Eduardo Galeano escribió que la historia del fútbol era un “triste viaje del placer al deber”: cuando el deporte se convirtió en industria, la belleza del juego empezó a ser arrancada de raíz. La frase encaja con demasiada precisión en el Mundial que arranca este jueves 11 de junio en Ciudad de México. La FIFA inaugura el mayor torneo de su historia: 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones —México, Estados Unidos y Canadá— hasta la final del 19 de julio. También inaugura su mayor escaparate comercial. La organización prevé ingresos cercanos a los 8.900 millones de dólares en el ciclo del torneo, según estimaciones recogidas por medios especializados.

Sobre el césped, la historia será reconocible: favoritos, estrellas, himnos, nervios y un mes largo de fútbol. Fuera del campo, el Mundial llega atravesado por una lista menos cómoda: trabajadores que amenazan con huelgas, protestas en México, aficionados pendientes de visados, miedo migratorio en Estados Unidos y una FIFA que vuelve a prometer inclusión mientras administra un producto cada vez más caro, más vigilado y más alejado de la hinchada común.

La contradicción no es nueva, pero este torneo la agranda. La FIFA vende el Mundial como una fiesta universal. Lo hace en un continente marcado por fronteras endurecidas, desigualdades laborales y tensiones políticas. El mensaje oficial habla de unidad. La letra pequeña habla de entradas disparadas, controles migratorios, explotación de la marca fútbol y una maquinaria comercial que ya no necesita disimular demasiado.

La fiesta empieza entre protestas

El partido inaugural se disputa en México, en el estadio Banorte, el antiguo Azteca. La selección anfitriona abre el torneo contra Sudáfrica. La postal es poderosa: el primer estadio que acoge tres inauguraciones mundialistas, la memoria de Pelé, Maradona y dos finales históricas. También hay otro México fuera del marco. La apertura llega con protestas docentes en Ciudad de México, refuerzo de seguridad, cierres y un dispositivo pensado para que la ceremonia no se vea alterada por la realidad de la calle.

No es una anomalía. Es una rutina de los grandes eventos deportivos. La ciudad se ordena para la cámara. Lo que molesta se aparta, se valla o se gestiona. La FIFA no inventó esa lógica, pero la ha perfeccionado. Cada Mundial llega con su zona limpia, su relato oficial, sus patrocinadores y su promesa de que el fútbol suspende por unas semanas los conflictos del mundo. No los suspende. Los empaqueta mejor.

El fútbol puede ser una fiesta. Lo sigue siendo para millones de personas. Galeano también escribió que, pese a que el fútbol profesional se volvió más negocio que juego, seguía creyendo en él como “una fiesta para las piernas que lo juegan y para los ojos que lo miran”. Esa tensión está en el centro del Mundial de 2026: la belleza del juego existe, pero llega rodeada de una industria que cobra cada vez más por mirarla.

FIFA, la dueña de la fiesta

La FIFA ha convertido la expansión del Mundial en una declaración de poder. Pasar de 32 a 48 selecciones no es solo abrir el torneo a más países. Es ampliar mercados, horarios, patrocinadores, derechos televisivos y paquetes comerciales. Más partidos significan más ventanas de audiencia. Más selecciones, más federaciones satisfechas. Más sedes, más gobiernos compitiendo por salir en la foto.

El problema es el precio. No solo el económico, aunque también. Las entradas, los desplazamientos, los hoteles y los paquetes turísticos han disparado el coste de seguir el torneo. El País ha informado de precios dinámicos y localidades que pueden alcanzar cifras desorbitadas, con entradas de muy alto valor y un Mundial convertido en escaparate de lujo para una parte del público.

La FIFA suele responder a estas críticas con la misma fórmula: el Mundial genera ingresos, empleo, inversión, infraestructura y visibilidad. Todo eso puede ser cierto. También lo es que el organismo que dirige Gianni Infantino funciona como una multinacional con bandera neutral, himno propio y una capacidad extraordinaria para moverse entre gobiernos muy distintos sin perder nunca el control del negocio.

Catar dejó una pregunta sobre trabajadores migrantes y derechos humanos. Norteamérica deja otra: qué ocurre cuando el mayor torneo del planeta se celebra bajo políticas migratorias restrictivas, con trabajadores en conflicto y con aficionados que pueden pagar una entrada pero no necesariamente cruzar una frontera.

El presidente de EEUU, Donald Trump, y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. EP/Archivo.

