Alejandro Astola vuelve a empezar. Después de casi 25 años de carrera, de llenar recintos y de firmar algunas de las canciones más populares de nuestra historia con Fondo Flamenco, el artista sevillano ha decidido despojarse de todo y reconstruirse desde cero. Sin grandes estructuras, sin industria y con apenas unas pocas canciones publicadas, ha levantado una gira insólita: más de 60 salas, miles de entradas vendidas y un boca a boca que crece concierto a concierto.
En formato mínimo —guitarra, voz y cercanía—, Astola está probando sus nuevas canciones directamente con el público, convirtiendo cada directo en parte del proceso creativo. Una forma de volver al origen, a aquel chaval de 12 años que escribía en un cuaderno, pero también de reafirmar una idea que atraviesa toda su trayectoria: que la música, cuando conecta de verdad, no necesita intermediarios.
Pregunta: Prometo no darte mucho el coñazo con Fondo Flamenco.
Respuesta: No te preocupes.
P: ¿Qúe sientes cuando lo escuchas?
R: Es poco como escuchar a papá o a mamá. Es una época muy bonita para mí y creo que también para mucha gente, porque ahí empieza todo. Es el origen de lo que hoy es mi vida, mi día a día, que es hacer música. Para mí está lleno de sueños, y de sueños que con el tiempo se han ido cumpliendo, que es lo más bonito.
P: Hicistéis música popular de consumo masivo y con poca ayuda.
R: Fue un movimiento underground que terminó siendo mainstream. Y eso fue lo increíble: no hubo radio, no hubo televisión, apenas apoyo. Todo salió desde abajo. Por eso, lo que más me enorgullece es que es música del pueblo.
P: En aquel momento el flamenquito era una música bastante estigmatizada, sobre la que había clasismo además de estar maltratada por la industria
R: Nos daba algo de coraje, pero éramos conscientes de la situación. Aun así, nos sentíamos orgullosos de ganarnos al público por nosotros mismos. Tiene más mérito porque competíamos con gigantes con dinero, televisión y radio, y aun así nos iba bien. La gente venía a los conciertos y se sabía las canciones, que es lo importante. Al final, el tiempo demuestra que lo que queda es lo que la gente elige, no lo que le impones. Ahora, el flamenco y el sonido andaluz está visto de otra manera. Seríamos tratados de forma diferente, pero ya nos hemos ido.
P: Recuerdo con mucho cariño la maqueta. Os pasó, año después, algo similar a lo que vivió Estopa con la suya.
R: La gente las movió de forma natural y las canciones quedaron así como en el imaginario popular.
P: Estaba Ojalá.
R: Recuerdo el momento en la que la compuse. Estaba en el campo de mis abuelos, a las cuatro de la tarde, en pleno verano, cuando no me dejaban salir por el calor. Mi madre estaba mala, recién operada, y yo estaba solo. Tendría unos 13 años y ya estaba con la guitarra. Como me pasaba el día tocando y estudiando música, les dije que me dejaran salir un rato. Me puse a la sombra de un árbol, con ese calor de agosto, y empecé a escribir. Tarareé un poco y, de pronto, apareció un chaval de un campo cercano para preguntarme qué canción era, que quería escucharla. Le dije: ‘No sé, me la acabo de inventar’. Era Ojalá. Así que él fue el primero que la escuchó, un chaval de mi edad que se acercó sin más. Supongo que algo tenía.
P: Luego había una versión con base de reggaetón, con Dj Varo.
R: Era un amigo del barrio, vecino de Rafa. Nos propuso hacerlo y dijimos: ‘¿por qué no? Métele un chunda chunpa. Fuimos a su casa, nos pusimos con los teclados, probando cosas, y de ahí salió el ‘DJ Varo presenta’. En su momento nos parecía hortera, pero con el tiempo le hemos cogido cariño.
P: Fue de los primeras veces en las que se fusionó el flamenco con el reggaetón.
R: Creo que lo único que había un poco en esa línea era Haze, pero era rap. Con ese estilo, no había mucho más. El mérito es de DJ Varo, un fenómeno. Nosotros no veníamos del reguetón ni se nos habría ocurrido hacer algo así.
P: También hacéis un rap. Falsa Amistad.
R: Eran unos chavales de Sevilla, Delesterrados, si no recuerdo mal. Por ahí aparece lo de Porta, pero nosotros no lo conocemos. Eran raperos de allí que ya no siguen en la música: uno está en Francia, tocando el saxo, y el otro creo que trabaja como técnico de sonido.
