Sociedad

Cáncer de testículo: la alerta que no duele y que los jóvenes no deberían ignorar

Es el tumor sólido más frecuente entre los 15 y los 35 años y uno de los más curables, pero el primer aviso suele ser un cambio sin dolor que muchos dejan pasar

M. P.
Cáncer de testículo: la alerta que no duele y que los jóvenes no deberían ignorar
Cáncer de testículo: la alerta que no duele y que los jóvenes no deberían ignorar

Cada noviembre, miles de hombres de todo el mundo se dejan crecer el bigote durante treinta días. No es una moda ni una apuesta entre amigos. Es Movember, una campaña nacida en Australia a comienzos de los 2000 que convierte el vello facial en un recordatorio de algo que muchos hombres prefieren no mirar demasiado de cerca: su propia salud. Bajo ese bigote caben el cáncer de próstata, el de testículo y la salud mental masculina.

El cáncer de testículo ocupa un lugar peculiar dentro de esa lista. No es una enfermedad de la edad madura, sino de chicos que acaban de terminar el instituto, que empiezan a trabajar o que juegan el partido de los domingos. Personas que se sienten sanas y para las que la palabra "cáncer" pertenece, como mucho, a la generación de sus padres.

Ahí está la paradoja. Es uno de los tumores con mejores perspectivas de curación, pero su primera señal rara vez se anuncia con dolor. Un bulto o una zona más pueden convivir durante semanas con una vida completamente normal. Y lo que no duele, a menudo, se deja para más adelante.

La doctora Isabella Greco, especialista del Servicio de Urología del Hospital Universitario Rey Juan Carlos, lo pone en perspectiva. Este tumor representa aproximadamente el 1% de los cánceres del hombre adulto, pero "es el tumor sólido más frecuente en los hombres jóvenes, especialmente entre los 15 y los 35 años, una etapa de la vida en la que normalmente nadie piensa que pueda tener un cáncer".

"En España se estima que en 2026 se diagnosticarán alrededor de 1.700 nuevos casos", señala la uróloga. Pocos en términos absolutos, pero concentrados en una franja de edad en la que el cáncer casi nunca forma parte de las preocupaciones cotidianas.

Un tumor que despierta con la pubertad

¿Por qué precisamente a esas edades? La respuesta está en su origen. La gran mayoría de estos tumores nace en las células germinales, las que más adelante darán lugar a los espermatozoides. Según la hipótesis más aceptada, algunas de ellas sufren una alteración en su maduración ya durante el desarrollo del feto y permanecen años en una especie de letargo, sin llegar a invadir los tejidos.

El despertar llega con la adolescencia. "Con la pubertad, el nuevo entorno hormonal y la maduración del testículo pueden favorecer la proliferación y la progresión de estas células hacia un tumor invasivo. Es una cuestión muy interesante y todavía no completamente resuelta", explica la doctora Greco.

Cuando esas células empiezan a multiplicarse sin control, forman una masa dentro del testículo. Casi todos estos tumores pertenecen a dos grandes familias, los seminomas y los no seminomas, con un comportamiento y un tratamiento algo distintos.

La alerta que no duele

Aquí está el núcleo del problema. Solemos asociar una enfermedad grave a un dolor intenso, y en este caso ocurre a menudo lo contrario. "La señal de alarma más importante es notar un cambio en el propio testículo: un bulto o una zona más dura, un aumento de tamaño asociado a un cambio en la consistencia. Lo característico es que muchas veces estos cambios aparecen sin dolor, por lo que pueden pasar desapercibidos durante bastante tiempo", advierte la especialista.

El dolor puede aparecer, aunque no es lo más habitual, y cuando lo hace también puede despistar. "En algunos pacientes el dolor puede confundirse con una infección, una inflamación o incluso con un golpe reciente", añade.

