Ante las cámaras de Canal Sur Francisco Mirando contaba su hazaña con el gesto forzado e incómodo de quien jamás habría supuesto que lo que acababa de hacer fuera una heroicidad. “Lo que habría hecho cualquiera”, contaba este guardés de una finca situada junto al lugar donde el sábado se estrellaba el avión militar A400M, con el balance de cuatro muertos y dos heridos. Al rescate de uno de esos dos heridos, ingresados con pronóstico grave en centros hospitalarios de Sevilla, se lanzó Francisco con riesgo de su vida, pues el avión estaba en llamas. Otras dos personas, entre ellas Manuel Iglesias, ayudaron también en el rescate tras ver cómo dos de los pasajeros del avión –seis en total, no ocho o diez, ni todos ellos muertos, como el sábado dijo por error el presidente del Gobierno– saltaban a tierra entre el espeso humo del fuselaje destrozado sobre la llanura que se extiende varios kilómetros alrededor del aeropuerto de Sevilla. Sin duda la lisa orografía debió propiciar que el aterrizaje, aun siendo muy violento, fuera algo menos terrible de lo que cabía esperar; con un terreno escarpado posiblemente todos los ocupantes del aparato habrían muerto. Se salvaron el mecánico Joaquín Muñoz y el ingeniero José Luis de Augusto. Las víctimas mortales fueron Jaime Gandarillas, Manuel Regueiro, Jesualdo Martínez Rodenas y Gabriel García Prieto. Los verdaderos héroes no suelen saber que lo son. Vecino de San José de la Rinconada, Francisco Miranda relata los hechos ante las cámaras de la televisión andaluza de manera rápida y sucinta, casi con pudor. No parece hombre de muchas palabras. “Eran unas llamas impresionantes, lo retiramos unos metros, lo que pudimos, pero Joaquín tenía la cadera partida, le costaba mucho respirar, se quejaba mucho de la pierna, y yo lo que hice más que nada fue que me metí debajo de él, lo puse en lo alto mío, para que respirara mejor y para darle también un poco de ánimo a la criatura”. Junto a él, su mujer, Yolanda Mirón, y su cuñada Antonia García no pueden evitar las lágrimas mientras describen la bondad de Francisco con palabras que él escucha algo azorado. A los verdaderos héroes suelen incomodarles las conversaciones sobre el heroísmo.