La victoria de la extrema derecha en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre los instrumentos que tienen a su alcance las democracias liberales para combatir los discursos que propugnan las formaciones ultraconservadoras. Es un debate sobre el que existen algunas certezas, pero también demasiados interrogantes.

Entre las certezas existentes hay dos muy claras: la primera es que los grupos nacional-populistas reciben una importante bolsa de votos que procede del malestar de unos ciudadanos hacia unas instituciones y unos partidos tradicionales que sienten que no están dando respuesta a sus necesidades vitales. ¿Tienen razón estos electores? No es una tarea fácil responder a una cuestión así, pero la realidad es que la política se fundamenta en las percepciones. Unas percepciones cada vez más emocionales que se han visto fuertemente influenciadas por el crecimiento desbocado de unas noticias falsas y unas medias verdades que buscan generar miedo entre la ciudadanía y, consecuentemente, debilitar los fundamentos del sistema democrático. La realidad, sin embargo, es que desde hace una década han crecido los discursos extremistas y reaccionarios. Uno de los motivos que lo explica es el agravamiento de unas desigualdades que, a su vez, se han visto incrementadas por fenómenos nuevos como la digitalización o por crisis como la pandemia o el cambio climático.

La segunda es que las opciones conservadoras salen perdiendo, y mucho, cuando adoptan las narrativas y el marco de la extrema derecha. Solo hay que ver lo que sucede en España con el PP o en Alemania con los democratacristianos de la CDU. La población, entre el original y la copia, suele escoger el primero. A los líderes de derechas, en un contexto como el actual, les falta el liderazgo suficiente para articular un relato propio en cuestiones como la gestión de la inmigración o las políticas climáticas. La primera apela a la dignidad humana y a la búsqueda de mejores oportunidades, y la segunda al futuro del planeta, dos cuestiones que, a priori, no deberían ser de izquierdas o de derechas, sino que merecerían grandes acuerdos entre las diferentes formaciones democráticas. El problema, en la mayoría de los casos, es que los grupos conservadores, empujados por el discurso de la extrema derecha, las han convertido en una pugna ideológica, ya que han utilizado la migración como un ataque al diferente y el combate contra el calentamiento global como una falacia.

Volviendo a la cuestión que nos ocupa, es cierto que muchos —entre los que me incluyo— pensábamos que un cordón sanitario como el alemán funcionaba. Es cierto que la coalición gubernamental ha desdibujado, y mucho, a los socialdemócratas por el hecho de adoptar parte de las propuestas de la derecha tradicional, pero era una cuestión menor si se tiene en cuenta que, hasta ahora, había servido para que Alternativa para Alemania no presidiera ningún gobierno. El panorama que han visualizado los comicios en Sajonia-Anhalt no es solo que las dos principales formaciones están desorientadas —los conservadores por exportar las propuestas de la extrema derecha y los socialdemócratas por no saber articular un discurso propio—, sino que el partido que preside Alice Weidel tiene la opción real de liderar el ejecutivo de este estado del este de Alemania. La sensación para quienes creemos en los valores democráticos es de fracaso absoluto.

En otras palabras: las urnas han dejado dos partidos exhaustos —los democratacristianos tienen una responsabilidad mayor, porque hasta ahora presidían este estado— que necesitan reinventarse, y una formación exultante que ya se ve al frente del Gobierno federal.

Probablemente, el déficit político ayude a entender cómo se ha llegado hasta esta situación. Lo explicaba hace unos días Héctor Sánchez Margalef, investigador del CIDOB, en un artículo en La Vanguardia: “El cordón sanitario no puede ser un sustituto de la política, puede ser necesario para proteger las instituciones, pero no es una estrategia suficiente para recuperar la confianza ciudadana.” Es posible que la falta de acción política, combinada con un exceso de declaraciones públicas y un cortoplacismoen la gobernabilidad, esté dando alas a una extrema derecha que sustituye esta carencia por un superávit de iniciativas populistas que pretende dar respuesta a problemáticas complejas a través de un simplismo discursivo que es letal para la convivencia.

