Una familia rota tras la muerte de los dos hijos en un accidente de tráfico. Tras la tragedia, Padre y Madre afrontan el duelo de forma diferente y ven cómo un inmenso abismo se abre entre ellos. Rodeados de silencio y trauma, su historia (y reconstrucción), se cuenta a través de los objetos de la casa en la que vivieron. Son los mimbres deInventario de lo que queda cuando el bosque arde’ (Siruela), el estreno en la narrativa de Michele Ruol (Chicago, 1986), que ha recibido varios premios en Italia, entre ellos, ser finalista del prestigioso Premio Strega 2025. Más allá de los reconocimientos, es uno de los libros más originales y fascinantes con el que te vas a encontrar esta temporada. Con un estilo sobrio, prácticamente sin adjetivos y con las palabras justas, el autor consigue extraer belleza del dolor. Es un libro de lectura fácil, pero extraordinariamente complejo en su estructura, que invita a reflexionar sobre temas universales como el duelo, la soledad, la muerte y las relaciones familiares.

Michele Ruol es italiano en realidad -lo de nacer en Chicago fue una casualidad- y vive en Padua, donde trabaja como anestesista en un hospital. ‘Inventario de lo que queda cuando el bosque arde' es su primera novela, pero ya había debutado como autor teatral y publicado relatos en revistas literarias. En ningún momento se plantea dejar su profesión para dedicarse en exclusiva a escribir: “Naturalmente existen conexiones entre ambos, pero para mí es importante mantenerlos diferenciados”, nos cuenta en una entrevista para ElPlural. En cualquier caso, Ruol confiesa que para él escribir es una necesidad y se muestra entusiasmado ante el posible estreno de la novela en el teatro, algo en lo que está ya trabajando.

Entrevista Michele Ruol: “Ser padre significa aprender a convivir con el miedo”

P.- ¿Cómo nace esta novela?
R.- Se juntaron varias cosas, parte por un lado de mi propia experiencia al convertirme en padre; descubrí que, junto a una felicidad enorme, ser padre conlleva una fragilidad ligada a la responsabilidad y al miedo de perder a los hijos. Por otro lado, surge de las preguntas que me plantea mi trabajo como médico anestesista.

De esta manera, surgió el deseo de contar una historia que se adentrara en ese miedo. He querido mostrar cómo el dolor y la muerte, aunque nos asusten, forman parte de la vida.

Si basamos nuestra identidad alrededor del rol que desempeñamos (madre, padre, un trabajo) y eso desaparece, se crea un vacío desde el que tenemos que construir una nueva identidad

P.- Los personajes no tienen nombres propios, utilizas Madre, Padre, Mayor, Pequeño…  ¿Qué buscas con este recurso?
R.- Buscaba contar la historia eliminando todo lo superfluo, usando las mínimas palabras posibles y dando espacio a los vacíos y silencios. En este sentido, los nombres propios sobraban. Los nombres comunes tienen la capacidad de universalizar, ya que todos somos hijos y, en un momento dado, podemos convertirnos en madres o padres.

Estos nombres cargan con un significado muy fuerte porque identifican roles y deberes sociales. Me interesaba contar qué sucede cuando el nombre que nos define queda vacío tras una tragedia o, simplemente, porque nuestros hijos se marchan de casa. Si basamos nuestra identidad alrededor del rol que desempeñamos (madre, padre, un trabajo) y eso desaparece, se crea un vacío desde el que tenemos que construir una nueva identidad. 

Los objetos no son seres vivos, pero tampoco los considero completamente inanimados. De algún modo poseen un alma, que es el alma de quienes los han poseído

P.- Aparecen también objetos cotidianos descritos en letras minúsculas, aunque ocupen el título del capítulo. ¿Por qué?
R.- Son cosas comunes que todos tenemos en casa o reconocemos. Su valor no es económico, sino afectivo: reside en la relación que los personajes han construido con ellos

Los objetos no son seres vivos, pero tampoco los considero completamente inanimados. De algún modo poseen un alma, que es el alma de quienes los han poseído. Absorben las historias de esas personas y sus vidas. En la novela fueron fundamentales para poder contar esta historia, desarrollada a partir de esos pequeños fragmentos que revela cada objeto.

