Hay habitaciones que protegen y habitaciones que encierran. Hay cuartos a los que se entra para esconderse del ruido, pero también para escucharlo mejor. En O Cuarto, Tanxugueiras han construido uno de esos espacios. Una estancia casi vacía, con una ventana, una mesa, una tarta, unas velas y un bosque al otro lado. Un lugar aparentemente sencillo, pero lleno de símbolos. Un inventario emocional desde el que Aida Tarrío, Olaia Maneiro y Sabela Maneiro revisan su historia común, los miedos acumulados y el vínculo que las ha sostenido desde el principio.

La conversación con Tanxugueiras empieza, precisamente, por esa habitación vacía. Cuando no hay muebles, todo resuena más. Y en su caso resonaba mucho, aunque al principio no supieran distinguirlo.

“Resonaban muchísimas palabras”, explican. “Sabes cuando de repente escuchas mucho ruido, pero nada en claro. Pues al principio de la creación, cuando la habitación está vacía, escuchas mucho eco. Tuvimos que ir rellenando esa habitación para ver cuáles eran esas palabras y sentimientos que nos estaba diciendo nuestro subconsciente”.

La palabra que terminó apareciendo con más fuerza fue una: parar. Parar después de años de exposición, de industria, de presión, de expectativas y de una carrera que las llevó a convertirse en uno de los grupos más reconocibles de la renovación de la música tradicional gallega. Parar para quitar capas. Parar para volver a saber quiénes eran cuando no importaba nada más que cantar juntas.

“Realmente necesitábamos sacar todo lo que veníamos acumulando de atrás, todas esas experiencias, más las negativas, todo eso que nos pesaba. Sacarnos capas, capas y capas hasta llegar a un momento donde solo estábamos nosotras”, cuenta Olaia en la entrevista. 

El inventario de O Cuarto

La habitación de Tanxugueiras está casi vacía, pero no es un espacio neutro. Cada objeto parece ocupar un lugar concreto dentro del relato del disco. La ventana, por ejemplo, aparece una y otra vez en su universo visual. Puede entenderse como una salida, pero ellas no la describen exactamente así. Para Tanxugueiras, la ventana no es tanto una vía de escape como un lugar desde el que mirar lo que ocurre fuera sin dejarse devorar por ello.

“La habitación que creamos es como un espacio mental en el que pasan todos esos tormentos y la vida en sí. La ventana es todo lo exterior”, explican. Desde dentro, desde “la tranquilidad” y “el sitio de confort”, se observa lo que sucede fuera: la tormenta, la noche, los miedos, las formas que se deforman en la oscuridad.

“Lo que hay fuera de la ventana son los miedos que tenemos, que al final no dejan de ser más que preocupaciones que acaban pasando. Como dice la canción, todo amaina”, resumen.

Por eso, mirar por la ventana no es buscar respuestas fuera. Tampoco es esperar que alguien llegue a rescatar. Es, más bien, vigilar la tormenta desde un lugar propio hasta comprender que la salida no estaba al otro lado del cristal.

“Descubrimos que la salida somos nosotras mismas, que no necesitamos salir de ningún lugar ni de nuestra propia mente. Estamos cómodas, tenemos que aprender a vivir con nosotras mismas. Ese es uno de los aprendizajes principales de este disco: querernos a nosotras mismas, querernos entre las tres y mimar esa salud mental que tanto necesitamos todos”.

En el centro de la habitación está la mesa. Una mesa puede ser celebración, pero también el lugar donde se tienen las conversaciones más difíciles. Para Tanxugueiras, la conversación pendiente tenía que ver con volver atrás, con recuperar algo que se había quedado sepultado bajo el ruido.

“La conversación más pendiente que teníamos entre las tres era volver a hablar de la ilusión del principio y de nuestra relación al principio, cuando no importaba nada más que la música”. A esa mesa se sentaron muchas cosas. “Se sentó el perdón, la solidaridad y casa”, dicen. También la tradición, “mucho más presente”, y sobre todo el acto de perdonarse.

En esa misma habitación aparece una tarta. En otro contexto podría ser un símbolo de fiesta, de cumpleaños, de éxito. En el imaginario de O Cuarto, sin embargo, tiene algo extraño, casi ritual. Tanxugueiras la comen de forma solemne, sin mirarse, como si no estuvieran celebrando una victoria evidente, sino reclamando algo que les pertenece.

“La tarta la comemos y la repartimos entre las tres”, explican. “Quien quiera unirse a comer la tarta, que trabaje duro y así podremos repartirla”. La metáfora apunta a la industria, a quienes aparecen cuando el proyecto empieza a crecer, a quienes quieren “un cachito” cuando la tarta ya tiene buena pinta, pero no estaban cuando nadie quería probarla.

También hay velas. La primera luz en mitad de la noche, dicen, podría estar en Eaea. “Ahí empieza a encenderse una velita, pero de estas que se apagan rápido. Esa es la primera vela”. No es una iluminación definitiva, sino una señal frágil. Una pequeña llama que aparece en medio del miedo.

O Cuarto es, por tanto, un refugio y un encierro. Las dos cosas a la vez. Primero fue un encierro consciente: encerrarse para sanar, para huir de lo que hacía daño, para tomar distancia. Después se convirtió en refugio.

Aun así, no todo ha entrado en el disco. Tanxugueiras sienten que O Cuarto resume, a nivel de metáforas, su vida hasta ahora y todo lo que querían contar. Pero también reconocen que hay cosas que todavía necesitan permanecer fuera.

Siempre quedan cosas que una se tiene que guardar para sí. Igual salen algún día, igual no. Igual en el cuarto 2.0.

Esa intimidad explica también la decisión de hacer un disco prácticamente sin colaboraciones externas, salvo la presencia de las pandereteiras AdeLina. El grupo llegó a pensar en otros nombres, pero entendió que este álbum necesitaba pertenecerles casi por completo.

“Nos dimos cuenta de que este disco era muy personal como para sumar a nadie más que no fuera AdeLina, que son el símil de la tradición. Queríamos que nos acompañaran más pandereteiras y ellas para nosotras son las mejores. Es como esa protección, casa de papá y mamá, a donde vuelves cuando te pierdes o cuando todo se pone oscuro”.

El recorrido del disco va de la noche al día, del miedo a la esperanza. Pero Todo amaina, la frase que sostiene el tramo final, no suena a euforia. Suena a calma aprendida, a serenidad después de haber cruzado algo difícil.

“Todo amaina es esa calma, ese salir, el resurgir, pero con calma, como de personas que ya pasaron mucho”, dicen. Después del amanecer aparece lo bonito: mirar de nuevo el paisaje que antes daba miedo y descubrir que no era una amenaza, sino algo que había que atravesar para poder verlo de otra manera.

"Para poder ver ese paisaje y disfrutarlo tenías que verlo en la oscuridad para poder valorarlo más"

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