Domingo, 2.45.- Poco tiempo después de la espuma/junto a mi corazón abrazada.

Domingo, 3.00.- Tú me ves con tu vientre cumplido/yo te veo a través de esta calma.

Domingo, 3.15.- Sujeto los horizontes de un sueño que me traspasa/ Y agarrado a ese sueño, sumiso/ me despierto y no hay nadie en mi cama.

Domingo, 4.30.- Toda la noche fue Aute. Y fue así: yo era una chica de éxito profesional y del otro, supongo. Una cena en una de esas casas señoriales de la ciudad de antes de la gentrificación. Una anfitriona encantadora y a su derecha se sentaba Luis Eduardo Aute, que al día siguiente cantaba por aquí. La sobremesa fue deliciosa. Todavía no existía Google y la gente se atrevía a jugar con la memoria y con citas tan inverosímiles como hermosas. Yo misma conté que había entrevistado a Henry Kissinger y para colmo era cierto (le robé cuatro preguntas en una apresurada caminata por la Alhambra, que la magia del diseño convirtió en una atractiva contraportada). Y triunfé con el chiste del pésame del malafollá a la viuda en las puertas del cementerio, muy de estas horas: ¡mira que morirse! Eduardo reía interminablemente y yo tocaba los volantes de la gloria.

Domingo, 4.45.- La charla entró en copas. Los baretos fueron cerrando. A eso de las cuatro de la madrugada nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado solos. Si algo enseña el periodismo verdadero, maestro, le dije, es a aprenderse la ruta de los tugurios abiertos en la madrugada. Los arrasamos todos. En unos lo reconocieron como Aute; en otros era un señor que le parecía. En todos era yo la que le canturreaba/recitaba sus propias letras, de las que a veces él mismo no se acordaba.

Domingo, 5.30.- Le conté la verdad: robaba sus discos en los grandes almacenes. Primero fue 'Espuma' y luego todos los demás. El primero estaba justificado: estudiante y becaria sin un puto duro. Luego le fui cogiendo afición.

Domingo, 7.15.- Amanecía más o menos, hora en la que los músicos canallas, los pintores canallas, los poetas canallas y las periodistas noctámbulas nos vamos a dormir. Quedamos en que nos veríamos en el concierto, vamos, que yo le vería a él. Me contaron que me dedicó las primeras canciones. Aquella noche había sido la primera, la única, la última.

Domingo, 7.30.- Dime lo que sientes/no temas si me mata/ que yo solo quiero/tus labios como espadas/y ven a mis brazos/dejemos los datos.

Domingo, 7.45.- Ante tanta pesadilla/ haz, amiga, que reencuentre/ el sentido de los sueños/en tu vientre esta noche/ que se apunten sus misiles/quiero guerras inciviles/con tu cuerpo esta noche.

Domingo, 7.45.- Amanece, como aquella vez. Toda la noche ha sido Aute. Esta vela de su música y su poesía siempre, siempre robada, ya estaba escrita. Los canallas, yo lo sé bien, sólo su pueden morir de pura melancolía.

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