Creo que la medicina y la literatura tienen un punto de contacto fundamental: el uso de la palabra

P.- ¿Cómo se convierte un anestesista en escritor, además, con una primera novela tan innovadora y diferente?
R.- En realidad, la escritura siempre ha formado parte de mi vida. Al terminar la escuela dudaba entre estudiar Medicina o Literatura. Desde el principio sabía que ambas cosas serían fundamentales para mí, lo difícil fue encontrar la manera de hacer convivir dos mundos tan distintos. 

Durante muchos años escribí teatro que, a diferencia de la narrativa, es algo colectivo que involucra a directores, actores y músicos. Eso me ayudó a encontrar un equilibrio para escribir mientras estudiaba medicina y no tenía demasiado tiempo. Este libro lo he escrito a lo largo de varios años porque no siempre es fácil encontrar el tiempo o la disposición mental necesaria. Sin embargo, creo que la medicina y la literatura tienen un punto de contacto fundamental: el uso de la palabra

Frente al dolor, todos somos vulnerables, pero cada uno reacciona de manera distinta

P.- ¿Tu experiencia profesional te ha ayudado a comprender mejor el duelo y el sufrimiento?
R.- La medicina me ha permitido comprobar que, frente al dolor, todos somos vulnerables, pero cada uno reacciona de manera distinta. No hay un solo camino para afrontar el duelo. En la novela, la madre y el padre viven la misma tragedia, pero sus recorridos son totalmente distintos porque cada persona tiene sus propios recursos emocionales y formas de enfrentarse al mundo.

La familia es el lugar donde nos quitamos las máscaras y nos mostramos como somos, llenos de complejidades

P.- La perspectiva del lector también cambia a medida que avanza la novela.

R.- Sí, me interesaba contar el mundo microscópico de una pareja y una familia con todas sus contradicciones, sueños, debilidades y miserias. En una relación nadie tiene toda la razón ni está totalmente equivocado. La familia es el lugar donde nos quitamos las máscaras y nos mostramos como somos, llenos de complejidades. Quería transmitir al lector que todo puede ponerse en cuestión y que la realidad siempre admite nuevas capas de complejidad.

P. ¿Te planteas dejar la medicina por la literatura?
R.- No, pero tengo una necesidad enorme de seguir escribiendo. Son dos mundos separados, el profesional y el literario. Necesito que aquello sobre lo que escribo se alimente de la imaginación, de la fantasía y de universos que construyo yo mismo.

No sé qué escribiré en el futuro, pero en este momento no me interesa escribir autoficción. Tampoco contar historias reales ocurridas en el hospital, todo eso se queda en el ámbito profesional. Naturalmente existen conexiones entre ambos, pero para mí es importante mantenerlos diferenciados.

La ficción no es lo contrario de la verdad

Portada del libro 'Inventario de lo que queda cuando arde el bosque' (Siruela), de Michele Ruol

P.- Tu novela es una ficción, pero está llena de verdad.
R.- Que una historia sea ficción no significa que no contenga una verdad. La ficción no es lo contrario de la verdad.

Me siento especialmente en deuda con Agata Kristof, que narra la tragedia de la guerra con un lenguaje extremadamente seco y una dureza que nunca cae en el sentimentalismo

P.- ¿Cuáles son tus autores de referencia?
R.- Hay una autora con la que me siento especialmente en deuda: Agota Kristof, autora de La trilogía de la ciudad de K. Narra la tragedia de la guerra con un lenguaje extremadamente seco y una dureza que nunca cae en el sentimentalismo. La grandeza de esta autora es inalcanzable.

Otro escritor que me encanta y que también me ha influido mucho es el estadounidense Richard Yates. Ha escrito novelas extraordinarias, todas ellas tragedias domésticas. Se me vienen a la cabeza ‘Revolutionary Road’ [‘Vía Revolucionaria’] o en ‘The Easter Parade’ [‘Desfile de Pascua’]. Tiene una capacidad extraordinaria para contar el microcosmos de una familia y, al mismo tiempo, mostrar los abismos que pueden abrirse precisamente dentro de ella.

