Ahí está, ahí está. Púnica, Gürtel, Bárcenas, escuchas... algunos de los más escogidos escándalos de corrupción tienen como epicentro el PP de Madrid, donde Esperanza Aguirre lo ha sido y lo es todo, y sin embargo ahí está, ahí está, la santa de Alcalá, la beata de Chamberí, duquesa inmaculada y futura alcaldesa de Madrid. Cada vez que habla Esperanza Aguirre sube algo. Si cuando hablan otros sube el pan, cuando lo hace ella sube el estupor, la sorpresa, la ira, la admiración, la incredulidad… Es una crack, un fenómeno de la naturaleza, un prodigio de la democracia, una Nietzsche castiza capaz de la transvaloración de todos los valores de la política sin ayuda de nadie. Es difícil encontrar a alguien como ella en la política mundial. Hace un par de días compareció ante las cámaras de su Telemadrid y habló de las elecciones andaluzas. Para ir abriendo el apetito de la escasa pero fiel audiencia, se dedicó a elogiar a Susana Díaz con tan inverosímil desahogo que, con toda razón, sus palabras debieron de saber a cuerno quemado en los desolados cuarteles del PP andaluz: “Ha convocado y ha acertado porque ha dejado de depender de estos señores de IU que se saltan la ley a la torera”. Restregarles a sus compañeros andaluces un argumento tan descaradamente contrario a todo el discurso que ellos han venido sosteniendo sobre el adelanto electoral es una bofetada no sin mano, sino más bien con las dos manos. Como decía aquella campaña contra el abandono de perros, ellos nunca lo harían. Pero donde Aguirre se mejoró a sí misma fue al referirse a Juan Manuel Moreno Bonilla, el afligido presidente del PP andaluz, contra el cual no pronunció propiamente unas palabras, sino algo peor: pronunció una frase. Parece lo mismo, pero no lo es. Esto dijo Aguirre: “Juan Manuel Moreno no ha sido capaz de superar el estigma de su nombramiento a dedo”. Sus palabras no solo tenían veneno o, incluso se si quiere, hipocresía. Tenían algo más: tenían rotundidad, ritmo, precisión, sonoridad: no eran solo palabras, eran una frase. Una frase con forma de bala dirigida directamente al esternón de Moreno, pero disparada con el gesto distraído de quien lanza su último dardo en una partida intrascendente que le da igual perder o ganar. Juan Manuel herido de muerte y Esperanza yendo a otra cosa, mariposa. Los árabes de Al Ándalus decían que nunca se debe abofetear a un moribundo, pero Aguirre ni es árabe ni es, gracias a Dios, de Al Ándalus ni tiene tiempo para detenerse a mirar si sus frases hieren o matan a alguno de los suyos. De ahí que la presidenta del PP de Madrid, Reina del Desahogo, Emperatriz del Desparpajo, añadiera con su propia persona un último escalón a la célebre frase atribuida a Giulio Andreotti según la cual en esta vida “hay amigos íntimos, amigos, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales y... compañeros de partido”. En el PP de Andalucía deben de pensar justamente eso: que en el índice de peligrosidad ideado por el también inverosímil Andreotti, después de compañeros de partido viene otra cosa. Una cosa llamada Esperanza Aguirre, un fenómeno de la naturaleza, un prodigio de la democracia, una Nietzsche castiza...