P: Otro himno es Estrella Blanca.
R: Fue por mi primera novia, que era bailaora, igual que mi mujer. Le escribí esa canción porque yo tenía que estar muy temprano en casa, sobre las diez y media, y ella vivía lejos. Iba a verla casi todos los días y luego me volvía corriendo; de hecho, la escribí en ese trayecto, de su casa a la mía. En aquella época no grababa nada, todo se quedaba en la cabeza. Siempre pienso en lo que decía John Lennon: que las buenas canciones no se olvidan. Te acuestas y por la mañana siguen ahí. Si se te olvida, será que no era tan buena. Yo llegaba, la escribía de memoria en un papel y al día siguiente podía volver a cantarla sin problema.
P: Cuántas madres se han llevado un disgusto por tu piercing en la cara.
R: La primera la mía.
P: Personificabais el estilo cano.
R: Era la realidad que nos rodeaba. Ha cambiado bastante España, ¿eh?.
P: Recuerdo asistir a un Vistalegre de 2007 en el que no cabía un alfiler. ¿Cómo se gestiona eso siendo tan joven?
R: Teníamos 17 años y lo llevamos bien. Yo me fui al campo, creo que fue mi forma de gestionarlo. Siempre he tenido los pies en la tierra y también es verdad que fuimos soltando el éxito poco a poco, por cómo entendíamos la música. Empezamos a hacer cosas distintas y el público no siempre lo recibió bien; cambiamos de sonido, de estética, y eso tuvo su impacto. Pero también fue un golpe de realidad que nos ha permitido llegar hasta aquí desde otro lugar. No me interesa quedarme quieto, prefiero el cambio y la evolución.
P: Me imagino que es en el campo donde te encuentras con el rock andaluz.
R: Andaluz es una forma de estar, no los instrumentos. En esa época me sentía mejor escribiendo en soledad, cuando no había móviles ni distracciones. El campo me inspiraba mucho; he escrito muchísimo allí. Estar cerca de los míos, pero alejado de la calle, me hizo bien. Ha sido un viaje muy largo y satisfactorio. Cuando llegué a los Palacios, me reuní con Pepe Begines, de Los Chanclas. Hicimos muchas cosas juntos, después conocí a Diego, hice un grupo de jazz con mi compadre Huevo Rodríguez. Investigué mucha música, grabé un disco en solitario con Rocallano de 30 temas. Después me junté con Ratón y al final cuatro discos que sacamos juntos. Estoy muy contento porque he investigado, he probado, no me he quedado con las ganas de viajar musicalmente hablando y probarlo todo.
P: ¿En qué momento estás ahora?
R: Me inspira, sobre todo, escribir canciones para que la gente las cante, no quedarme en lo que me gusta solo a mí. Busco esa conexión que se crea entre quien escribe y quien escucha. Parece sencillo, pero es lo más difícil que hay. No es una cuestión técnica, es algo que sale de dentro. Y ahora siento que está pasando, porque cada vez vienen más chavales a los conciertos. Esa es la clave: llegar a la gente a través de las canciones, sin depender de la radio. Siempre ha sido primero el público.
P: Estás inmerso en una gira por toda España.
R: Le estoy dando mucho espacio a las canciones y al público. La idea es construir el disco en directo, probar las canciones que aún tengo en el cuaderno y ver cómo reacciona la gente. Según lo que transmiten, decido si entran o no. Para eso necesito salas pequeñas, donde se genere esa cercanía. Prefiero hacer siete conciertos así que uno grande. Busco hacer el mejor disco posible y que salga de esa conexión con el público. Es lo más cercano a un proceso democrático que conozco. Este año termina en el Cartuja Center, pero hay un secretillo que estoy contando en los concierto: el año que viene estamos en La Riviera con todo.
P: Quería preguntarte también por tu granito de arena en la canción Armados por la voz por Palestina.
R: Veo lo que ocurre y me afecta. A veces uno se siente culpable de estar bien, de vivir tranquilo. Yo intento canalizar ese sentimiento aportando mi granito de arena, haciendo ruido con la voz y uniendo a la gente. De ahí surgió la idea de reunir a quienes quisieran participar: más de cien personas acabaron cantando. Así nació El avión, una canción que funciona casi como un himno por la paz. No hay excusa para la violencia.