Hubo un momento en que el reguetón era sinónimo de periferia. Sonaba a coches con ventanillas bajadas, a altavoces distorsionados en fiestas improvisadas, a letras que incomodaban a los guardianes del buen gusto. Hoy, en cambio, el dembow retumba en bodas de clase media, campañas publicitarias de multinacionales y estadios olímpicos. Lo que nació como expresión contestataria terminó convertido en el idioma oficial del pop global.

El viaje ha sido meteórico. Cuando Bad Bunny logró que un disco íntegramente en español liderara las listas internacionales, el debate dejó de ser si el reguetón era cultura para convertirse en cuánto dinero movía. Karol G transformó la estética rosa chicle en marca planetaria, mientras Rauw Alejandro estilizó el género hasta acercarlo al synth-pop. El mainstream, ese lugar donde todo acaba domesticado, abrió las puertas de par en par.

Y ahí empezó el problema.

La historia de la música popular es la historia de una paradoja: lo que nace como ruptura termina convertido en norma. Le ocurrió al rock cuando pasó de escándalo juvenil a banda sonora de anuncios de coches. Le ocurrió al indie cuando dejó de ser independiente para convertirse en etiqueta de festival patrocinado. Y le ha ocurrido al reguetón.

El ritmo que hace quince años escandalizaba tertulias ahora suena en las verbenas municipales. Las letras que antes generaban polémica se han dulcificado para ampliar mercado. Las producciones, cada vez más pulidas, buscan agradar a públicos transversales. El género que rompía moldes ahora es molde.

¿Estamos ante su final? No exactamente. Más bien ante el cierre de su hegemonía.

Porque cuando un sonido lo ocupa todo -listas de éxitos, playlists, radiofórmulas, redes sociales- deja de ser territorio de identidad para convertirse en paisaje de fondo. Y la juventud, siempre en busca de una contraseña generacional que incomode a sus mayores, empieza a mirar hacia otro lado.

La generación sin géneros

Si algo define a la actual generación de oyentes es su alergia a las etiquetas. Las playlists ya no distinguen entre pop, trap, flamenco o electrónica. El algoritmo mezcla sin prejuicios. La identidad musical ya no se construye por tribus, sino por estados de ánimo.

No desaparece: se transforma. Se mezcla con electrónica de club, con afrobeat, con hyperpop, con sonidos tradicionales resignificados. La propia Rosalía entendió antes que nadie que la clave no era repetir la fórmula, sino tensionarla. Su manera de cruzar flamenco, urbano y experimentación abrió una grieta creativa por la que se han colado decenas de artistas.

En España, nombres como Quevedo muestran esa transición: canciones que parten del urbano pero se deslizan hacia un pop más melódico, menos crudo, más atmosférico. El barrio ya no es solo territorio físico; es estética global.

TikTok y la dictadura del estribillo

Hay otro factor que explica la mutación: la economía de la atención. Si el reguetón fue el gran vencedor de la era YouTube -videoclips millonarios, coreografías replicables-, el presente se juega en el territorio fragmentado de TikTok.

Ya no triunfa la canción redonda; triunfa el fragmento viral. Quince segundos capaces de convertirse en tendencia, meme o reto coreográfico. El resultado es una música pensada para el impacto inmediato, para la repetición hipnótica, para el consumo acelerado.

Eso erosiona cualquier hegemonía prolongada. Los éxitos son más intensos, pero también más fugaces. La cultura del “hit del verano” se ha convertido en la cultura del “hit de la semana”.

En ese contexto, el reguetón ya no es el único lenguaje eficaz. Compite con bases electrónicas minimalistas, con ritmos africanos cada vez más presentes en el mercado europeo, con una electrónica de club que recupera su dimensión política y comunitaria.

La pregunta es qué narrativas ocuparán ahora ese lugar.

¿Volverá un pop más blanco y neutro? ¿Emergerá una escena electrónica que combine baile y discurso político? ¿Se consolidará una música híbrida donde las fronteras culturales se diluyan hasta volverse irreconocibles?

Si algo parece claro es que el próximo movimiento no será puro. Será mezcla. Y probablemente nazca lejos de los despachos de las grandes discográficas, en estudios domésticos, en comunidades digitales, en fiestas donde todavía no llegan los focos.

Quizá dentro de diez años miremos atrás y llamemos a este periodo “transición”. Quizá ni siquiera encontremos un nombre claro para lo que viene, porque los géneros ya no importan tanto como las sensaciones.

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