Su historia golpea la conciencia. Tantas veces le han dicho que está loca que empieza a creérselo. Desde niña supo que su destino era ayudar a los demás. Se preparó para ello como voluntaria. El momento llegó tras un viaje a Lourdes, después de compartir tiempo y espacio con la gente sin techo y con SIDA.

Al regresar, ella volvía a su realidad de azafata de tierra de Iberia. Sus improvisados compañeros de viaje, a la calle. Dedicó un tiempo cada día a ofrecerles algo de comer y poco después decidió ir más allá.

Un piso para indigentes
Alquiló un piso para darles cobijo. Fue misión casi imposible porque “nadie quiere arrendar su casa para eso”. Al final lo logró en el madrileño barrio de Salamanca. Superado este obstáculo, llegaron más: constituirse como asociación, permisos, inspecciones... “hasta 56 me hicieron”.

Dejó su “cómoda vida” y empezó a compartir techo con hombres con historias estremecedoras. De la realidad del aeropuerto, al día a a día de su nueva casa 'especial'.

Afrontando el rechazo
No extraña el rechazo a una decisión de este calibre. A Gloria muchos le dieron la espalda, aunque siendo justos, fueron más los que sí lo aceptaron. Para su familia tampoco fue fácil, pero “lo comprendieron y me ayudaron mucho”. Eso sí, lo vivieron con miedo. Habla en pasado porque ya no están junto a ella. Su madre falleció de un infarto y, en el fondo, todavía se pregunta si ese temor le pasó factura.

Durante cinco años atendió sin descanso a toxicómanos, alcohólicos, desahuciados, gente con 'la condicional'. Llegaban -y llegan- a su casa por el boca a boca de trabajadores sociales, los centros médicos…



El cuchillo en el cuello
“Fueron momentos muy difíciles”, recuerda. “Al principio la gente entraba y salía con frecuencia. No había arraigo y hasta que pasaron tres o cuatro años, no consideraron que aquella era su casa”.

En ese tiempo, Gloria vivió episodios dramáticos.“Tuve un gran fallo al creer que podía tener la metadona en casa y cuando los toxicómanos están de 'mono' no respetan nada”. Dos veces tuvo el cuchillo en el cuello. “Desde ese momento impuse la condición de que entrasen limpios”. Con el tiempo las cosas mejoraron.

Del alquilrer a la soga de la hipoteca
Cuando venció el alquiler del primer piso, retomó la ardua tarea de encontrar otro. Todo eran dificultades y, tras hipotecarlo todo, decidió comprar. Necesitó cinco avales pero seis años después se vio obligada a mal vender para sobrevivir. “El dinero que perdí no está escrito”.

Volver a empezar
Y vuelta al origen, es decir, al alquiler. Para salir adelante montó un rastrillo para rehabilitar muebles viejos y revenderlos, una actividad que también le provocó un disgusto importante. Una mujer que adquirió un mueble quiso devolverlo al cabo de meses. Gloria se negó y pagó las consecuencias. “La señora pertenecía al Ayuntamiento de Madrid; enviaron una inspección y me instaron a hacer una reforma que costaba 30.000 euros”. Otra sentencia de muerte.

Se vio obligada a cambiar de local al que tiene en la actualiad, situado en la calle Batalla del Salado 46.

180 hijos, 180 historias
Desde que inició esta historia en el año 2000, 180 hombres han recibido cuidados de una mujer cuyo coraje compite con su generosidad. Algunos han muerto, otros han rehecho sus vidas y hay quien, incluso, aún sigue a su lado.

Es la razón por la que no ha tirado la toalla, a pesar de las dificultades, también de salud – ha sufrido cinco anginas de pecho- porque “tú no abandonarías a un familiar por muy enfermo que estuviera”. A Antonio lo llevaron a morir a su casa hace 15 años. Sigue con ella porque revivió, se sacó el graduado y consiguió un trabajo. A Fede lo recogió de los cartones hace nueve años. “Era alcohólico y estaba sentenciado a morir”. No ha vuelto a beber.

Momentos difíciles
Ellos son la razón de su lucha pese a estar atravesando el “momento más difícil”. Necesita 6.000 euros cada mes para cubrir gastos. Sobrevive gracias a su sueldo de prejubilada y a donaciones particulares que “han descendido mucho con la crisis”. Muy pocas veces ha accedido a alguna subvención. Se siente “muy defraudada” con la administración, pero no se arrepiente de nada, solo de la injusticia.