Cada 1 de diciembre se conmemora el Día Mundial del Sida, una cita que sigue siendo necesaria pese a los grandes avances alcanzados en las últimas décadas. Gracias a la investigación y al desarrollo de tratamientos antirretrovirales, el VIH ha dejado de ser una sentencia de muerte para convertirse en una infección crónica con la que hoy se puede vivir de forma larga y saludable.
Sin embargo, esta transformación clínica ha ido acompañada de un fenómeno paradójico: la falsa sensación de seguridad. A pesar de los logros médicos, en España se siguen diagnosticando más de 3.000 nuevos casos cada año, y en muchos de ellos la detección llega tarde, cuando el virus ya ha dañado el sistema inmunológico.
Esa demora en el diagnóstico tiene consecuencias sanitarias y sociales. Detectar a tiempo permite frenar la transmisión y evitar complicaciones, pero muchos afectados no se realizan la prueba hasta años después de la infección. Las razones son diversas, pero se repiten: ausencia de síntomas, baja percepción del riesgo y, sobre todo, persistencia del estigma. Para cambiar esta realidad, los expertos insisten en la necesidad de normalizar la prueba del VIH como parte de los controles rutinarios de salud sexual.
“El diagnóstico precoz es fundamental. Detectar la infección cuanto antes permite iniciar el tratamiento de forma temprana, lo que mejora el pronóstico, evita complicaciones y corta la cadena de transmisión”, explica la Dra. Elia Asensi Díaz, especialista del Servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, centro integrado en el servicio público madrileño de salud (SERMAS).
La situación, según los últimos datos del Ministerio de Sanidad y del Instituto de Salud Carlos III, no ha cambiado demasiado en los últimos años. La transmisión sexual sigue siendo la vía principal y, aunque la tendencia general es ligeramente descendente, los casos tardíos se mantienen preocupantemente altos. “En España casi la mitad de los nuevos diagnósticos se realizan de forma tardía, es decir, cuando el sistema inmunitario ya está afectado”, señala la doctora.
El virus que no avisa
Uno de los principales enemigos en esta lucha es la falta de síntomas. El VIH puede permanecer en el organismo durante años sin manifestarse, lo que lleva a muchas personas a no sospechar que están infectadas. No tener molestias no significa estar libre del virus, y eso retrasa el acceso a los tratamientos y aumenta el riesgo de transmisión.
“Entre las causas se encuentran la baja percepción de riesgo, que la infección puede cursar asintomática durante años, y la persistencia del estigma, que aún dificulta que algunas personas soliciten la prueba con naturalidad”, advierte la especialista.
En muchos casos, la prueba solo se ofrece cuando el paciente presenta algún otro problema de salud o solicita expresamente el análisis. Por eso, los especialistas reclaman una estrategia proactiva y accesible, que integre el test del VIH en distintos niveles del sistema sanitario, desde Atención Primaria hasta las farmacias.
“Es importante normalizar la prueba del VIH como parte de los controles de salud sexual, en Atención Primaria, Urgencias o farmacias, y reducir el estigma asociado a su diagnóstico”, afirma Asensi. “Cuanto antes se detecta, antes se trata, y mejor es el pronóstico tanto individual como colectivo.”
El estigma sigue vivo
Aunque el VIH se puede tratar con eficacia y las personas con carga viral indetectable no transmiten el virus, los prejuicios persisten. El miedo social y la desinformación siguen generando actitudes discriminatorias, especialmente en entornos laborales o afectivos.
“El estigma sigue siendo uno de los principales desafíos en el abordaje del VIH”, reconoce la doctora de la Fundación Jiménez Díaz. “A pesar de los avances médicos y sociales, persisten el miedo y el desconocimiento en la población general, lo que puede contribuir a actitudes discriminatorias y a que las personas con VIH mantengan su diagnóstico en el ámbito privado.”
Esta situación tiene consecuencias tangibles: muchas personas no se hacen la prueba por temor a ser juzgadas. Esto retrasa el tratamiento, empeora el pronóstico y perpetúa la transmisión. El VIH, en este sentido, sigue siendo una infección social tanto como biológica.
“Este estigma tiene consecuencias reales: dificulta que algunas personas se hagan la prueba, retrasa el diagnóstico y afecta a la salud emocional y a la calidad de vida de quienes viven con VIH”, advierte la doctora. “Combatirlo requiere información veraz, educación y un lenguaje no estigmatizante. Mensajes como el de ‘indetectable = intransmisible (I=I)’ son fundamentales para desmontar mitos y recordar que las personas con VIH en tratamiento no suponen un riesgo para los demás.”
