La AfD (Alternativa por Alemania) obtiene el 43,8 % en Sajonia-Anhalt, duplica su resultado de 2021 y se queda a solo tres escaños de la mayoría absoluta. La CDU cae al 17,2 %, su peor registro histórico en el estado, mientras el BSW de Sahra Wagenknecht emerge como posible llave de la gobernabilidad. El resultado no devuelve a Alemania a 1933, pero sí obliga a preguntarse por qué el recuerdo del pasado ya no basta para contener una derecha radical que ha dejado de ser marginal.
La victoria de la AfD, liderada en este estado por Ulrich Siegmund, no le proporciona por sí sola el poder de la siempre envidiada Alemania. El Parlamento regional cuenta con 83 escaños y la formación ha obtenido 39, tres por debajo de los 42 necesarios para la mayoría absoluta. Pero la aritmética no consigue ocultar la magnitud política del terremoto: la CDU del canciller Friedrich Merz se desploma hasta el 17,2 %, desde el 37,1 % de 2021, y queda reducida a su peor resultado histórico en Sajonia-Anhalt.
La participación, lejos de caer ante la desafección, se disparó hasta el 77,8 %, máximo desde la reunificación alemana. No fue, por tanto, una victoria construida sobre una retirada ciudadana de las urnas. Al contrario: una parte sustancial de quienes durante años permanecieron alejados del proceso electoral acudió esta vez a votar.
El dato contiene una primera paradoja: la democracia alemana no se ha debilitado por la abstención; se ha expresado con una intensidad extraordinaria y ha entregado una porción histórica de su voluntad a una formación situada en la derecha radical del espectro político.
Un triunfo que cambia la conversación
“Hemos hecho historia”, proclamó Siegmund durante la noche electoral. La frase no era retórica vacía. La AfD ha más que duplicado su resultado de 2021, cuando obtuvo el 20,8 %, y ha convertido Sajonia-Anhalt en el nuevo laboratorio de una pregunta que hasta ahora parecía confinada a los márgenes: ¿puede una formación de extrema derecha llegar a gobernar un estado alemán?
La respuesta continúa abierta.
La AfD no ha gobernado hasta ahora ningún estado federado alemán. En Turingia, en 2024, consiguió ser la fuerza más votada con un 32,8 %, pero quedó fuera del Ejecutivo después de que otras fuerzas articularan una mayoría alternativa. El caso de Sajonia-Anhalt es distinto por la dimensión del resultado y porque el partido está mucho más cerca de controlar directamente el Gobierno regional.
Siegmund ha tendido la mano a quienes quieran participar en “un cambio político fundamental”. Alice Weidel ha interpretado el resultado como un mandato para gobernar, mientras Tino Chrupalla ha llegado a plantear la posibilidad de un Ejecutivo minoritario tolerado.
La CDU, SPD, Verdes y Die Linke han descartado, por ahora, gobernar con la AfD. Pero el llamado Brandmauer —el cortafuegos o cordón sanitario que pretende impedir la cooperación institucional con la formación ultraderechista— ha quedado sometido a una presión desconocida hasta ahora.
Y ahí reside la verdadera trascendencia de la jornada.
La CDU se derrumba
El resultado de la CDU es algo más que una derrota regional. Es una advertencia dirigida directamente a Friedrich Merz.
Los conservadores han pasado de 40 escaños en 2021 a 15. La AfD, en cambio, ha conquistado 39. El SPD ha obtenido el 9,3 %, los Verdes el 8,9 %, Die Linke el 8,6 % y la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), con un 5,3 %, ha logrado entrar en el Parlamento regional. El FDP, con apenas el 2,6 %, desaparece del Landtag.
La radiografía revela una derecha tradicional menguante frente a una derecha radical en expansión. El problema para Merz, quien gobierna con sus colegas socialdemócratas, es que el cordón sanitario funciona precisamente cuando las fuerzas que lo sostienen disponen de una mayoría suficiente para ofrecer una alternativa convincente. En Sajonia-Anhalt, esa alternativa se ha vuelto extraordinariamente compleja.
