Las vacaciones de verano suelen asociarse con el descanso, los viajes y la desconexión de las obligaciones escolares. Sin embargo, para millones de niños también representan una oportunidad única para recuperar algo que durante gran parte del curso queda relegado a un segundo plano: el movimiento. Tras meses marcados por las clases, los deberes y el tiempo frente a las pantallas, el verano ofrece un escenario ideal para volver a correr, saltar, nadar o jugar al aire libre. Y ese cambio puede tener efectos mucho más profundos de lo que parece a simple vista.
En una época en la que preocupan cada vez más problemas como la ansiedad infantil, las dificultades de concentración o el exceso de tiempo sedentario, los especialistas recuerdan que muchas de las herramientas más eficaces para favorecer el bienestar de los menores son también las más sencillas. La actividad física regular no solo contribuye a mantener un peso saludable o a fortalecer músculos y huesos. También desempeña un papel fundamental en el equilibrio emocional, la calidad del sueño y el desarrollo psicológico de los niños.
Diversos estudios científicos han demostrado que el ejercicio influye directamente sobre el funcionamiento cerebral, la regulación de las emociones y la capacidad para afrontar situaciones de estrés. Por eso, cada vez más expertos consideran que fomentar un estilo de vida activo desde la infancia es una de las mejores inversiones posibles en salud física, salud mental y calidad de vida futura. Lejos de ser una simple actividad de ocio, correr, montar en bicicleta o jugar al aire libre puede convertirse en una auténtica terapia natural para los más pequeños.
El movimiento, un aliado natural contra el estrés y la ansiedad
La infancia no está exenta de preocupaciones. Aunque muchas veces se asocie esta etapa con la despreocupación y el juego, los niños también experimentan situaciones de estrés, frustración, nerviosismo o dificultades para gestionar sus emociones. A ello se suman factores cada vez más presentes en la sociedad actual, como la sobreestimulación digital, los horarios exigentes o la reducción del tiempo de juego espontáneo al aire libre.
En este contexto, la actividad física emerge como una herramienta especialmente valiosa para ayudar a los menores a encontrar un mayor equilibrio emocional. La práctica regular de ejercicio permite canalizar energía, reducir tensiones acumuladas y favorecer una mejor gestión de las emociones cotidianas.
La Dra. Belén Zalba Altinier, cardiologa pediátrica especialista del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario General de Villalba, destaca precisamente este papel del ejercicio en el bienestar psicológico de los menores. Según explica, “la actividad física actúa como una herramienta muy potente de regulación emocional y de la conducta”.
La especialista señala además que “muchos niños con impulsividad, irritabilidad o hiperactividad mejoran claramente cuando realizan actividad física diaria”. Se trata de una realidad que muchas familias observan en su día a día: después de correr, jugar o practicar deporte, los niños suelen mostrarse más tranquilos, más receptivos y con una mayor capacidad para gestionar situaciones que antes podían generar conflictos o enfados.
Más allá de la sensación subjetiva de bienestar, existe una explicación fisiológica detrás de estos cambios. Tal y como apunta la pediatra, “a nivel fisiológico, el movimiento permite canalizar tensión y ansiedad de una forma saludable”. De esta manera, el ejercicio se convierte en una vía natural para descargar energía y favorecer el equilibrio emocional sin necesidad de recurrir a estímulos externos.
La Dra. Belén Zalba Altinier, cardióloga pediátrica del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario General de Villalba
Qué ocurre en el cerebro de un niño cuando corre, nada o juega
Los beneficios emocionales del deporte tienen una sólida base biológica. Durante la actividad física se producen numerosos cambios en el organismo que repercuten directamente sobre el cerebro y sobre el estado de ánimo.
Cuando un niño corre detrás de un balón, nada en una piscina o juega durante horas en un parque, su cuerpo pone en marcha una compleja cascada de mecanismos neuroquímicos. Estas respuestas ayudan a mejorar el bienestar, favorecen la concentración y contribuyen a reducir la sensación de estrés.
La Dra. Zalba explica que “durante el ejercicio se liberan sustancias como la dopamina, la serotonina y las endorfinas, relacionadas con la sensación de bienestar y placer”. Estos neurotransmisores participan en múltiples procesos relacionados con el estado de ánimo, la motivación y la regulación emocional.
Además de favorecer sensaciones agradables, la actividad física también contribuye a disminuir los mecanismos asociados al estrés. Según la especialista, durante el proceso de recuperación posterior al ejercicio “disminuyen los niveles de cortisol, la hormona del estrés”.
El resultado final de todos estos cambios es fácilmente observable en el comportamiento de muchos menores. “El resultado es que muchos niños se sienten después más calmados, con mayor capacidad para concentrarse y controlar sus impulsos”, afirma.
Esta relación entre ejercicio y bienestar psicológico está respaldada por numerosos trabajos científicos desarrollados durante los últimos años. De hecho, la especialista recuerda que “la evidencia científica demuestra además que los niños físicamente activos tienen mejores indicadores de salud mental y menor riesgo de ansiedad y síntomas depresivos”.
En una sociedad cada vez más preocupada por la salud mental infantil, estos hallazgos refuerzan la importancia de incorporar el movimiento como una parte habitual de la rutina diaria de los menores.
Pantallas y deporte: dos formas muy distintas de estar tranquilos
Uno de los errores más habituales es confundir silencio con calma. Muchos padres observan que sus hijos permanecen quietos y aparentemente tranquilos mientras utilizan una tablet, juegan con una consola o consumen vídeos en internet. Sin embargo, esa aparente serenidad no siempre refleja lo que está ocurriendo realmente en el cerebro.
