Lo peor ya ha pasado. El PSOE andaluz ha doblado el comprometido Cabo de Hornos al conseguir que Chaves y Griñán renuncien a continuar en la vida política. Aunque lo más duro del violento oleaje haya quedado atrás, eso no significa que el barco de la investidura no pueda todavía naufragar: significa, más modestamente, que la capitana Díaz Pacheco ha arrojado lastre por la borda y el buque insignia de la armada federal socialista es ahora más manejable y puede navegar con mayor brío. Entre la exigencias de Podemos y Ciudadanos para facilitar la investidura de Susana Díaz, la relativa a los expresidentes era la más complicada de satisfacer por dos razones: por una parte, por su rigidez y su carácter taxativo; y por otra, porque realmente solo era viable si los interesados aceptaban irse. Ciertamente, el PSOE podría haberlos echado, pero el coste –interno y externo– de ello habría sido demasiado alto: tan alto que ni siquiera habría valido la pena intentarlo. No obstante, Susana Díaz parecía tener la certeza, o al menos la intuición, de que Chaves y Griñán acabarían dando el –doloroso– paso atrás que el partido necesitaba que dieran. La renuncia de los expresidentes no era condición suficiente para la investidura de Díaz, pero sí condición necesaria porque su incumplimiento bloqueaba la negociación de las demás condiciones. Las otras exigencias de Ciudadanos y Podemos tienen una elasticidad –material pero también moral– que no tenía la retirada de los expresidentes, aunque, eso sí, el PSOE tendrá que hacer gestos lo suficientemente explícitos y sinceros para convencer a sus picajosos interlocutores de que, en efecto, les está dando lo que piden: si no todo, sí lo bastante como para que el botín obtenido pueda ser, como en el caso de Chaves y Griñán, interpretado como una victoria. La renuncia de los expresidentes ha tenido una consecuencia poco visible pero crucial: ha modificado la percepción pública de la partida que vienen disputando los cinco jugadores que el 22-M sentó a la mesa de juego, si bien dos de ellos –el PP e Izquierda Unida– han jugado tan mal sus cartas que han convertido en irrelevante su presencia en la partida. El cambio de percepción consiste en que para todo el mundo es evidente que Podemos y Ciudadanos han obtenido una clara victoria, o dicho de otra forma, que el PSOE ha cedido y además lo ha hecho en algo muy costoso para él: firmar la sentencia de muerte de Chaves y Griñán dictada por ese improvisado –y exigente– tribunal popular que son Ciudadanos y Podemos. La victoria de unos y la cesión del otro hace más probable el entendimiento para la investidura. Desde luego, el sombrío escenario de un bloqueo prolongado hasta después de la municipales del 24 de mayo no ha desaparecido, pero ha dejado de ser verosímil. En política, la falta de verosimilitud de un determinado desenlace es el primer paso para que todo el mundo acabe descartándolo.