Una alianza entre CDU, SPD y Verdes sumaría 31 escaños. Incluso incorporando a Die Linke alcanzaría 39, todavía por debajo de los 42 necesarios para la mayoría.
El laberinto electoral deja así al BSW en una posición potencialmente decisiva.
La llave inesperada de Wagenknecht
El BSW, fundado por Sahra Wagenknecht tras su ruptura con Die Linke, comparte con la AfD algunas posiciones sobre inmigración y una actitud más favorable hacia Rusia que la mantenida por los principales partidos alemanes. Sus 5,3 % y cinco escaños pueden convertirlo en una pieza indispensable de la negociación.
La formación no ha cerrado completamente la puerta a fórmulas que permitan desbloquear la gobernabilidad. La cuestión es si esa disposición llegará hasta el punto de permitir un Gobierno encabezado por Siegmund o si, por el contrario, optará por otra combinación parlamentaria.
La política alemana se encuentra, por tanto, ante una ironía histórica: el cortafuegos construido para impedir que la AfD alcance el poder podría terminar haciendo depender su propia supervivencia de una fuerza populista situada en la izquierda.
El cordón sanitario bajo presión
El “cortafuegos” alemán nació de una premisa histórica y democrática: determinadas fronteras políticas no pueden reducirse a la lógica ordinaria de la alternancia.
La experiencia del nacionalsocialismo dejó en Alemania una cultura institucional particularmente sensible ante movimientos que cuestionan los fundamentos del orden constitucional. La AfD, además, no es simplemente una formación conservadora dura. La rama de Sajonia-Anhalt está clasificada por los servicios regionales de inteligencia interior como organización de extrema derecha confirmada. La propia AfD rechaza esa consideración y la denuncia como políticamente motivada.
Esa circunstancia explica que CDU, SPD, Verdes y Die Linke mantengan la negativa a una cooperación formal. Pero el resultado electoral plantea una cuestión incómoda: ¿puede un cordón sanitario conservar indefinidamente su eficacia cuando casi la mitad del electorado vota a la formación que pretende aislar?
La respuesta no es sencilla.
Un cordón sanitario no es una ley de la naturaleza. Es una decisión política sostenida por partidos y ciudadanos. Puede preservar determinados límites democráticos, pero no elimina las causas sociales que alimentan a la fuerza excluida. Y cuando esa fuerza se convierte en la primera opción electoral, el aislamiento institucional empieza a convivir con una normalización sociológica.
La AfD puede estar fuera del Gobierno y, al mismo tiempo, ocupar el centro de la conversación nacional. Sería demasiado cómodo explicar el resultado exclusivamente mediante el desencanto económico, la inmigración o el descontento con Merz.
Esos factores importan. Sajonia-Anhalt pertenece al este alemán, una región donde persisten diferencias económicas y sociales con respecto a los Länder occidentales y donde el sentimiento de agravio acumulado después de la reunificación continúa influyendo en la cultura política. Los analistas señalan también la movilización de antiguos abstencionistas y antiguos votantes de la CDU. Pero la magnitud del resultado exige algo más que una explicación coyuntural.
La AfD ha logrado transformar malestares dispersos —inmigración, inseguridad, pérdida de poder adquisitivo, desconfianza hacia las élites, fatiga ante determinadas políticas culturales, incertidumbre económica y frustración con la política federal— en una narrativa política unificada.
Ese es uno de los mayores éxitos de la formación: ha conseguido que una suma heterogénea de descontentos pueda reconocerse bajo una misma identidad electoral. Y ahí reside una de las lecciones que convendría escuchar sin complacencia.
La memoria no puede convertirse en museo
Alemania construyó después de 1945 una de las culturas de memoria histórica más intensas de Europa. El recuerdo del Holocausto y del régimen nazi forma parte de su educación cívica, de sus instituciones y de su identidad democrática.
Pero la memoria tiene una paradoja: cuando una sociedad convierte una tragedia histórica en una liturgia perfectamente institucionalizada, existe el riesgo de que la advertencia deje de sentirse como una experiencia política viva y pase a convertirse en un monumento.
