En febrero de 2021, cuando el mundo aún llevaba mascarilla y la industria musical sobrevivía a base de pantallas, C. Tangana lanzó un órdago. No era un single viral, ni una colaboración calculada para las listas. Era un álbum conceptual, ambicioso, barroco y profundamente español. Se titulaba El Madrileño, y cinco años después sigue funcionando como una anomalía luminosa: un disco que sonó a despedida y a refundación al mismo tiempo.

Porque El Madrileño no fue simplemente un cambio de etapa artística. Fue una jugada de riesgo en prime time. Antón Álvarez -que ya había transitado del rap más ortodoxo al pop urbano irónico y hedonista- decidió dinamitar su propio personaje. El Pucho chulesco dio paso a una figura más ambigua: un crooner castizo, un dandi sentimental que miraba a Latinoamérica sin exotismos y al folclore español sin caricaturas.

El arte de mezclar sin pedir permiso

En un panorama dominado por el algoritmo y la inmediatez, El Madrileño apostó por el mestizaje con memoria. No era una playlist con guiños vintage: era un mapa emocional. Bolero, rumba, bachata, flamenco, pop orquestal y guitarras fronterizas convivían sin jerarquías. Y lo hacían con una producción milimétrica, donde cada cuerda y cada silencio estaban colocados con intención quirúrgica.

El primer aviso llegó con Demasiadas Mujeres. El tema abría con una marcha de Semana Santa -La Saeta- antes de transformarse en confesión sentimental sobre bases contemporáneas. Aquello no era un guiño kitsch: era una declaración de intenciones. C. Tangana estaba diciendo que la tradición no era un decorado, sino materia prima viva.

El segundo golpe fue definitivo: Tú Me Dejaste de Querer, junto a La Húngara y Niño de Elche. Bachata, lamento flamenco y épica urbana conviviendo en un mismo tema que terminó convirtiéndose en uno de los mayores éxitos comerciales del año en España. No solo lideró listas: redefinió el centro de gravedad del pop nacional.

El Madrileño no era un ejercicio de nostalgia localista. Era un disco transatlántico. En Un Veneno, nuevamente junto a Niño de Elche, el bolero se convierte en lamento contemporáneo, minimalista y áspero. En Nominao, la complicidad con Jorge Drexler aporta una elegancia serena, casi conversacional, que contrasta con el dramatismo de otros cortes.

La dimensión latinoamericana se amplía con Te Olvidaste, junto a Omar Apollo, donde la sensualidad y la melancolía fluyen sin estridencias. Y el homenaje a la tradición cubana cristaliza en Muriendo de Envidia, con la participación de Eliades Ochoa, leyenda viva del son.

También hay espacio para el legado español más heterodoxo: Kiko Veneno aparece en Los Tontos, reforzando esa idea de diálogo intergeneracional que recorre todo el proyecto.

Un disco que entendió el relato antes que nadie

Más allá del sonido, El Madrileño entendió el poder del relato visual. Videoclips concebidos como piezas casi cinematográficas: sobremesas eternas, hombres trajeados cantando alrededor de una mesa, mujeres que sostienen la escena desde la dignidad y la distancia, planos secuencia que evocan cine clásico.

La estética -madera, humo, luz cálida- se convirtió en marca registrada. Frente al neón y la hiperproducción digital dominante, C. Tangana apostó por una imaginería reconocible, casi costumbrista, pero elevada a categoría pop. La tradición dejaba de ser marginal para ocupar el centro del escenario global.

Cinco años después, esa iconografía sigue siendo replicada. No es exagerado decir que buena parte del pop español posterior ha dialogado, de una u otra forma, con esa propuesta: la vuelta a la raíz, el orgullo de acento, la hibridación sin complejos.

Éxito masivo y conversación incómoda

El éxito fue inmediato: número uno en España, múltiples certificaciones y una recepción crítica mayoritariamente entusiasta. Pero también hubo debate. ¿Estaba resignificando la tradición o empaquetándola para consumo indie? ¿Era homenaje o estrategia?

Probablemente ambas cosas. El Madrileño es un disco ambicioso, consciente de su impacto, calculado en su despliegue visual y promocional. Pero esa ambición no anula la autenticidad emocional de temas atravesados por el desamor, la culpa y la autoafirmación.

La posterior gira -convertida en espectáculo coral con sobremesa incluida- y el documental Esta ambición desmedida consolidaron el mito del artista obsesionado con la obra total.

Cinco años después: un clásico contemporáneo

Escuchado hoy, el álbum no suena fechado. Su apuesta por arreglos orgánicos, estructuras clásicas y referencias atemporales le ha permitido esquivar el desgaste que sufren muchas producciones ancladas a la tendencia del momento.

Además, abrió una puerta estética que otros artistas han transitado después: la reconciliación entre lo urbano y lo folclórico, entre lo popular y lo sofisticado. Demostró que el acento no es un lastre internacional, sino una marca diferencial.

Cinco años más tarde, El Madrileño ya no necesita hype. Se ha instalado en la memoria colectiva como punto de inflexión. Como el momento en que un artista decidió dejar de seguir la corriente global para intentar construir la suya propia.

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