Su consejo para un chico joven es directo: "si nota que un testículo ha cambiado respecto a cómo era antes, aunque no le duela, no debería ignorarlo. La mayoría de las alteraciones testiculares no son cáncer, pero una masa dentro del testículo debe estudiarse".

Consultar, por tanto, no es dar por hecho lo peor. Es salir de dudas.

Ni golpes, ni bicicleta, ni sexo

No existe una causa única conocida. Lo que sí hay son circunstancias que elevan el riesgo, y la principal se remonta a la infancia: haber tenido un testículo que no bajó a la bolsa escrotal, lo que los médicos llaman criptorquidia. "El más importante es haber tenido un testículo no descendido, o criptorquidia, y también existe un mayor riesgo cuando hay antecedentes familiares de cáncer testicular, especialmente en familiares de primer grado", precisa la uróloga. También se ha relacionado con algunas alteraciones del desarrollo testicular, con problemas de fertilidad y con haber tenido antes un tumor en el otro testículo.

Alrededor de esta enfermedad circulan, además, varios mitos. El más extendido es el del golpe. "Un golpe en el testículo no se considera una causa del cáncer, aunque una lesión puede hacer que una persona descubra un tumor que ya estaba presente", aclara la doctora Greco. Tampoco hay pruebas de que montar en bicicleta o una determinada actividad sexual lo provoquen.

Su conclusión busca quitar peso a la culpa: "no debemos culpabilizar a los hábitos cotidianos: en la mayoría de los pacientes no podemos señalar una causa concreta que haya provocado el tumor".

Conocerse para notar el cambio

Esa ausencia de causas claras tiene una consecuencia directa. "En realidad, hoy no podemos prevenir la mayoría de los casos de cáncer de testículo. No existe una estrategia de prevención primaria eficaz y tampoco está recomendado realizar pruebas de cribado de forma rutinaria en hombres sanos", reconoce la especialista. La herramienta, por tanto, no es evitar el tumor, sino llegar pronto.

Ahí entra la autoexploración, aunque la doctora Greco la plantea con matices. No hay evidencia suficiente de que palparse de forma periódica reduzca la mortalidad en la población general, así que su propuesta es más sencilla: que los hombres jóvenes se familiaricen con el aspecto y la consistencia normales de sus testículos. "Lo importante no es buscar algo concreto, sino conocer cómo son normalmente para poder detectar un cambio", subraya.

El momento más cómodo es durante o después de una ducha caliente, cuando la piel del escroto está relajada. De pie, basta con palpar cada testículo por separado, con suavidad, entre los dedos y el pulgar. A quienes tienen factores de riesgo sí puede recomendárseles una revisión periódica, y algunas fuentes hablan de hacerla cada mes. Aun así, la uróloga insiste en que "más que establecer una frecuencia rígida, me parece importante que conozcan su anatomía y consulten si detectan un cambio nuevo".

Qué pasa al llegar a la consulta

Durante años se ha dado por hecho que la vergüenza frena a los jóvenes a la hora de hablar de su salud sexual con un médico. La experiencia de la doctora Greco matiza esa idea. En su consulta, los pacientes "cada vez consultan con mayor naturalidad y tienen menos reparos en hablar de su salud sexual y reproductiva".

El riesgo, más que el pudor, está en quitarle importancia a lo que se nota. "Sí puede ocurrir que un paciente minimice inicialmente un cambio en el testículo porque piensa que se trata de algo sin importancia o que desaparecerá solo", reconoce.

Superado ese paso, el proceso es mucho menos aparatoso de lo que imagina quien nunca ha pisado la consulta de un urólogo. El especialista pregunta cómo ha aparecido el bulto o la molestia y explora ambos testículos. Después, explica la doctora, "la prueba fundamental es una ecografía testicular, que es sencilla, rápida y no invasiva".

