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Madrid ha visto a Morat tocar cuando todavía no necesitaban grandes pantallas, miles de pulseras luminosas ni un escenario capaz de transformarse a lo largo de una canción. Los ha visto crecer desde aquellos primeros conciertos en pequeños locales hasta llenar el Movistar Arena. Por eso, cuando el pasado 30 de octubre los cuatro colombianos recuperaron imágenes de sus comienzos en la capital, el contraste resultó casi imposible de ignorar. Los mismos músicos que antes buscaban hacerse un hueco en la ciudad tenían ahora a miles de personas cantando sus canciones de principio a fin.
Juan Pablo Isaza, Juan Pablo Villamil, Simón Vargas y Martín Vargas llegaron a su tercera noche madrileña de la gira Ya es mañana con un espectáculo que tiene algo de película construida a partir de sus propias canciones. Cada tema posee una identidad visual, las pantallas acompañan las historias y los cambios de escenario introducen pequeñas sorpresas. Es un concierto tremendamente visual, dinámico y pensado para mantener al espectador enganchado, pero también deja espacio para que los músicos conversen con el público.
El arranque con Llamada perdida, seguido de Amor con hielo y Me toca a mí, puso en marcha una noche en la que apenas hubo descansos. El público conocía las letras, anticipaba los estribillos y respondía a cada cambio de ritmo. Mientras tanto, las proyecciones, la iluminación y los cambios de escenografía construían ambientes distintos. Siempre estaba ocurriendo algo sobre el escenario, hasta el punto de que las dos horas de concierto parecieron pasar bastante más deprisa.
Madrid también forma parte de la historia
Morat nació en Bogotá, pero Madrid ocupa un capítulo especial en su trayectoria. La capital española fue una de las primeras ciudades donde comprobaron que su música podía cruzar el Atlántico. Antes de las grandes giras internacionales hubo conciertos pequeños, viajes y una banda que todavía estaba descubriendo hasta dónde podía llegar.
Ese viaje al pasado también apareció en canciones como No se va, Antes de los 30 y Mi suerte. Hay algo especial en escuchar esos temas rodeado de un público que también ha crecido con ellos. Algunos seguidores descubrieron Morat siendo adolescentes y ahora cantan las mismas letras desde una etapa completamente diferente de sus vidas. Las canciones no han cambiado, pero las personas que las escuchan sí.
Una cámara, miles de pulseras y una canción elegida por el público
Uno de los grandes aciertos de Ya es mañana es que sus momentos más sorprendentes no dependen exclusivamente de las pantallas. La banda incorpora dinámicas que permiten a los asistentes participar en el espectáculo.
El traslado a una plataforma situada en el centro de la pista fue una de ellas. Allí, durante MTV, un seguidor tuvo la oportunidad de grabar a los cuatro músicos con una cámara, convirtiéndose por unos minutos en el encargado de registrar la actuación. La propuesta recuperaba el espíritu de los primeros vídeos del grupo, cuando todavía no contaban con los medios actuales.
La participación colectiva llegó con una votación que transformó el Movistar Arena en un mar de colores. Las pulseras luminosas distribuidas entre los asistentes permitían elegir entre Cuánto me duele, Di que no te vas y En coma. Cada canción estaba asociada a un color y los espectadores levantaron sus brazos para mostrar su preferencia.
La elegida fue Cuánto me duele. Miles de puntos de luz iluminaron las gradas y la pista en uno de los momentos visualmente más atractivos del concierto. El público dejó de ser únicamente espectador para decidir qué canción quería escuchar.
Un espectáculo que no permite desconectar
La recta final confirmó que Morat sabe administrar sus grandes éxitos. Cómo te atreves y Besos en guerra elevaron la intensidad de un recinto que llevaba buena parte de la noche cantando. Las luces y el confeti acompañaron algunos de los estribillos más celebrados.
También hubo espacio para canciones recientes como Ya es mañana, Desastre natural, Faltas tú y Vuelvo a ti. El repertorio alternó nostalgia y actualidad sin perder ritmo, mientras la puesta en escena conseguía mantener la atención incluso durante los momentos más tranquilos.
El concierto terminó con A dónde vamos, Me mata y 506, después de un recorrido por distintas etapas de la banda. Morat consiguió que una producción de grandes dimensiones resultara cercana, combinando efectos visuales, recuerdos personales y complicidad con sus seguidores.
Nunca he sido una superfán de Morat. No soy de las que se saben cada detalle de su historia ni de las que cuentan los días para el lanzamiento de su próximo disco. Sin embargo, allí estaba, en medio de miles de personas, descubriendo que me sabía casi todas las canciones y cantándolas a pleno pulmón como si llevara años esperando ese momento. Y quizá eso fue lo mejor de la noche. Poder cantar sin pensar demasiado, dejar que las letras removieran algún recuerdo y compartirlo con tanta gente que, por motivos distintos, parecía necesitar exactamente lo mismo. Salí del Movistar Arena con la voz algo tocada y esa sensación tan difícil de explicar que dejan algunos conciertos. No sé si me fui siendo más fan de Morat, pero sí bastante más ligera de lo que había entrado. Al final, entre tanta luz, tanto estribillo y tanto recuerdo, aquellas dos horas acabaron siendo una buena limpieza de sentimientos.




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