La diferencia entre la tranquilidad que genera una pantalla y la que aparece tras la práctica de ejercicio es mucho más profunda de lo que parece. Mientras el cuerpo permanece inmóvil frente a un dispositivo electrónico, la actividad cerebral puede mantenerse en niveles muy elevados.
Como explica la Dra. Zalba, “con las pantallas, el niño puede parecer tranquilo porque está quieto, pero el cerebro sigue muy estimulado”.
La razón es que gran parte de los contenidos digitales están diseñados para captar constantemente la atención mediante estímulos rápidos, recompensas inmediatas y cambios continuos de información. Por ello, la especialista advierte de que “los videojuegos, vídeos o redes activan circuitos de recompensa inmediata y mantienen al cerebro en alerta”.
Esta hiperestimulación puede dificultar posteriormente la capacidad para concentrarse, favorecer la irritabilidad o generar una mayor dependencia de los estímulos externos. En cambio, el ejercicio físico produce un efecto completamente diferente.
“Tras la actividad física se produce una relajación fisiológica real”, señala la pediatra. Es decir, el organismo activa mecanismos naturales que favorecen el descanso, reducen la tensión acumulada y ayudan a recuperar el equilibrio.
La diferencia se aprecia también en las horas posteriores. Según la especialista, “esa sensación de calma posterior al ejercicio se asocia además a una mejor calidad del sueño, mayor estabilidad emocional y mejor capacidad de concentración”.
Por ello, cada vez más expertos recomiendan equilibrar el tiempo dedicado a las pantallas con actividades que impliquen movimiento, especialmente durante los meses de verano, cuando existen más oportunidades para disfrutar del aire libre.
Dormir mejor, concentrarse más y aprender a gestionar la frustración
Los beneficios del deporte no terminan cuando finaliza la actividad física. De hecho, muchas de sus ventajas aparecen precisamente después, en aspectos fundamentales para el desarrollo infantil como el sueño, el aprendizaje o las habilidades sociales.
Dormir bien es una de las bases de una buena salud física y mental. Sin embargo, cada vez más familias detectan problemas relacionados con la conciliación del sueño o con el descanso insuficiente. La actividad física puede desempeñar un papel decisivo en este ámbito al favorecer un cansancio saludable y ayudar a sincronizar los ritmos biológicos.
A ello se suma una mejora de la capacidad de atención y concentración. Después de realizar ejercicio, muchos niños muestran una mayor predisposición para mantener el foco, seguir instrucciones o afrontar tareas que requieren esfuerzo cognitivo.
Pero quizá uno de los beneficios menos conocidos sea su papel como escuela emocional. Los juegos y deportes permiten a los menores enfrentarse a situaciones que forman parte de la vida cotidiana: ganar, perder, esperar turnos, respetar reglas o colaborar con otras personas.
En este sentido, la Dra. Zalba destaca que el deporte enseña competencias fundamentales para el desarrollo emocional. “Además, les enseña habilidades emocionales muy útiles: tolerar la frustración, respetar normas, esperar turnos, trabajar en equipo o asumir pequeñas derrotas”.
Estas experiencias ayudan a construir recursos psicológicos que resultarán valiosos durante toda la vida y que contribuyen a desarrollar una mayor resiliencia frente a los desafíos cotidianos.
El verano, la mejor oportunidad para recuperar el movimiento
Las vacaciones constituyen un momento especialmente favorable para fomentar estos hábitos saludables. Con más tiempo libre y menos obligaciones académicas, los niños disponen de numerosas oportunidades para mantenerse activos sin necesidad de que el ejercicio adopte un formato rígido o competitivo.
La clave no está en convertir cada jornada en una sesión de entrenamiento, sino en recuperar el valor del juego espontáneo y del movimiento cotidiano. Pasear, correr, nadar, montar en bicicleta o jugar con amigos son actividades capaces de aportar enormes beneficios físicos y emocionales.
Por eso, la Dra. Zalba considera que “el verano es una oportunidad excelente para recuperar el movimiento e instaurar hábitos saludables que perduren por el resto de la vida”.
Además, recuerda que no es necesario recurrir a planes complejos para lograrlo. “Lo mejor es aumentar el movimiento de forma progresiva y natural, aprovechando actividades propias de las vacaciones: jugar al aire libre, nadar, montar en bicicleta, caminar o participar en deportes recreativos”.
La llegada del verano también multiplica las oportunidades para que niños y adolescentes se mantengan activos a través de campamentos, actividades al aire libre y competiciones deportivas. Madrid acoge estos días la primera edición de MADCUP Tennis, que se suma a la reciente celebración de MADCUP Football Madrid. Entre ambas competiciones reúnen a más de 14.000 niños y jóvenes procedentes de 60 países que disponen del apoyo de Quirónsalud como proveedor médico de salud, reflejando el creciente protagonismo del deporte como herramienta de salud física y emocional durante la infancia.
En un momento en el que la salud mental infantil ocupa cada vez más espacio en el debate social, recuperar el movimiento puede ser una de las medidas más sencillas y eficaces al alcance de las familias. Porque, a veces, la mejor terapia para un niño no se encuentra en una consulta ni llega en forma de medicamento. Puede estar esperando en una piscina, en un parque, en una bicicleta o en cualquier lugar donde exista espacio para correr, jugar y disfrutar. Al fin y al cabo, pocas fórmulas resultan tan eficaces para alcanzar una mente en calma, mejorar el bienestar emocional y construir una infancia más saludable como un cuerpo que tiene la oportunidad de moverse libremente.
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