Durante años, el reposo fue una de las recomendaciones más habituales para las personas diagnosticadas de cáncer. La idea de conservar fuerzas, limitar la actividad física y reducir el esfuerzo parecía lógica en pacientes que afrontaban cirugías complejas, tratamientos agresivos y largos periodos de fatiga. Sin embargo, la medicina oncológica está cambiando de paradigma y cada vez más especialistas defienden que mantenerse activo antes de una intervención puede convertirse en una herramienta decisiva para mejorar la recuperación. Hoy, conceptos como prehabilitación, masa muscular y ejercicio terapéutico empiezan a formar parte habitual del vocabulario médico.

La evidencia científica acumulada durante los últimos años ha permitido demostrar que la actividad física no solo mejora el estado de ánimo o ayuda a conservar cierta autonomía, sino que también influye directamente en la capacidad del organismo para tolerar tratamientos como la quimioterapia o la radioterapia. Además, diversos estudios han observado que los pacientes físicamente activos presentan una recuperación postoperatoria más rápida y menos complicaciones tras la cirugía. En otras palabras, el ejercicio ha dejado de verse únicamente como un complemento saludable para convertirse en una pieza más dentro del abordaje integral del cáncer.

En paralelo, los hospitales han comenzado a desarrollar programas específicos destinados a preparar físicamente a los pacientes antes de entrar en quirófano. Estos programas buscan mejorar la capacidad funcional, reforzar la fuerza muscular y reducir el impacto del deterioro físico asociado tanto a la enfermedad como a los tratamientos. El objetivo no es transformar al paciente en un deportista, sino conseguir que llegue a la intervención en las mejores condiciones posibles y con mayor capacidad de recuperación posterior.

El ejercicio físico entra en el tratamiento del cáncer

Cada vez más centros sanitarios incorporan programas de prehabilitación oncológica dirigidos a pacientes que van a someterse a una cirugía. El planteamiento consiste en intervenir desde fases muy tempranas del diagnóstico para mejorar la condición física y funcional del paciente antes de afrontar una operación de gran impacto. Este enfoque combina ejercicio físico supervisado, control nutricional y seguimiento médico individualizado.

En este contexto trabajan Carolina Blas Carracedo, especialista en Medicina Interna del Hospital Universitario Rey Juan Carlos, y Miguel Aganzo Yeves, nutricionista y doctor en Biociencias Moleculares también en el hospital madrileño, quienes participan en un programa centrado en mejorar el estado físico de pacientes oncológicos antes de la cirugía.

Los especialistas explican que “la prehabilitación se inicia desde el momento en que el paciente es diagnosticado y presentado en comité de tumores, en todos aquellos casos candidatos a cirugía o a tratamientos neoadyuvantes con intención quirúrgica posterior”, señala Blas Carracedo. Este adelanto en la intervención permite actuar precozmente sobre aspectos como la pérdida de masa muscular, el deterioro físico o el sedentarismo, factores que pueden condicionar tanto la cirugía como la recuperación posterior.

El programa comienza con una valoración individualizada en consulta en la que se analiza la situación clínica y la capacidad funcional de cada paciente. A partir de ahí se diseña una prescripción de ejercicio adaptada a las necesidades reales de cada persona. La intervención puede desarrollarse en el domicilio, en centros especializados o incluso en el hospital en aquellos casos que requieren mayor supervisión médica. El objetivo, explican los expertos, es garantizar una práctica segura, adaptada y accesible para cualquier perfil de paciente.

Para los especialistas, la actividad física ya no puede considerarse un mero complemento. “El ejercicio físico es una herramienta terapéutica tan importante como los tratamientos médicos y el soporte nutricional”, señala el doctor Aganzo Yeves. La idea supone un importante cambio cultural dentro de la oncología, donde durante años predominó una visión mucho más conservadora respecto al esfuerzo físico de los pacientes.

Por qué el músculo puede cambiar el pronóstico de un paciente

Uno de los conceptos que más relevancia ha ganado en los últimos años es el de la sarcopenia, es decir, la pérdida de masa muscular asociada a determinadas enfermedades o al envejecimiento. En oncología, esta situación puede tener consecuencias especialmente importantes porque afecta directamente a la capacidad del organismo para soportar tratamientos agresivos y recuperarse tras una cirugía.

La pérdida muscular es frecuente en muchos pacientes con cáncer debido a factores como la inflamación, la disminución del apetito, la fatiga o el propio impacto metabólico de la enfermedad. Además, el sedentarismo y los tratamientos oncológicos pueden acelerar todavía más este deterioro físico. Por eso, preservar el músculo se ha convertido en una prioridad médica.


La doctora Carolina Blas Carracedo y el doctor Miguel Aganzo Yeves, del Hospital Univeristario Rey Juan Carlos
 

Según explica el doctor Aganzo Yeves, “los pacientes con mayor pérdida muscular —lo que conocemos como sarcopenia— presentan más complicaciones quirúrgicas, peor tolerancia a la quimioterapia y radioterapia, más ingresos hospitalarios y una recuperación más lenta”. Esta relación ha hecho que los especialistas comiencen a considerar la masa muscular como un marcador pronóstico de enorme valor clínico.

Los expertos subrayan además que “mantener una buena masa muscular se asocia a una mejor capacidad para afrontar los tratamientos, menor toxicidad, menos infecciones y una recuperación funcional más rápida”. La fortaleza física deja así de interpretarse únicamente como una cuestión estética o deportiva para adquirir un significado mucho más profundo dentro de la medicina oncológica.

