Pepe Viyuela es mucho más que esa figura entrañable que nos ha hecho reír en la gran pantalla o a través de la televisión. En Pepe habita el payaso, el poeta, un actor de raza y, sobre todo, un activista con una conciencia social inquebrantable. Vinculado históricamente al sindicalismo y a causas internacionales, Viyuela ha visto cómo el espacio para la disidencia y la humanidad se ha ido estrechando bajo el peso de la mercantilización y la persecución ideológica. En esta entrevista, analizamos el retroceso de las libertades, el deterioro de la televisión y la criminalización de la solidaridad.
Pregunta: Has estado siempre en primera línea con Payasos Sin Fronteras. ¿Sería posible hoy realizar esa labor en lugares como Palestina?
Respuesta: Ahora mismo es prácticamente imposible. Cualquier organización que busque apoyar de forma humanitaria al pueblo palestino, aunque sea mediante la risa y el juego, corre el riesgo de ser etiquetada como colaboradora del terrorismo. Hemos llegado a un punto de perversión tal que la ternura y la solidaridad se consideran actividades peligrosas. En Palestina lo que se está viviendo es un intento de borrar no solo la vida, sino cualquier rastro de dignidad y alegría. La comunidad internacional mira hacia otro lado mientras se criminaliza a quienes intentan llevar un poco de alivio a un escenario de horror absoluto.
P: Tu vínculo con el sindicalismo y la CNT viene de lejos. ¿Qué representa para ti esa herencia familiar en el mundo de hoy?
R: Para mí el sindicalismo es una escuela de dignidad. Mi abuelo estuvo en la CNT y esa conciencia de clase es lo que me ha permitido entender que el arte no puede ser ajeno a la realidad de los trabajadores. El sindicalismo me enseñó que los derechos no se heredan, se conquistan y se defienden cada día. Hoy vivimos una etapa de individualismo feroz donde parece que hablar de sindicatos es algo del pasado, pero es precisamente ahora cuando más falta hace esa organización colectiva frente a la precariedad y el abuso. Sin esa base sindical y social, el artista corre el riesgo de convertirse en un simple adorno del sistema.
P: Vemos a políticos intentando ser graciosos mientras se persigue a cómicos por sus chistes. ¿Existe un intrusismo peligroso en este sentido?
R: Hay un intrusismo patético. Tenemos políticos que intentan dárselas de graciosos sin tener ni puñetera gracia, utilizando el humor para camuflar su falta de propuestas o para insultar de forma sutil. Lo grave es que, mientras ellos juegan a ser bufones, los profesionales de la comedia nos enfrentamos a juicios y acoso por hacer nuestro trabajo. Se está judicializando el humor y la metáfora. Es una paradoja sangrienta: el poder puede burlarse de los ciudadanos, pero el ciudadano no puede utilizar la sátira para criticar al poder. Esa es la frontera que separa una democracia sana de un autoritarismo disfrazado.
P. : Has vivido de cerca el acoso mediático y judicial. ¿Cómo se gestiona esa presión cuando intentan silenciarte?
R: El acoso es una estrategia de agotamiento. No buscan justicia, buscan que te canses, que te sientas solo y que la próxima vez te lo pienses dos veces antes de opinar. Es una forma de censura indirecta muy eficaz. Utilizan los tribunales como altavoces para sus campañas de odio. Lo que sucede es que, cuando uno tiene claras sus convicciones, el miedo se convierte en un motor para seguir adelante. Sabes que si te atacan con tanta saña es porque tus palabras están tocando algún nervio del poder. La clave es no entrar en su juego y seguir defendiendo el espacio de la libertad de expresión, aunque el precio sea alto.
P. : Fuiste testigo del cambio en la televisión con la llegada de las cadenas privadas. ¿Qué se perdió en ese camino?
R: Se perdió el alma de la televisión. Con la irrupción de las privadas, los creativos y los profesionales del medio fueron sustituidos por mercaderes. El único objetivo pasó a ser la rentabilidad inmediata y la caja a través de la publicidad. No importa si el contenido es repugnante o vacuo, lo único que cuenta es que los índices de audiencia justifiquen la inversión publicitaria. Antes la televisión tenía una vocación de servicio público, incluso en las producciones de entretenimiento. Ahora es una maquinaria de consumo que descuida el contenido en favor del beneficio. Fue una oportunidad perdida para mejorar la calidad y el resultado fue un empobrecimiento cultural evidente.
P. : ¿Queda espacio para la esperanza o el arte es ya solo una mercancía más?
R: Siempre queda espacio, pero hay que pelearlo. El arte tiene que seguir siendo ese espejo que nos devuelve una imagen que no siempre nos gusta ver. Si el arte deja de incomodar y de hacernos reflexionar, entonces sí será solo una mercancía. Mi punto de vista es que debemos recuperar la televisión y los escenarios como lugares de encuentro y pensamiento crítico. La risa es un arma de resistencia muy poderosa porque es incontrolable. Por mucho que intenten cercarnos con leyes y censura, la capacidad humana de cuestionar la realidad a través de la creación siempre encontrará una grieta por la que salir. Solo necesitamos no perder la memoria y seguir agrupándonos.
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