¿Se puede ser auténtico en la era de las redes y el marketing personal? El sociólogo y músico Hans Laguna publica Yo siendo yo, un ensayo que cuestiona uno de los valores más repetidos en la música contemporánea. A partir de ejemplos que van de Nirvana al pop actual, Laguna plantea que la autenticidad no es tanto una cualidad como una construcción. Una idea atravesada por la industria, las marcas y una audiencia cada vez más exigente.
A lo largo de una conversación con Revista Bando, Laguna analiza las claves sobre la autenticidad. Spoiler: ninguno lo somos.
Pregunta: ¿Qué es ser auténtico?
Respuesta: La definición más directa es ser fiel a uno mismo. A partir de ahí, el concepto se puede matizar bastante. En el caso de las estrellas de la música, una idea que me interesa es la de actuar por motivaciones intrínsecas, es decir, por un impulso expresivo sincero, y no en función de criterios de mercado. Esa idea conecta con la noción de artista que se consolida en el romanticismo. En ese momento, los creadores dejan de trabajar para mecenas o instituciones como la Iglesia y empiezan a hacerlo guiados por una necesidad expresiva propia. Ahí es donde se empieza a asociar la autenticidad con esa fidelidad a un impulso interno. En cualquier caso, no hay una única definición cerrada. La autenticidad es un concepto filosófico complejo, con muchas capas, pero esta es una de las aproximaciones que mejor funciona para analizar a las estrellas de la música.
P: Recoges que St Vicent define a la autenticidad como una "mentira".
R: He intentado no repartir carnets de quién es auténtico y quién no. Más bien me interesa mostrar cómo, en el contexto actual, la autenticidad funciona muchas veces como una estrategia comercial. Eso abre espacio para poner en duda la autenticidad de muchos personajes públicos, pero también la nuestra. El libro se centra en estrellas del pop, pero en el fondo va más allá. Apunta a algo que nos atraviesa a todos: en el día a día también construimos personajes. Hay una dimensión de performance en cómo nos mostramos, a nuestra escala. Y en ese proceso aparece una tensión constante entre ser auténticos y parecerlo.
P: Me has hecho preguntarme si soy auténtico o no.
R: ¿Y cuál es tu respuesta?
P: Que no. Obviamente, no.
R: De hecho, hay toda una corriente dentro de la sociología que utiliza la dramaturgia para interpretar cómo nos comportamos en sociedad. Plantea que todos actuamos de algún modo. Tenemos un público en el trabajo, en una conversación como esta o con la familia, y ajustamos nuestra forma de presentarnos según el contexto. Eso implica que, en nuestras relaciones sociales, siempre hay una cierta construcción de la imagen. Proyectamos algo con un objetivo, aunque sea a pequeña escala. En ese sentido, la autenticidad absoluta se vuelve difícil de sostener: quizá solo aparece cuando no hay nadie mirando, cuando estamos a solas.
P: También te digo que menos mal que no lo soy. El ser auténtico también te puede llevar a tomar decisiones bastante graves en tu vida.
R: La conclusión es que todos somos monstruos.
P: ¿Cómo mide el público la autenticidad de un determinado artista?
R: Medirlo como tal, no sé si se puede. Hay una frase que cito de J Balvin que dice que el público no es tonto y sabe quién es auténtico y quién no. Yo tengo mis dudas. Al final, todo pasa por una interpretación. Hace poco, por ejemplo, Rosalía subió un vídeo disculpándose por sus palabras sobre Picasso y la separación entre obra y artista. Ese gesto se convirtió en noticia y generó debate. Cada uno lo lee a su manera: hay quien ve una disculpa sincera y quien piensa que responde a una presión externa. Lo mismo ocurrió con su participación en el acto por Palestina en el Palau Sant Jordi. También ahí se abrió una conversación sobre si era un posicionamiento genuino o algo oportunista. Y ese tipo de debates son cada vez más frecuentes. No sé si la autenticidad se puede medir, pero sí parece claro que hoy existe una vigilancia constante sobre las figuras públicas. Somos más exigentes con lo que dicen y hacen, especialmente en cuestiones como el compromiso político, y eso genera una conversación continua sobre hasta qué punto sus gestos son reales o estratégicos.
P: No sé si has tenido la oportunidad de leer las declaraciones de Dua Lipa en las que hablaba directamente del Caso Epstein. Estos posicionamientos políticos no son comunes y uno ya no sabe diferenciar entre qué es performance y qué no.
R: Al final, la cuestión no es tanto si algo es real o una performance, sino qué elementos tenemos para leerlo como tal. Las redes sociales han sido clave en esto. Han permitido a las estrellas acercarse, construir una imagen más humana y generar una sensación de cercanía muy potente. Esa relación parasocial se ha intensificado hasta un punto en el que parece que conocemos a esas figuras. Pero al mismo tiempo, nosotros también estamos dentro de ese juego. Como usuarios, proyectamos versiones de nosotros mismos. Y en ese flujo constante, donde se mezclan contenidos de amigos, influencers o artistas, todo forma parte de una misma lógica. No hay una frontera clara. Vivimos dentro de una gran performance colectiva. Y una de las preguntas es hasta qué punto somos conscientes de ello. No tengo una respuesta clara. En mi caso, tiendo a sospechar. Veo, por ejemplo, a Rosalía disculpándose en TikTok y pienso que hay algo de actuación ahí. Pero no lo sé. Lo interesante es que todos estamos participando en ese proceso y, al mismo tiempo, juzgándolo constantemente. Iintentando decidir si lo que vemos es sincero o no.
