La portería del FC Barcelona llevaba tiempo instalada en la incertidumbre. Marc-André ter Stegen encadenaba una lesión tras otra sin lograr continuidad, Wojciech Szczęsny no terminó de ofrecer las garantías que se esperaban de un veterano de su experiencia y Iñaki Peña, pese a su proyección, seguía apareciendo como una apuesta todavía verde para asumir la titularidad en Primera División. En ese escenario de dudas apareció una figura inesperada: Joan García, portero del máximo rival ciudadano, el RCD Espanyol, que llegaba al Camp Nou con la etiqueta de ser uno de los mejores guardametas del curso anterior.

Joan García no era un desconocido en el fútbol español. Formado en la cantera del Espanyol desde edad juvenil, su crecimiento fue constante y paciente. Tras curtirse en el filial, fue ganando protagonismo hasta adueñarse de la portería del primer equipo. En Cornellà se consolidó a base de regularidad, dominio del área y una notable capacidad para sostener al equipo en momentos límite.

Fue pieza clave en los objetivos del club perico, tanto en el ascenso como en la posterior consolidación en Primera, y cerró su última temporada vestido de blanquiazul como uno de los porteros más determinantes de la categoría. Sus números, pero sobre todo sus sensaciones, lo situaron en la agenda de varios grandes del fútbol español.

Un fichaje que dolió como una traición

El pasado verano, el Barcelona decidió mover ficha y pagar 25 millones de euros para activar su salida. El impacto fue inmediato. No solo por la cifra, sino por el origen del fichaje. Joan García cruzaba la ciudad y firmaba por el eterno rival, un movimiento que para buena parte del espanyolismo fue vivido como una auténtica traición.

El portero asumió el ruido sin estridencias. Sabía que el reto iba mucho más allá de lo deportivo. Llegaba a un club exigente, con lupa permanente y con una herida abierta en una demarcación históricamente sensible. Y lo hacía, además, con la presión de justificar una inversión importante y dejar atrás cualquier sospecha de apuesta de riesgo.

El meta cayó en el Barça de pie. Tanto es así que, desde el primer día, Hansi Flick lo ratificó como su 'número uno'. Ni la presión ambiental ni la comparación constante con sus predecesores alteraron su rendimiento.

Joan García aportó justo lo que el equipo necesitaba: seguridad, calma con balón y una autoridad que ordena a la defensa. Su lenguaje corporal, sereno incluso en escenarios de máxima exigencia, contrastó con la ansiedad que durante meses había rodeado la portería azulgrana.

Paradas que cambian partidos

La consagración definitiva llegó a través de las paradas. Intervenciones decisivas en Liga, actuaciones solventes en noches europeas y, sobre todo, una imagen que ya forma parte de la temporada: su parada en el último minuto de los octavos de final de la Copa del Rey ante el Racing de Santander. Un mano a mano salvado en el descuento que evitó la prórroga y dio la vuelta al mundo.

Joan García ha convertido la portería del Barça en un lugar fiable, capaz de sostener al equipo cuando el juego se atasca o el rival aprieta.

A sus 24 años, el guardameta catalán no solo ha solucionado un problema inmediato, sino que ha generado expectativas a largo plazo. En el club ven en él a un portero de presente y futuro, con margen de mejora y personalidad para asumir galones durante años.

La afición, que recibió el fichaje con cautela y cierta distancia, ha pasado del escepticismo a la admiración. Joan García ya no es “el portero que llegó del Espanyol”. Es el guardián que estabilizó una posición crítica y que ha devuelto la tranquilidad a un Barça que, por fin, vuelve a mirar su portería con confianza.

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