia descubrió cómo convertir otro deporte en ventaja
El caso de Tailandia demuestra además cómo una disciplina nueva puede crecer apoyándose en una cultura deportiva que ya existía. El país se ha convertido en una potencia del teqball gracias, en parte, a jugadores procedentes del sepak takraw, un deporte tradicional del Sudeste Asiático que utiliza los pies, la cabeza y otras partes del cuerpo para mantener una pelota en el aire. Algunas de las habilidades desarrolladas allí encuentran una traducción casi natural en el teqball.
El resultado es curioso: un deporte inventado en Europa ha encontrado una de sus mayores reservas de talento en Asia. Es también una lección para cualquier disciplina nueva. No necesitas empezar con una cultura deportiva propia si consigues conectar tus reglas con habilidades que ya existen.
Después llega el reconocimiento
FITEQ comenzó este año formalmente su proceso para obtener el reconocimiento del Comité Olímpico Internacional (COI). En julio explicó que había recibido comentarios iniciales del organismo después de presentar su documentación y que ahora debe demostrar la madurez de su gobernanza, sus estructuras deportivas, la relación con sus federaciones nacionales, sus programas de desarrollo y su capacidad para organizar competiciones internacionales.
Es un detalle fundamental. Ser practicado en 147 países no significa ser olímpico. Un deporte puede tener jugadores, seguidores y campeonatos y seguir estando fuera del programa olímpico. El proceso exige demostrar que existe una estructura suficientemente estable y global. Por eso el camino hacia Brisbane no pasa simplemente por convencer al público. Hay que convencer a las instituciones.
El deporte también necesita una estrategia de expansión
El teqball ha trabajado además una expansión especialmente inteligente: su relación con el fútbol.
Los propios promotores lo presentan como una disciplina que puede mejorar el control, la coordinación y la técnica de los futbolistas. En Australia, FITEQ llegó a donar 56 mesas a la federación nacional, ocho de ellas destinadas al Brisbane Roar, precisamente en una ciudad que albergará los Juegos de 2032.
No es casualidad. Mientras intenta convertirse en deporte olímpico, el teqball está colocando sus mesas en clubes de fútbol, instalaciones deportivas, colegios y comunidades.
Primero consigue que la gente lo pruebe. Después intenta que lo practique. Más tarde crea competiciones. Y finalmente busca que las instituciones lo reconozcan.
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