Más de 35.000 personas reunidas en el estadio Metropolitano de Madrid no son solo una imagen llamativa de un fin de semana. Son también la fotografía de un fenómeno que lleva años creciendo en España de forma discreta, territorial y desigual: el avance del evangelismo en una sociedad cada vez menos identificada con el catolicismo tradicional, pero no necesariamente vaciada de religión. El evento The Change Madrid 2026, celebrado el sábado 2 de mayo, combinó música, testimonios, predicación y estética de macroconcierto ante decenas de miles de asistentes. Pantallas, manos alzadas, cantos colectivos y un lenguaje emocional mostraron que el evangelismo ya no se mueve solo en pequeños locales de barrio, sino que empieza a ocupar espacios masivos de visibilidad pública.
Entre los rostros más mediáticos estuvo Dani Alves, exfutbolista del FC Barcelona, que intervino ante el público con un testimonio de conversión religiosa y referencias a su paso por prisión. Su presencia añadió otra capa al fenómeno: la capacidad de este tipo de eventos para transformar experiencias personales controvertidas en relatos públicos de caída, redención y salvación. “Sé que ustedes saben que yo estuve detenido. Cuarenta años, precisamente, pero en la cárcel, Cristo me ha hecho libre”, llegó a decir el lateral.
🙏 Miles de cristianos evangélicos se reúnen en el Metropolitano de Madrid: "España, tu tiempo ha llegado"
— El Periódico de España (@ElPeriodico_Esp) May 3, 2026
🗣️ Dani Alves fue uno de los invitados destacados de 'The Change', que reunió a más de 35.000 personas: "En la cárcel Cristo me hizo libre” pic.twitter.com/s9ZZgjqPJy
La pregunta, sin embargo, va más allá del número de asistentes o de la presencia de una figura conocida. ¿Qué hay detrás de ese auge? Reducirlo a una moda religiosa sería simplificarlo. Convertirlo en una amenaza homogénea, también. Bajo la etiqueta de “evangélicos” conviven realidades muy distintas: iglesias históricas protestantes, comunidades pentecostales, redes migrantes, pequeños templos de barrio, grandes organizaciones transnacionales y corrientes neopentecostales con una agenda moral y política mucho más conservadora. Esa diversidad obliga a afinar el análisis: el crecimiento evangélico habla de fe, sí, pero también de migración, comunidad, precariedad, identidad y batalla cultural.
El Metropolitano como fotografía de época
España sigue teniendo una fuerte huella católica, pero el mapa religioso se ha vuelto más plural. Los datos del Observatorio del Pluralismo Religioso, recogidos por medios especializados, apuntan a que en 2025 había 4.763 lugares de culto evangélicos en España. Cataluña lideraba la clasificación con 1.010, seguida de Madrid con 855, Andalucía con 744 y la Comunidad Valenciana con 510. Los espacios católicos continúan siendo ampliamente mayoritarios, con más de 22.000 lugares de culto, pero entre las confesiones minoritarias los evangélicos son ya el grupo con mayor implantación territorial.
Ese crecimiento no se entiende sin mirar a las grandes ciudades y las periferias urbanas. En muchos barrios, las iglesias evangélicas funcionan como espacios de socialización, pertenencia y apoyo cotidiano, especialmente para comunidades migrantes latinoamericanas. No son solo lugares de culto: son redes de contacto, acompañamiento emocional, música, cuidados informales y reconstrucción de vínculos en contextos donde muchas personas llegan con escaso arraigo familiar o institucional.
Ahí está una de las claves del fenómeno. El evangelismo ha sabido ocupar espacios donde otras instituciones han perdido presencia. En zonas marcadas por la precariedad, la soledad o la falta de tejido comunitario, estas iglesias ofrecen un marco de pertenencia fuerte. Pero esa capacidad de organización también plantea preguntas políticas. Cuando una comunidad religiosa acompaña, orienta y estructura parte de la vida cotidiana de miles de personas, su influencia no se limita al domingo ni al templo.
Familia, orden y prosperidad
La reflexión se vuelve más delicada cuando se observa el papel de determinadas corrientes neopentecostales. No todo el evangelismo es neopentecostal, ni todos los creyentes evangélicos comparten una misma visión política. Pero sí existe una rama ultraconservadora que ha ganado fuerza en distintos países y que conecta con un vocabulario muy reconocible: defensa de la familia tradicional, apelación al orden, rechazo a los feminismos, oposición a los derechos LGTBI, discursos contra la llamada “ideología de género” y énfasis en la prosperidad individual.