1933 no se repite: se aprende de sus sombras
Alemania no es 1933, pero la historia tampoco avisa siempre con los mismos uniformes. La AfD no es el NSDAP ni la República Federal es Weimar; sin embargo, que una formación de extrema derecha alcance el 43,8 % obliga a mirar de frente una evidencia incómoda: la memoria del nazismo, por sí sola, ya no basta para contener el avance de una derecha radical que ha convertido el malestar social en una poderosa maquinaria electoral.
El problema no es que Alemania esté regresando mecánicamente al pasado, sino que determinados discursos que durante décadas permanecieron bajo una estricta línea roja han dejado de ser marginales. Cuando la exclusión se normaliza en las urnas, el cordón sanitario deja de ser una garantía y empieza a revelar sus límites.
¿El preludio de qué?
Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una formación de extrema derecha ha quedado a tres escaños de disponer de una mayoría absoluta en un Parlamento regional alemán. Esa distancia, convertida en representación institucional, tiene un enorme valor simbólico.
No estamos ante el regreso de 1933, pero sí ante una alarma que sería irresponsable desactivar. La AfD está a las puertas del poder regional y ha demostrado que el estigma histórico ya no basta para aislarla electoralmente.
El peligro quizá no sea una ruptura súbita de la democracia, sino algo más lento: que la radicalización deje de escandalizar, que la excepción se vuelva costumbre y que el discurso de la exclusión termine dictando la agenda de quienes todavía pretenden combatirlo.
Europa haría mal en confundir memoria con inmunidad. Ninguna democracia está vacunada para siempre contra sus propios fantasmas.
La derrota que interpela a Merz
Sven Schulze, líder regional de la CDU y primer ministro saliente, calificó la jornada como un día oscuro para su partido y reconoció que los electores habían enviado “un mensaje” que debe ser afrontado. Ese mensaje llega hasta Berlín.
El Gobierno de Friedrich Merz afronta dificultades económicas y una pérdida de popularidad que ahora encuentran una traducción particularmente contundente en las urnas de uno de los estados del este. La CDU puede mantener el cortafuegos. Puede negarse a cooperar con la AfD. Puede intentar construir una mayoría alternativa. Lo que no puede hacer es fingir que el 43,8 % no existe. Porque una democracia no se protege únicamente aislando a quienes cuestionan sus fundamentos. También debe preguntarse qué está dejando de ofrecer a quienes los votan.
La paradoja de una democracia que quiere defenderse
La democracia liberal tiene derecho a defenderse de quienes pretenden utilizar sus instituciones para destruirlas. El Estado constitucional no está obligado a ser neutral frente a quienes niegan la dignidad humana, el pluralismo o la igualdad ante la ley. Pero esa defensa no puede descansar exclusivamente en la descalificación moral del adversario.
Un votante puede sentirse abandonado sin ser extremista. Puede reclamar fronteras más controladas sin ser fascista. Puede desconfiar de las élites sin querer abolir la democracia. Puede rechazar determinadas políticas europeas sin pretender regresar a una dictadura.
Confundir todas esas posiciones con el extremismo puede terminar entregando a la extrema derecha el monopolio de la representación del descontento. La democracia liberal debe proteger sus líneas rojas y, simultáneamente, aprender a escuchar más allá de ellas.
El día después
Sajonia-Anhalt no ha elegido todavía un Gobierno. Ha elegido, sin embargo, un nuevo equilibrio de poder.
La AfD domina el Parlamento regional sin disponer de mayoría absoluta. La CDU ha sufrido una derrota histórica. El BSW se ha convertido en actor potencialmente decisivo. Los partidos tradicionales mantienen, por ahora, el rechazo a una cooperación con la extrema derecha. Queda por saber si ese rechazo resistirá la aritmética.
Pero hay algo que ya no puede deshacerse: el cordón sanitario alemán ha dejado de ser una frontera segura y ha empezado a convertirse en un problema político en sí mismo.
La pregunta ya no es únicamente cómo impedir que la AfD gobierne. Es cómo conseguir que quienes hoy depositan su confianza en ella vuelvan a encontrar en la democracia liberal una razón para confiar. El desafío es impedir que las frustraciones de 2026 construyan las condiciones políticas de un mañana que todavía no está escrito.
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