Una noche de hace siete años, un muchacho de barrio cogió una bici de Sevici (el servicio de préstamo de bicicletas de Sevilla), sin permiso, para volver a casa. En el camino lo paró la Guardia Civil y un juez lo condenó a seis meses de cárcel. En unos días tendrá que ingresar en prisión y cumplir la pena, pues tenía antecedentes. Éstos, tan pueriles y livianos como el anterior: siendo menor, se saltó la tapia de un chalé para bañarse en la piscina y fumarse un porro con unos amigos. Actualmente tiene un trabajo precario, como cocinero, que supone el único sustento con el que se mantienen su compañera y sus dos hijos. No les da ni para una casa propia, pues se reparten entre las de los abuelos. ¡Cuanta mala suerte! Parece imposible que una situación tal pueda darse en el siglo XXI. Es un cuadro como sacado del guion de una película del neorrealismo italiano. Tanto, que el título de este texto es casi ineludible: “El ladrón de bicicletas”; un personaje de Vittorio De Sica, tan miserable y machacado por las circunstancias, como el joven del barrio de Montequinto que hoy es noticia. Afortunadamente para él, es noticia. ¿A cuántas muchachos de barrio ha parado alguna vez la Policía o la Guardia Cvil y han sido condenados por un juez, aplicando la ley implacablemente? Casi nunca salen en los medios. Es lo normal. Es a la gente humilde a la que le pasan estas cosas, porque son humildes y se les nota. Se les nota en la forma de vestir, en la forma de hablar, en la forma de vivir, tan diferente a la de la gente bienpensante de clase media. Las fuerzas del orden, los jueces, pero también los maestros o los médicos, tratan a diario con los ladrones de bicicletas de este mundo. Y están condenados de antemano. Su aspecto los delata: son “canis”, “niñatos”, “gamberros”… y hay que pedirles el carnet y juzgarlos con dureza, porque con esa pinta, algo habrán hecho. No traen el cuaderno a clase, o charlan demasiado, se levantan sin permiso: ¡un parte disciplinario y expulsado del instituto! Llegan a la consulta y no entienden las palabrejas técnicas del diagnóstico, pues se les despacha lo antes posible o en el mejor de los casos, se les dan unas cuantas explicaciones con tono paternalista y condescendiente. No es siempre así, pero ocurre a menudo. Los muchachos y muchachas de barrio saben que todo esto es cierto y que juegan en un tablero y con unas reglas que les son ajenas, porque han sido hechas para mantenerlos en su lugar, desde siempre. Todos lo saben porque lo han visto demasiadas veces. No es un caso aislado, no es mala suerte, es una cuestión de clases. Mientras sigan existiendo las desigualdades sociales, desgraciadamente, estas cosas seguirán ocurriendo. Que esta noticia sirva para que esta vez, el final de la película sea otro y sobre todo, para que nos demos cuenta de que la verdadera culpable de esta y otras historias es la miseria y de lo que hay que cambiar es el guion desde el inicio. (*) Carmen Yuste es profesora de Secundaria Hay una petición online para que suspendan la condena en este caso. Puedes unirte aquí.