Esa combinación de religión, neoliberalismo y política reaccionaria no es nueva. La derecha más conservadora siempre ha encontrado en los valores familiares y el orden moral una vía de movilización. La novedad es que el neopentecostalismo ofrece una infraestructura especialmente eficaz para articular esos discursos: líderes carismáticos, comunidad emocional, redes territoriales, presencia en redes sociales, música, estética contemporánea y una interpretación de la vida pública en términos de batalla moral.
En ese marco, la pobreza puede presentarse menos como consecuencia de estructuras económicas injustas y más como un problema de disciplina, fe o esfuerzo personal. El éxito económico aparece como bendición o resultado de una conducta correcta. La política social queda desplazada por la promesa de transformación individual. Es ahí donde determinadas corrientes neopentecostales encajan con el imaginario neoliberal: menos conflicto colectivo, más responsabilidad individual; menos derechos compartidos, más salvación personal.
El espejo latinoamericano
América Latina ofrece un espejo útil, aunque no mecánico, para entender por qué este fenómeno interesa cada vez más a la política. En una región históricamente católica, el crecimiento evangélico —especialmente pentecostal y neopentecostal— ha alterado en las últimas décadas el equilibrio religioso y electoral. Su influencia no se limita al culto: muchas iglesias han construido redes territoriales, medios de comunicación, liderazgos comunitarios y presencia cotidiana en barrios populares donde los partidos tradicionales a menudo no llegan. Esa capilaridad ha convertido a determinados sectores evangélicos en actores decisivos en disputas sobre aborto, matrimonio igualitario, educación sexual, derechos LGTBI, seguridad, orden público y familia. No se trata de un bloque homogéneo ni de un voto automático, pero sí de un espacio social que la derecha latinoamericana ha aprendido a cortejar con eficacia.
En varios países, el discurso de los “valores” ha servido como puente entre religión y proyectos políticos conservadores. La defensa de la familia tradicional, el rechazo a la llamada “ideología de género” y la promesa de orden frente a la inseguridad han permitido a líderes de derechas presentarse como diques frente a un supuesto desorden moral asociado al progresismo. Ahí el neopentecostalismo más conservador ha tenido un papel singular: combina emoción religiosa, liderazgo carismático, comunidad organizada y una lectura individualista del éxito que encaja con discursos neoliberales. El resultado no es simplemente una religión que vota, sino una infraestructura moral capaz de orientar debates públicos y reforzar candidaturas reaccionarias.
Brasil es el caso más evidente. Allí, el voto evangélico se convirtió en una pieza central de las victorias y derrotas recientes. La revista Nueva Sociedad resume el ciclo electoral brasileño señalando que el voto evangélico conservador fue clave para el triunfo de Jair Bolsonaro en 2018, mientras que el apoyo de católicos y personas sin religión resultó determinante en la ajustada victoria de Lula da Silva en 2022. Bolsonaro entendió antes que otros líderes la potencia política de ese electorado: su lema —“Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”— condensaba el vínculo entre nacionalismo, religión y orden. El bolsonarismo no inventó la presencia evangélica en la política brasileña, pero la integró de lleno en su proyecto, apoyándose en pastores, iglesias, canales de televisión, redes sociales y grupos de mensajería como instrumentos de movilización y legitimación.
Chile ofrece otro ejemplo, aunque con matices. El voto evangélico no opera como un bloque monolítico, pero ha sido observado con creciente atención por las campañas. En la carrera presidencial chilena de 2025, distintos análisis señalaban que cerca de dos millones de evangélicos podían votar y que una mayoría se inclinaba por José Antonio Kast, aunque los expertos advertían de que ya no podía hablarse de un voto completamente cerrado ni automático. Kast, representante de una derecha dura basada en seguridad, orden, familia y rechazo al progresismo cultural, encontró en sectores evangélicos un terreno fértil. No porque todos compartieran su proyecto, sino porque parte de su discurso conectaba con preocupaciones morales presentes en determinadas iglesias: familia tradicional, autoridad, inseguridad, educación y resistencia a los avances feministas y LGTBI.