Hay muchísimos autores a los que debo mucho, especialmente grandes escritores de la literatura italiana: Goffredo Parise, Italo Calvino… Y hay otro libro que ha sido muy importante para mí: ‘El año del pensamiento mágico’, de Joan Didion. Es un libro sobre el duelo que, sin embargo, mantiene siempre una enorme contención, sin sentimentalismos. Como lector, agradezco que un autor consiga eso, porque entonces la fuerza de su mensaje llega todavía con más intensidad.

Incluso en los momentos más oscuros de nuestra existencia, existe una luz que tarde o temprano acabará saliendo

P.- ¿Qué vamos a encontrar en ‘Inventario de lo que queda cuando arde el bosque’?
R.-  Es la historia de amor de dos personas que se enfrentan a algo enorme e imprevisto que los arrastra a un lugar de la vida en el que jamás imaginaron encontrarse. No tienen otra opción que seguir adelante. Es una novela en la que he intentado contar que, incluso en los momentos más oscuros de nuestra existencia, existe una luz que tarde o temprano acabará saliendo.

P.- El libro está lleno de recursos de todo tipo, por ejemplo, el capítulo ‘navaja suiza’, va saltando de una página a otra sin apenas texto, aparecen prácticamente en blanco. ¿Qué buscabas con esas pausas?
R.- Ese capítulo cuenta cómo el padre, incapaz de soportar el peso de la tragedia, deja de ir a trabajar y empieza a dar vueltas con el coche hasta llegar al árbol del accidente. Allí descarga toda su rabia clavando la navaja suiza en el tronco. Pero antes de llegar a ese momento, ha hecho muchos recorridos previos, por eso aparecen esas páginas casi vacías, cada una de ellas representa uno de esos viajes. Son el peso del silencio y el ‘ladrillo blanco’ que lleva el padre continuamente sobre los hombros, viajando sin rumbo.

P.- Empezaste como dramaturgo, ¿te imaginas esta novela en el teatro?
R.- Estoy trabajando en ello y me gustaría muchísimo que pudiera hacerse realidad. Lo interesante es que, para adaptarla al teatro, habría que contar la historia de manera casi inversa. En la novela el escenario es la casa, pero nunca vemos físicamente ni a Madre ni a Padre. En el teatro tendríamos que colocarles delante del público y ese es el verdadero reto: contar la historia desde otro punto de vista. En la novela la casa está vacía.

Los personajes siempre están presentes, aunque no aparezcan físicamente. Pertenecen a otro tiempo y existen a través del recuerdo

P.- No estarán presentes, pero se oyen sus voces durante toda la novela.
R.- Los personajes siempre están presentes, aunque no aparezcan físicamente. Pertenecen a otro tiempo y existen a través del recuerdo. Hay una separación temporal entre los personajes y el espacio. Ellos son el corazón que mantiene viva la historia.

El verdadero desafío fue limpiar el texto y transformar lo que podía haber sido una colección de relatos o pequeñas postales independientes en un único organismo

P.- ¿Fue complicado estructurar la novela?
R.- Escribí el libro siguiendo el orden en que aparece: desde la entrada de la casa hasta el final. Yo tenía muy claro cuál era el arco narrativo de la historia y sabía a dónde quería llegar. En cada habitación descubría un objeto y qué parte de la historia podía contarme.

Lo difícil vino después, durante la segunda escritura. En el primer borrador había acumulado demasiados objetos y no todos eran necesarios: algunos eran redundantes, otros sobraban. El verdadero desafío fue limpiar el texto y transformar lo que podía haber sido una colección de relatos o pequeñas postales independientes en un único organismo, en una sola novela.

P.- Al principio de la entrevista me comentaste que, en parte, esta novela nació cuando te convertiste en padre y empezaste a sentir miedo. ¿Has conseguido superarlo?
R.- Sí, ser padre significa aprender a convivir con ese miedo. Lo importante es que el miedo no termine eclipsando la felicidad y la alegría que también forman parte de la experiencia de ser padre. Pero pienso que ese miedo siempre está ahí, quizá dormido, quizá permanezca oculto, pero nunca desaparece. Es la otra cara de la paternidad.

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