El Mundial de las fronteras

Estados Unidos será el gran centro político y económico del torneo. Y Estados Unidos llega con Donald Trump en la Casa Blanca. La FIFA repite que todos serán bienvenidos. La Administración estadounidense ha endurecido controles, vetos y restricciones. Entre ambas frases se abre el agujero por el que se cuelan las dudas.

Amnistía Internacional ha advertido de que millones de aficionados pueden encontrarse con ataques a derechos humanos vinculados a políticas migratorias, restricciones a la protesta y discriminación en los países anfitriones. La organización ha pedido a la FIFA y a Canadá, México y EEUU que garanticen un torneo seguro e inclusivo, no solo en los comunicados.

El caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan resume el problema. Según The Guardian, el colegiado fue vetado por Estados Unidos y quedó fuera del torneo pese a estar llamado a convertirse en el primer árbitro somalí en dirigir un Mundial. También se han señalado problemas de entrada para miembros de la delegación iraní y periodistas internacionales.

La escena resulta incómoda para la FIFA. Un Mundial ampliado para ser más inclusivo. Un relato global construido sobre la diversidad. Y, al mismo tiempo, un país anfitrión que puede decidir quién entra y quién no. La FIFA organiza la fiesta, pero no controla la puerta. O peor: acepta que la puerta la controle otro mientras sigue vendiendo que aquí cabe todo el mundo.

Los trabajadores que sostienen el torneo

La otra parte del Mundial no aparece en el álbum Panini. Son las personas que limpian hoteles, sirven comidas, conducen autobuses, revisan accesos, trabajan en cocinas, atienden barras, montan escenarios y mantienen abiertos los estadios. Sin ellas no hay torneo. Con ellas casi nunca hay relato.

En varias ciudades sede de Estados Unidos, trabajadores de hoteles y estadios han amenazado con huelgas para reclamar mejores salarios, cobertura sanitaria, límites de carga laboral y protección frente a posibles actuaciones migratorias. En Los Ángeles, unos 2.000 trabajadores del SoFi Stadium prepararon paros antes de alcanzar un preacuerdo. En Seattle y Filadelfia también se han abierto conflictos en hoteles que recibirán a aficionados durante el torneo.

La FIFA sabe que el Mundial necesita esa mano de obra. Lo sabe tan bien que suele hablar de legado, impacto y oportunidades. Pero las condiciones concretas de quienes sostienen el espectáculo quedan delegadas en gobiernos locales, empresas subcontratadas, hoteles, concesionarias y operadores. El negocio es global. La responsabilidad, convenientemente, se fragmenta.

Maradona, que conocía mejor que nadie la diferencia entre el fútbol del pueblo y el fútbol de los despachos, dejó una frase útil para este Mundial: “Si no quieren jugar al fútbol limpio, que se vayan a la tribuna”. Hablaba del juego. La frase sirve también para una industria que exige pureza a los futbolistas mientras tolera demasiada opacidad en las reglas que rodean el espectáculo.

Fútbol para todos, precios para pocos

El Mundial siempre ha tenido una dimensión popular. Familias frente a la televisión. Bares llenos. Niños con camisetas falsificadas. Trabajadores cambiando turnos para ver a su selección. Esa parte seguirá existiendo. Pero el acceso presencial al torneo se parece cada vez menos a una fiesta común.

Viajar entre México, Estados Unidos y Canadá exige dinero, tiempo, visados, alojamiento y una planificación que deja fuera a muchos aficionados. La FIFA podrá celebrar cifras récord de asistencia y audiencia. No dirán lo mismo quienes descubran que seguir a su selección en varios partidos puede costar más que varios salarios anuales en sus países.

Ese es uno de los cambios más profundos del fútbol contemporáneo. El deporte sigue perteneciendo emocionalmente a la gente, pero cada vez menos materialmente. Los clubes, las federaciones, las televisiones y los organismos internacionales explotan una pasión que nació en otro sitio. La compran, la empaquetan, la revenden y luego la llaman experiencia.

En las próximas horas, el balón empezará a rodar y buena parte de estas preguntas quedarán desplazadas. ¿O es que alguien se acuerda más de Qatar por los trabajadores muertos en las obras de construcción de los estadios que por el Mundial de Messi? Es normal. Un Mundial se mira por los partidos. Habrá goles, errores, sorpresas, favoritos hundidos, héroes inesperados y discusiones infinitas. Esa es la parte que mantiene vivo al fútbol pese a todo.

Maradona dijo una vez que “la pelota no se mancha”. La frase se repite cada vez que alguien quiere salvar al juego de todo lo que lo rodea. Quizá sea verdad. La pelota puede seguir limpia. Lo difícil es decir lo mismo de quienes la convierten en negocio, frontera, escaparate y coartada.

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