P: Otra cosa que señalas en el libro es que el pop no tenía ningún problema con ser 'industria' mientras que ahora se busca quitarse esa etiqueta en busca de la autenticidad.
R: Es el punto clave. De hecho, ese es un poco el impulso que me llevó a escribir el libro. Constatar cómo el pop, tradicionalmente, entendía a sus estrellas como entertainers y cómo han pasado a proyectarse como artistas. ¿Cómo ha sucedido esto? Ha habido una serie de cambios en la industria que lo explican. Uno fundamental es el momento internet. La caída de las ventas de discos y la conversión del artista en una marca. Es decir, alguien que tiene que rentabilizarse proyectándose en el mayor número de espacios posibles y estableciendo alianzas con otras empresas.
Y luego está el tema de las redes sociales. Por un lado, provocan una crisis de la publicidad tradicional. Por otro, generan una sensación de cercanía que permite a las estrellas capitalizar sus propios atributos a través de estas plataformas. Es un proceso complejo.
P: Y tanto. Al final, ¿quién es auténtico? ¿Kurt Cobain por pegarse un tiro en la cabeza?
R: También critico un poco el rock en ese sentido, porque ha abrazado la autenticidad como valor central, cuando en realidad también está lleno de elementos de performance. Ahí tienes el caso de Richey Edwards, que se raja el brazo delante de un periodista. O, en otro plano, Nirvana. Yo he sido superfán del grupo y crecí con ellos, pero claro, ¿qué hace Kurt Cobain sino performar constantemente su autenticidad en el corazón de la industria más industria? Están en los premios de la MTV, van a programas de máxima audiencia, rompen instrumentos, tocan canciones de forma deliberadamente caótica… todo el rato están escenificando que son auténticos a pesar de estar ahí. Y eso también es una actuación. Me interesa ese elemento teatral constante, que no es exclusivo del pop, sino que también está claramente presente en el rock.
P: Y en el punk.
R: El punk en general tiene un componente claramente teatral. Muchos artistas adoptan pseudónimos, juegan con el disfraz y con la construcción de un personaje que tienen que sostener sobre el escenario y fuera de él. Ahí el caso de Sex Pistols es bastante claro. Johnny Rotten asumía ese carácter teatral de forma consciente, casi como parte del discurso. Y más adelante, con Public Image Ltd., parece que se desprende en parte de ese personaje, como si dejara atrás el disfraz. En cambio, lo de Sid Vicious tiene algo más trágico. En su caso, da la sensación de que el personaje se lo acaba comiendo. Esa distancia entre persona y personaje, que en el punk muchas veces se maneja con cierta ironía o conciencia, en él se descontrola. Por eso me interesa ese punto. Analizar cómo la autenticidad, que ha sido un valor central en el rock y en el punk, también se puede leer con herramientas de performance, igual que ocurre con las estrellas del pop.
P: Analizas bastante el papel de la mujer en la industria.
R: Las mujeres han sido históricamente excluidas del ámbito de la autenticidad. A nivel social, por su relegación a la esfera privada, y también en el terreno artístico. El paradigma del artista romántico es eminentemente masculino. Y si entramos en la música, ocurre algo parecido. Las mujeres han estado más asociadas a la interpretación, pero no tanto a la composición, la producción o a esa idea de creación entendida en términos románticos. Lo que me interesaba señalar es esa doble realidad. Por un lado, han sido excluidas de ese paradigma de la autenticidad de facto. Por otro, hoy en día se ven obligadas a performar o demostrar su autenticidad en mayor medida. Existe una presión añadida, reconocida por muchas de ellas. Por eso me interesaba también atender a las declaraciones de las propias artistas.
El pop, además, es un espacio percibido como feminizado. Incluso cuando hay hombres, suelen leerse como menos masculinos o menos viriles que en otros géneros musicales. Y en paralelo, es interesante observar cómo las estrellas femeninas tienden a generar más conexión en redes, más engagement, y por tanto proyectan con mayor intensidad esa imagen de autenticidad. En resumen, hay una paradoja clara. Han sido excluidas y siguen encontrando barreras en ámbitos como la autoría, la composición o la producción, pero al mismo tiempo se les exige demostrar constantemente que son auténticas.
P: También deben moverse en una industria dominada por hombres que no tratan por igual a los artistas masculinos y femeninos.