De hecho, la doctora Blas Carracedo afirma que “el músculo no es solo una cuestión de fuerza física: hoy sabemos que es un auténtico marcador de reserva fisiológica y capacidad de recuperación frente al cáncer y sus tratamientos”. En otras palabras, disponer de una mejor condición muscular puede ofrecer al paciente más herramientas biológicas para afrontar el estrés que supone una cirugía o un tratamiento intensivo.

Qué ejercicios hacen los pacientes antes de operarse

Aunque pueda parecer lo contrario, los programas de prehabilitación no están diseñados para exigir grandes esfuerzos físicos ni entrenamientos extremos. La clave reside en adaptar el ejercicio a la situación clínica, edad y capacidad funcional de cada persona. El objetivo es combatir el sedentarismo y mejorar progresivamente la resistencia y la fuerza.

Los programas suelen combinar trabajo de fuerza muscular con ejercicio aeróbico moderado. Actividades como caminar a paso rápido, montar en bicicleta estática o utilizar cinta de andar forman parte habitual de estas rutinas. A ello se suman ejercicios destinados a reforzar la musculatura, especialmente importante para prevenir la pérdida funcional asociada al cáncer.

La intensidad y duración de los entrenamientos se ajustan de manera individualizada. Los especialistas recuerdan que “lo ideal es iniciar la prehabilitación entre 2 y 4 semanas antes de la cirugía, aunque incluso periodos más cortos pueden aportar beneficios”. En aquellos pacientes que reciben tratamientos previos a la operación, como quimioterapia o radioterapia, el programa puede mantenerse durante todo el proceso.

Además, los resultados pueden empezar a apreciarse en poco tiempo. Los especialistas del hospital mostoleño destacan que “hemos observado mejoría en la fuerza y la resistencia de los pacientes en tan solo 15 días de ejercicio supervisado”. Esta rápida respuesta ayuda también a reforzar la motivación de muchos pacientes, que perciben una mayor autonomía física antes de entrar en quirófano.

Lejos de la imagen del entrenamiento intenso, los expertos insisten en que “no se trata de realizar deporte de alta intensidad, sino de evitar el sedentarismo y mantenerse en movimiento de forma segura y adaptada”. El mensaje es especialmente importante porque muchos pacientes todavía mantienen el miedo a que el ejercicio pueda empeorar su estado físico o interferir con el tratamiento.

Menos complicaciones y recuperaciones más rápidas

Los beneficios del ejercicio físico antes de una cirugía no se limitan únicamente a la mejora de la condición física. Diversos estudios han demostrado que la actividad física también puede reducir complicaciones postoperatorias, favorecer recuperaciones más rápidas y mejorar la tolerancia a los tratamientos oncológicos.

Los especialistas del Hospital Universitario Rey Juan Carlos explican que “la evidencia científica demuestra que los pacientes físicamente activos presentan menos complicaciones postquirúrgicas y una recuperación más rápida tras la cirugía”. Este aspecto resulta especialmente importante porque permite reiniciar antes otros tratamientos necesarios después de la operación, como la quimioterapia o la radioterapia adyuvante.

El ejercicio también ayuda a reducir la fatiga, uno de los síntomas más frecuentes y limitantes en pacientes con cáncer. Muchas personas experimentan un importante deterioro funcional durante el tratamiento, con pérdida de autonomía para realizar actividades cotidianas. Mantener cierta actividad física puede ayudar a conservar independencia y mejorar la calidad de vida durante el proceso.

Además, la doctora Blas Carracedo que “el ejercicio físico actúa como una auténtica ‘medicación no farmacológica’ en oncología”. Esta definición resume el creciente papel que la actividad física está adquiriendo dentro del tratamiento integral del cáncer. El movimiento ya no se considera únicamente un hábito saludable, sino una herramienta terapéutica capaz de influir en la evolución clínica del paciente.

Actualmente, los responsables del programa continúan recopilando datos para analizar con mayor precisión el impacto de estas intervenciones sobre variables como la duración de las estancias hospitalarias, las complicaciones postoperatorias o la recuperación funcional tras la cirugía. Todo apunta, sin embargo, a que la prehabilitación seguirá ganando protagonismo en los próximos años.

Romper el mito del reposo absoluto

Uno de los grandes retos sigue siendo desmontar la idea de que el paciente con cáncer debe permanecer en reposo permanente. Aunque el descanso es importante en determinados momentos del tratamiento, los especialistas insisten en que el sedentarismo prolongado puede empeorar el deterioro físico y favorecer la pérdida muscular.

La recomendación actual pasa por adaptar la actividad física a las posibilidades de cada persona y mantener un movimiento regular siempre que la situación clínica lo permita. Incluso pequeños gestos cotidianos pueden marcar diferencias relevantes en términos de fuerza, autonomía y recuperación.

“El mensaje principal es que mantenerse activo, dentro de las posibilidades de cada persona, forma parte del tratamiento”, señala Aganzo Yeves. La afirmación refleja el profundo cambio de visión que está experimentando la oncología moderna respecto al ejercicio físico.

Los especialistas concluyen recordando que “cada pequeño avance puede marcar una diferencia importante en la evolución del paciente”. Una idea que resume perfectamente el nuevo enfoque de la medicina oncológica: preparar el cuerpo para afrontar mejor la enfermedad, reforzar la capacidad de recuperación y entender que, en muchos casos, moverse también forma parte de curarse.

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