El lema “no a la guerra” fue el que articuló las multitudinarias movilizaciones de 2003 contra la invasión de Irak y contra el apoyo que el Gobierno de José María Aznar brindó a aquella intervención impulsada de forma unilateral por el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush.

Ese mismo mensaje fue recuperado este miércoles por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para justificar su rechazo a un ataque contra Irán y responder a las advertencias lanzadas por el actual mandatario estadounidense, Donald Trump, dirigidas a quienes no respalden esa posición. Sánchez se muestra dispuesto a mantener el pulso con Trump hasta donde considere necesario.

Fuentes del Gobierno recuerdan al periodista Fernando Garea que dos de los principales asesores de Alberto Núñez Feijóo sobre asuntos exteriores y política internacional, los diplomáticos Ildefonso Castro y Ramón Gil-Casares, tuvieron un papel destacado en la gestión del apoyo a la guerra de Irak por parte de Aznar, incluida la foto de las Azores.

Gil-Casares fue el principal asesor de Aznar sobre política Exterior en la Moncloa y luego fue nombrado secretario de Estado de Asuntos Exteriores. El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy le nombró embajador de España en Estados Unidos y el líder de la oposición le ha recuperado como asesor para asuntos internacionales. 

Este diplomático fue el principal ideólogo, asesor y defensor de la política de Aznar sobre Irak y defendió públicamente entonces la tesis de las "armas de destrucción masiva" que sirvió para justificar la invasión de ese país y que luego se demostró falsa.

Por su parte, Castro fue su jefe de Gabinete en la Secretaría de Estado de Asuntos Exteriores durante la guerra de Irak auspiciada por el entonces presidente de los Estados Unidos.

El origen del 'trío de las Azores'

El 16 de marzo de 2003, Aznar se reunió con el presidente Bush, y el primer ministro británico, Tony Blair, en la base aérea luso-estadounidense de Lajes, situada en la isla de Terceira, en el archipiélago portugués de las Azores. El encuentro contó con la presencia del entonces primer ministro portugués —y actual presidente de la Comisión Europea— José Manuel Durão Barroso, que ejerció como anfitrión de la reunión.

De aquella cita surgió un ultimátum dirigido al presidente iraquí de entonces, Sadam Husein. El mensaje planteaba que Irak debía proceder a su desarme o, de lo contrario, una coalición internacional actuaría militarmente. Apenas cuatro días después comenzó la ofensiva conocida como operación “Libertad Iraquí”, una intervención que no contó con el respaldo de algunos aliados occidentales relevantes, entre ellos Francia.

La administración de Bush ya había situado a Irak en el centro de su estrategia tras los atentados del Atentados del 11 de septiembre de 2001. En ese contexto, el presidente estadounidense incluyó a Irak, junto con Irán y Corea del Norte, dentro de lo que denominó el “eje del mal”.

Tras el inicio de la invasión, el régimen iraquí cayó con rapidez. Husein permaneció durante meses en paradero desconocido hasta que fue capturado en diciembre de 2003 y, tres años más tarde, ejecutado.

La preparación de la llamada cumbre de las Azores fue intensa. Aznar participó activamente desde el principio, convencido —como sostuvo repetidamente— de que el régimen iraquí disponía de armas de destrucción masiva y que era necesario actuar con firmeza. El entonces presidente del Gobierno español defendía que la intervención contaba con respaldo de resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas y aspiraba a que España desempeñara un papel destacado en la escena internacional, una idea que resumía en su conocida voluntad de sacar al país del “rincón de la historia”.

Años después, el propio Aznar escribiría que España había estado “donde tenía que estar y con quienes tenía que estar”. Durante la foto oficial de la cumbre, las cámaras captaron incluso un gesto revelador: el expresidente español cambió rápidamente de posición para situarse a la izquierda de Bush, un lugar que consideraba acorde al protagonismo que buscaba para España.

El encuentro duró alrededor de una hora y media y combinó mensajes de confianza con advertencias prudentes. Según explicó posteriormente Aznar, Bush transmitió una visión optimista de la situación, mientras que él prefirió adoptar una postura más cauta ante los posibles escenarios.

Pese a su brevedad, la reunión sirvió para perfilar los últimos detalles de una intervención que ya estaba decidida por Washington, Londres y Madrid. Tras la cumbre, los tres líderes comparecieron ante la prensa. Aznar insistió en que aún se estaba ofreciendo una última oportunidad a Husein para desarmarse y apeló a los países aliados a actuar de forma conjunta, dejando de lado diferencias puntuales.

También rechazó que el encuentro constituyera una declaración formal de guerra y defendió que, hasta ese momento, se habían agotado los esfuerzos diplomáticos para encontrar una salida pacífica a la crisis. En su discurso, atribuyó al líder iraquí toda la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir a partir de entonces.

La reunión de las Azores situó a España en el centro del debate internacional. Para algunos, simbolizó una demostración de influencia política; para otros, reflejó un alineamiento excesivo con la estrategia de Estados Unidos.

Posteriormente, el despliegue de tropas españolas en Irak abrió un intenso debate sobre su papel: si se trataba realmente de una misión de paz o de una participación directa en el conflicto. Las discrepancias surgieron incluso dentro del propio Gobierno. El entonces vicepresidente económico, Rodrigo Rato, expresó a Aznar su desacuerdo con el envío de militares, una postura que algunos interpretaron después como un factor que pudo limitar sus opciones de sucederle al frente del Ejecutivo.

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