Suele completarse con un análisis de sangre que mide los marcadores tumorales, unas sustancias que orientan el diagnóstico y ayudan a seguir la evolución. Pero la especialista advierte de que "no son una prueba definitiva: pueden ser normales aunque exista un cáncer de testículo". Si el diagnóstico se confirma, un TC (un escáner) de tórax, abdomen y pelvis permite saber si la enfermedad se limita al testículo o ha alcanzado los ganglios u otros órganos.

Uno de los cánceres con más probabilidades de curación

El tratamiento empieza casi siempre por extirpar el testículo afectado mediante una cirugía a través de la ingle, la orquiectomía inguinal, que elimina el tumor y confirma de qué tipo es. Lo que viene después depende de las características del tumor y del estadio de la enfermedad.[IG1]  "En muchos pacientes, especialmente cuando el diagnóstico se realiza en un estadio inicial, la cirugía puede ser suficiente y se opta por una vigilancia estrecha", explica la uróloga. En otros casos se añade quimioterapia y, en situaciones concretas, cirugía de los ganglios o radioterapia.

Las cifras están entre las más alentadoras de la oncología. "Estamos ante uno de los cánceres con mayores posibilidades de curación. En tumores en estadio I, la supervivencia es aproximadamente del 95%[IG2] ", afirma. Y añade: "Incluso en fases avanzadas, el cáncer de testículo suele tener un pronóstico favorable, con altas tasas de sobrevivencia”.

¿Para qué sirve entonces llegar pronto? La doctora Greco lo explica sin dramatismo: "más que hablar de una frontera entre un cáncer curable y uno incurable, hablaría de una enfermedad que tiene una probabilidad de curación extraordinariamente alta, pero en la que un diagnóstico temprano permite reducir la intensidad del tratamiento y, con ello, sus posibles efectos secundarios a largo plazo".

Detectarlo a tiempo, en definitiva, no decide tanto si se cura como cuánto tratamiento hará falta para conseguirlo.

Fertilidad, sexo e imagen

Para un hombre de 25 años, la palabra extirpación despierta preguntas inmediatas sobre su vida sexual, sus planes de ser padre o su aspecto. La respuesta de la especialista es tranquilizadora: "la extirpación de un solo testículo no significa perder la función sexual ni necesariamente la capacidad de tener hijos". Si el otro testículo funciona bien, sigue produciendo testosterona y espermatozoides.

Lo que sí conviene es anticiparse. El propio tumor puede alterar la calidad del semen, y algunos tratamientos, sobre todo la quimioterapia, pueden empeorarla. Por eso, "antes de iniciar el tratamiento se debe hablar con el paciente sobre la criopreservación de semen, es decir, congelar muestras de esperma para utilizarlas en el futuro si fuera necesario".

Existe además la opción de colocar una prótesis testicular, en la misma intervención o más adelante. "No tiene una función hormonal ni reproductiva: su objetivo es principalmente estético, para mantener el aspecto y la simetría del escroto", detalla.

"Vamos a revisarlo y salimos de dudas"

Movember también apela a quienes rodean a esos chicos. Parejas, familias y amigos pueden ser decisivos para que alguien deje de aplazar una visita al médico. La doctora Greco pide equilibrio: "no hay que dramatizar ni generar miedo, pero tampoco quitar importancia a un cambio que persiste. Acompañar a un hombre joven a consultar puede ser algo tan sencillo como decirle: 'vamos a revisarlo y salimos de dudas'".

Su mensaje para este mes cabe en una frase: "cuidar la salud también significa consultar cuando algo cambia, aunque no duela y aunque parezca una cosa menor".

El bigote de noviembre se afeitará en unas semanas, pero la idea que lo acompaña puede quedarse. Frente al cáncer de testículo, la mejor defensa no es una prueba anual ni una revisión programada, sino algo mucho más sencillo: saber cómo es el propio cuerpo y no dejar para mañana una alerta que no duele. En un tumor que se cura en la gran mayoría de los casos, llegar a tiempo marca la diferencia en otra cosa, en lo corto y llevadero que puede ser el camino.

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