Una prevención que funciona
Frente a esta realidad, los profesionales recuerdan que hoy existen herramientas muy eficaces para evitar la infección. La llamada “prevención combinada” integra el uso del preservativo, la PrEP (profilaxis preexposición), la PEP (posexposición) y el tratamiento como prevención.
“La prevención del VIH se basa hoy en una estrategia combinada, que integra distintas herramientas que se complementan entre sí. El preservativo sigue siendo una medida eficaz y accesible, pero no la única”, explica la doctora Asensi. “La PrEP es un método muy eficaz y seguro cuando se utiliza correctamente, y en España está financiada a través del sistema sanitario público para las personas con mayor riesgo de adquirir la infección.”
Estas opciones permiten que las personas con mayor vulnerabilidad puedan protegerse incluso antes de una posible exposición. Y en caso de que haya contacto con el virus, la PEP puede frenar la infección si se inicia dentro de las primeras 72 horas. La clave, nuevamente, es el tiempo.
Vivir con VIH: una enfermedad crónica bien controlada
Hoy en día, el VIH se gestiona como otras enfermedades crónicas. Gracias a los tratamientos actuales, la carga viral puede mantenerse indetectable durante años, lo que no solo evita la transmisión sino que permite conservar en buen estado el sistema inmunitario. No obstante, requiere constancia.
“Aunque el VIH ya no sea una enfermedad letal, sigue siendo una infección crónica que requiere tratamiento de por vida y controles médicos regulares. Con la medicación adecuada, la carga viral se vuelve indetectable y el sistema inmunitario se mantiene en buen estado, pero es importante no abandonar nunca el tratamiento", explica la doctora.
El abordaje del VIH implica mucho más que la toma diaria de medicación. Los pacientes necesitan una atención médica integral que contemple su salud general, desde el corazón hasta el estado emocional. “Hoy el VIH se maneja como otras enfermedades crónicas, con revisiones periódicas y una atención integral orientada a la salud a largo plazo. Esto incluye vigilar aspectos como el riesgo cardiovascular, los cambios metabólicos, la salud ósea o el bienestar emocional, especialmente a medida que las personas con VIH van envejeciendo", señala la especialista de la Fundación Jiménez Díaz.
“Los tratamientos actuales son muy eficaces, seguros y cada vez más cómodos, pero la adherencia sigue siendo esencial. Por eso, más allá de los fármacos, es fundamental ofrecer acompañamiento médico y apoyo integral, que ayuden a las personas con VIH a mantener una buena calidad de vida y a vivir con normalidad", subraya la doctora Asensi.
Comorbilidades: un reto más allá del virus
Aunque el VIH puede mantenerse bajo control con tratamiento, los pacientes deben vigilar otras complicaciones asociadas. Incluso con carga viral indetectable, el sistema inmune no siempre se recupera por completo, lo que facilita la reactivación de virus latentes y aumenta el riesgo de ciertos cánceres. Además, el riesgo cardiovascular es el doble que en la población general, lo que obliga a un seguimiento estricto. Como recuerda la Dra. Asensi, “detectar la infección cuanto antes permite iniciar el tratamiento de forma temprana, lo que mejora el pronóstico, evita complicaciones y corta la cadena de transmisión”.
En las mujeres con VIH, destaca la infección por el Virus del Papiloma Humano (VPH), ya que no tiene tratamiento directo y requiere una buena respuesta inmune. En el embarazo, si la carga viral es indetectable, puede plantearse un parto vaginal; si no, se opta por cesárea con medicación preventiva.
Más allá de lo clínico, persiste un peso emocional. “El estigma sigue siendo uno de los principales desafíos en el abordaje del VIH”, señala Asensi, quien subraya que “persisten el miedo y el desconocimiento en la población general”. Por eso, mensajes como “indetectable = intransmisible” son clave “para desmontar mitos y recordar que las personas con VIH en tratamiento no suponen un riesgo para los demás”.
Estudio en marcha sobre envejecimiento y riesgo cardiovascular
Un estudio liderado por investigadores del Instituto de Investigación Sanitaria de la Fundación Jiménez Díaz (IIS-FJD) ha demostrado que la activación inmunitaria residual, presente incluso en pacientes con VIH con carga viral controlada, se asocia con signos de envejecimiento celular y un mayor riesgo cardiovascular. Los hallazgos, publicados en Scientific Reports, refuerzan la importancia de un seguimiento médico integral en estos pacientes.