R: En el caso de Max Martin, por ejemplo, cuando trabaja con artistas masculinos como Coldplay o Bon Jovi, suele interpretarse que su papel es el de potenciar una creatividad que ya está en el artista. El foco sigue puesto en ellos. Sin embargo, cuando trabaja con estrellas femeninas, su figura adquiere mucho más protagonismo. La narrativa cambia y la noticia pasa a ser que el tema lo produce ese productor concreto, como si eso explicara el resultado. Subyace la idea de que, en el estudio, la artista se limita a cantar o a aportar alguna idea puntual, mientras que la composición o el núcleo creativo recaen en él. Ahí se ve con bastante claridad ese sesgo. No tanto en lo que ocurre realmente en el estudio, sino en cómo se construye el relato sobre quién crea y quién legitima esa creación.
P: Es interesante también el concepto de 'venderse'. Véase a Aitana anunciando McDonald's siendo celiaca o Ariana Grande, que es vegana y promociona Starbucks.
R: En esos casos sí que rechina. Pero lo que me llama la atención, y en cierta medida me escandaliza, es la normalización de todo este proceso. Cómo las estrellas de la música se han convertido en vehículos promocionales de otras marcas sin que apenas genere fricción. Ahora mismo, por ejemplo, Rosalía anuncia con New Balance y no pasa nada. Y claro, yo vengo de otros códigos. De esa idea del rock más clásico, del grunge, donde venderte o publicitar algo era prácticamente un anatema. Era lo peor que podías hacer. Por eso Nirvana tenía que aparecer en la MTV y reventar el formato, tocar de forma caótica o directamente sabotear la actuación. Era una manera de marcar distancia, de decir que no formaban parte de ese sistema aunque estuvieran dentro.
Lo que sorprende ahora es que esa lógica se ha invertido. Ya no solo no genera rechazo, sino que incluso puede reforzar la imagen del artista. Si alguien colabora con grandes marcas, se interpreta como una señal de éxito. Como si esa visibilidad validara su posición. Ahí también hay un componente generacional. La Generación Z ha crecido con estos códigos. Para ellos no hay contradicción. Forma parte del ecosistema natural en el que entienden la música, la imagen y el dinero.
P: Es bastante interesante esta reflexión.
R: Se ha naturalizado y, en realidad, las excepciones son muy pocas. Analizo algunos casos como Adele o Fiona Apple, pero a niveles de exposición como el de Rosalía prácticamente todo el mundo termina rentabilizando su imagen a través de colaboraciones con marcas. El discurso suele construirse en torno a la idea de un encaje de valores, como si existiera una coherencia natural entre artista y marca. Pero en el fondo, lo que vemos es otra cosa. Las estrellas funcionan cada vez más como marcas en sí mismas, diseñadas para proyectarse y monetizarse en distintos ámbitos.
P: Y la industria está tan sponsorizada que es imposible que un artista se pueda separar de las marcas.
R: Ahora que estoy girando con Nacho y venimos de tocar en el Vive Latino, es evidente. Todo está atravesado por patrocinios. Actúas en escenarios de Amazon o Ray-Ban. Las salas, los espacios como Espacio Movistar, los festivales… todo está publicitado hasta el extremo. Y al final, tú también estás contribuyendo a valorizar esas marcas. Es muy difícil hoy dedicarse profesionalmente a la música y mantenerse al margen de esos circuitos. Forman parte estructural del ecosistema. Y ahí aparece un matiz interesante. Las grandes estrellas del pop prácticamente no tienen ese conflicto porque juegan en otra liga, pero según bajas de nivel, esa tensión sí se vuelve más evidente.
P: Los artistas también lanzan soflamas políticas. Palestina, por ejemplo.
R: Fue muy interesante lo del verano pasado con el tema de los festivales, KKR y todos los comunicados. Hasta qué punto muchos de los artistas que se pronunciaron lo hicieron de forma realmente propia o como respuesta a una presión pública bastante intensa. Da la sensación de que el público se ha vuelto más exigente y que, de algún modo, obliga a las estrellas a posicionarse. Lo hemos visto también con Rosalía, cuando tras unas declaraciones tuvo que publicar un vídeo pidiendo disculpas. Un vídeo aparentemente espontáneo, grabado en casa, con el móvil, que refuerza esa idea de autenticidad.
Creo que estamos en un momento interesante. Durante mucho tiempo parecía que los artistas tenían una especie de impunidad en lo que decían o hacían. Ahora eso empieza a cambiar y hay una vigilancia mayor, una conversación pública más activa. Ojalá el libro sirva para aportar algunas claves y para que miremos todo esto con un poco más de distancia crítica.
P: Sigo traumado sabiendo que no soy nada auténtico.
R: Justo antes de la entrevista, una amiga me envió una nota de voz diciéndome que el libro le había hecho pensar hasta qué punto ella misma es auténtica en su día a día. Es un efecto que no esperaba. Me pasó algo parecido con Nacho. Cuando lo leyó, me dijo que se había quedado tocado, que le hacía replantearse cosas. Él trabaja mucho la vulnerabilidad como un valor que entiende casi en términos anticapitalistas, y de repente tiene la sensación de que incluso eso ha sido absorbido por el sistema. Le sirvió para mirarse a sí mismo y, de alguna manera, le generó una pequeña crisis. Tendré que hacer un vídeo pidiendo perdon por esto.