La discusión pública que actualmente mantienen las élites y la ciudadanía alemanas también se está produciendo en el resto de los países europeos. También en España y, especialmente, en Cataluña, donde un partido independentista de extrema derecha aparece como segundo en las encuestas en caso de que hoy se celebraran elecciones al Parlament de Catalunya.

¿Qué explica el crecimiento de una fuerza como la de Sílvia Orriols? Posiblemente, y principalmente, dos factores: el fracaso del proceso independentista —tanto Junts como ERC y la CUP han seguido con unos relatos simbólicos que solo han provocado frustración e impotencia entre sus bases— y el auge del discurso contra la inmigración, una realidad que no deja de ser la evolución natural, por un lado, de una parte del nacionalismo catalán y, por otro, de los grandes movimientos populistas y extremistas europeos. Unos movimientos, en este caso, que buscan erosionar y desestabilizar las instituciones desde dentro. Quizá el ejemplo más claro sea el Brexit, donde, diez años después de su celebración, quien ha salido más beneficiado es Nigel Farage, el líder ultraconservador que promovió la salida del Reino Unido de la UE.

Con todo, es una realidad palpable que, como le ha sucedido a la CDU en Alemania, el acercamiento, en algunas materias, de Junts per Catalunya a Aliança Catalana puede ser letal para su supervivencia. Y también, como ha ocurrido en el país germánico, que hace falta mucha más política para frenar el avance de la formación de la alcaldesa de Ripoll.

La capacidad de alcanzar grandes acuerdos en aquellas cuestiones que más preocupan a la ciudadanía podría ser una buena solución. Es cierto que esto reforzaría a AC como oposición al resto de formaciones, pero demostraría que a los partidos les preocupa el auge de las opciones nacional-populistas y, por tanto, que intentan dar una imagen de cierta unidad para responder a él. El gran hándicap, sin embargo, es que la política catalana todavía se está recuperando de los estragos del procés, lo que dificulta que se forjen determinadas alianzas.

En cualquier caso, es evidente que uno de los elementos que más hace crecer la fuerza liderada por Orriols es el victimismo. Un victimismo que, por ejemplo, se vio reforzado durante el acto celebrado en el Fossar de les Moreres el día antes de la Diada Nacional de Catalunya, a raíz de una movilización liderada por grupos próximos a la CUP que requirió la intervención de los Mossos d'Esquadra.

¿No sería mucho más inteligente dejar que la formación extremista celebrara su acto? ¿O es que desde estos colectivos se le quiere dar una repercusión pública y mediática que, de otro modo, no tendría? Hace tiempo que está demostrado que este tipo de contramanifestaciones únicamente fortalecen a las formaciones ultras y que les dejan en bandeja el relato de que existe una persecución contra ellas. Es lo que también busca Vox en el resto de España.

Resulta obvio que no se pueden normalizar los planteamientos ni la actitud del partido de Abascal y de Orriols, entre otras razones porque parte de sus postulados son una enmienda a la totalidad a los derechos fundamentales, pero ¿no sería mucho más adecuado hacerlo evitando altercados y forzando a la policía a tener que intervenir? ¿Es necesario intentar superar la barrera policial y tener que recurrir a la fuerza y a la violencia para combatir unas ideas políticas?

La política democrática exige que fondo y forma vayan de la mano y, sobre todo, no responder con violencia a aquellas fuerzas que la legitiman, la amparan o la amplifican. En este caso, habría sido mucho más ingenioso, desde el punto de vista estratégico, que los grupos convocantes hubieran organizado una protesta cívica en otro punto a la misma hora para denunciar sus posiciones.

La máxima dirigente de AC debía de estar muy satisfecha, ya que acaparó un protagonismo que, hasta ahora, las urnas no le han otorgado. Solo hay que recordar que esta fuerza solo tiene dos escaños en el Parlament de Catalunya. Dos escaños que podrían multiplicarse si, entre otros factores, este tipo de colectivos le proporcionan una visibilidad que, de otro modo, difícilmente obtendría. La política exige inteligencia, y aún más en los tiempos complejos y convulsos que vivimos. No estaría de más que estos grupos lo tuvieran presente, porque no hay nada peor que acabar provocando el efecto contrario al que se pretende. Y más aún cuando las consecuencias de sus actos las acabamos pagando todos en forma de una extrema derecha cada vez más fuerte.

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