El antecedente más influyente sigue estando en Estados Unidos. Allí, la alianza entre la derecha republicana y los evangélicos blancos lleva décadas articulando una parte sustancial de la política conservadora, desde el aborto hasta la educación, pasando por la familia, la libertad religiosa o los derechos LGTBI. Donald Trump consolidó esa relación pese a no encajar en el perfil tradicional de líder religioso: su utilidad política para la derecha cristiana estuvo en su promesa de poder, jueces conservadores y guerra cultural. En 2024, el Pew Research Center situó el apoyo a Trump entre los protestantes evangélicos blancos registrados en el 82%, y PRRI recogió que más de ocho de cada diez evangélicos blancos votaron por él según sondeos a pie de urna. La lección estadounidense es clara: una comunidad religiosa organizada puede convertirse en columna vertebral de un proyecto conservador cuando sus prioridades morales encuentran traducción institucional.

España no es Brasil, pero mira el mismo fenómeno
España no está en el punto de Brasil, Chile o Estados Unidos. No existe todavía un “voto evangélico” compacto, ni una bancada religiosa comparable, ni una traducción electoral directa de cada templo. Además, el protestantismo español tiene una historia propia y una pluralidad que conviene respetar. Pero sería ingenuo no observar el crecimiento de estas comunidades y la atención que pueden despertar en una derecha que busca nuevos lenguajes de arraigo popular. España no es ajena a la expansión del evangelismo pentecostal y neopentecostal, aunque su peso sea todavía mucho menor.
Las dinámicas migratorias, especialmente desde Latinoamérica, han transformado desde hace décadas el paisaje religioso de grandes ciudades como Madrid y Barcelona, pero también de regiones como Murcia. Tal y como documentó 'El Salto' en un extenso reportaje, en esos territorios, las iglesias evangélicas no solo han crecido en número: han empezado a adquirir una presencia social que ya no pasa inadvertida para los partidos. Ese crecimiento tampoco ha pasado desapercibido para el PP de Madrid. Durante la precampaña de las elecciones municipales y autonómicas de 2023, distintos dirigentes populares participaron en actos y encuentros con pastores y comunidades evangélicas para acercarse a fieles de origen migrante y a sus redes sociales. José Luis Martínez-Almeida, Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo coincidieron en esa estrategia de aproximación a un espacio religioso emergente, con capacidad de arraigo en barrios y comunidades latinoamericanas.
Uno de los actos más significativos tuvo lugar en Usera bajo el lema “Europa es Hispania”, donde dirigentes del PP aparecieron junto a Yadira Maestre, predicadora y fundadora del centro Cristo Viene, considerada una figura clave del pentecostalismo en España. Años antes, Ayuso había creado la Secretaría de Nuevos Madrileños y situó al frente al venezolano Gustavo Eustache, hoy diputado en la Asamblea de Madrid y bien conectado con pastores evangélicos de la región. El propio PP madrileño ha llegado a definir a Maestre como una figura “aglutinadora” de las iglesias evangélicas de la Comunidad de Madrid.
El caso más avanzado, sin embargo, se encuentra en la Región de Murcia. Allí, con más de un centenar de iglesias evangélicas registradas y una población latinoamericana con derecho a voto cada vez más relevante, las congregaciones pentecostales han adquirido un potencial de movilización que el PP regional ha sabido leer. En municipios como Lorca o Torre Pacheco, muchas iglesias han crecido en antiguas naves industriales y bajos comerciales, articulando discursos sobre familia, moral, valores conservadores y rechazo a la llamada “ideología de género”, un marco que encaja con buena parte del ideario tradicionalista de la derecha. Murcia funciona así como laboratorio de una posible politización más organizada del evangelismo en España.
El presidente regional, Fernando López Miras, mantiene desde hace años una relación estrecha con Ángel Zapata, presidente del Consejo Evangélico de Murcia, vínculo que se ha traducido en acuerdos como la enseñanza de religión evangélica en los colegios. España todavía no cuenta con un bloque evangélico homogéneo ni políticamente alineado como ocurre en Brasil o Estados Unidos, y sus comunidades son diversas en origen, tamaño y trayectoria. Pero partidos como el PP ya observan este espacio como un actor con capacidad de movilización, legitimación y amplificación de mensajes conservadores. El lleno del Metropolitano no convierte al evangelismo español en una fuerza política organizada, pero sí confirma que su presencia pública ha entrado en una nueva fase.
El pluralismo religioso forma parte de cualquier democracia madura. Pero precisamente por eso conviene observar con rigor cómo crecen, se organizan y se politizan algunos espacios de fe. La libertad religiosa no está en cuestión; lo que sí merece debate es el uso de determinadas plataformas religiosas para erosionar derechos civiles, alimentar discursos contra el feminismo o convertir la diversidad sexual en enemigo político. España aún no tiene un voto evangélico articulado, pero sí empieza a ver cómo determinadas corrientes religiosas entran en el tablero de la disputa cultural.
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