En un día ajetreado de entrevistas y promoción de su nueva novela, Manuel Jabois reconoce que, en esta semana, ha sido "un periodista desenganchado de la actualidad". El autor está de vuelta en las librerías con La Víspera (Alfaguara, Penguin Random House), una nueva novela en la que profundiza en los entresijos familiares, la normalidad, cómo nos perciben los demás y todo aquello que sucede antes de un gran evento, de ahí la constante tensión de la víspera. Sobre y literatura, narrativa y periodismo, Jabois desgrana los apuntes clave de su última obra. 

PREGUNTA: En primer lugar, en toda víspera existen momentos de tensión, de emoción, de intriga por todo lo que está por llegar. ¿Qué interés narrativo tiene este momento previo a la explosión de acontecimientos?

RESPUESTA: El interés de la ficción pura. El día antes de un cumpleaños, de una fiesta señalada, de un viaje. Todo es posible todavía. Todo cabe en la imaginación. Todas las posibilidades están abiertas. Es el folio que todavía está por escribir, no el folio en blanco. Entonces es el momento de las grandes promesas. Luego, cuando empiezan a ocurrir las cosas, empiezan los hechos, empieza el periodismo, ya solo puedes levantar acta de lo que está pasando. El día de antes todavía tienes la capacidad de fabular sobre lo que va a pasar, y a mí eso es lo que más me interesaba a la hora de titular, contar lo que lo que todavía podía pasar.

P: Hay una frase del libro que dice: ‘Una familia sobrevive, si no hace preguntas’. Esta mera frase de por sí ya invita a hacerse muchas preguntas. ¿Qué tabús persisten todavía en el entorno familiar?

R: Lo que ellos pacten en silencio. Una familia también se sostiene sobre silencios, sobreentendidos, secretos y medias verdades. Y no me parece mal que sea así, no me parece incorrecto. Pero los tabús se eligen o, a veces, ni siquiera hay capacidad de elegirlos, simplemente ocurren. Uno crece con un tema del cual no se habla y se va a morir sabiendo que ese tema jamás se va a hablar, me parece muy interesante. Todos tenemos una novela familiar dentro que hay que expulsar cuanto antes, por lo menos los que nos dedicamos a escribir. Y yo pretendía que esta fuese la mía.

P: Suele decirse popularmente que ‘en todas las casas cuecen habas’, que hay secretos por doquier de los que no se habla. ¿El mito de que la familia es sagrada aún permanece en los tiempos que corren?

R: Empieza a resquebrajarse porque se tienen que imponer el pragmatismo y la supervivencia. Hay familias que han convertido la vida de mucha gente en un infierno. Estoy muy a favor de mi familia, como es natural, y de que la gente tenga la libertad de querer por encima de lazos de sangre, que me parecen también muy importantes y me provocan siempre mucha curiosidad.

Estoy completamente en contra de que hay que abolir la familia tradicional o la institución familiar porque creo que cada uno tiene que tener la libertad de estar con la gente que quiere estar. Generalmente, los padres quieren a los hijos y los hijos quieren a los padres y suele ser bastante habitual. Pero, cuando no lo es, deber tener la libertad de dejar de querer. Dejar de querer no sé si se puede, pero hacer tu vida de otra forma y rodearte de otra familia y elegir la tuya propia más confortable.

Hay gente con experiencias especialmente desagradables con su familia y que ha decidido romper lazos y es la mejor manera de sobrevivir y de que tu familia sea otra. Y esa libertad es sagrada, del mismo modo que para que para otros lo sagrado es otra historia. Siempre estoy a favor de que la gente haga lo que le dé la gana sin hacer daño a nadie, que pasen la Navidad con quienes quieran y que vayan a visitar a la residencia a quien quiera.

P: Siguiendo el hilo de esta cuestión, la estructura que plantea de la familia y las características de los personajes evoca a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; también en cierta manera a Carcoma, de Layla Martínez. ¿Funciona también en su novela la herencia moral y emocional como un hilo conductor?

R: Esta es una familia feliz y monstruosa, como tantas, pero han conseguido que funcione muy bien una tara especial que tiene la madre y funciona de pegamento de la familia. El superpoder del que se habla al principio de la novela cuando se dice que el ciego que recupera la vista todavía tiene que palpar los objetos para saber si esto es una esfera o si es un cuadrado, tiene mucho que ver con la carencia biológica, la no elegida. Amalia es una mujer enfrentada al mundo sin herramientas y solo con su propio instinto natural para sobrevivir y darle un sentido a su vida por haber sido madre tan temprano. A partir de ahí, crece un pequeño elefantito en la habitación. Al principio es como divertido y después, según se va alimentando, se hace gigante hasta reventar el cuarto.

Estoy completamente en contra de abolir la familia tradicional o la institución familiar

P: La historia transcurre en Galicia, su tierra natal. ¿Bebe más de su experiencia personal o más de la ficción que quiere desentrañar?

R: Desentrañar más bien. Galicia me gusta mucho, a la hora de elegir ubicación en mis novelas, la escriba donde la escriba, es como si estuviese allí. Entonces describo las playas, el mar y, en los diálogos, hay muchos coloquialismos gallegos. Echo de menos Galicia, me cuesta muchísimo separarme de ese universo, más interiorizado. A la hora de hablar de familia me resulta muy impostado situarla en Madrid porque mi madre no ha tenido familia, no están mis padres, vienen de visita, viene mi hermana y, por supuesto, mi hijo. Entonces, a la hora de hablar de la familia, no de la mía, porque esta novela no va sobre la mía, pero me resultaba mucho más cómodo hacerlo desde allí.

P: ¿Considero que el mundo rural, en ocasiones, puede ser hostil? En referencia a fantasmas del pasado, prejuicios sin sustento y costumbres que no evolucionan.

R: No me gusta hacer sociología sobre eso, porque tampoco tengo una gran experiencia ni un gran conocimiento. Creo que la vida puede ser una mierda en un barrio de una gran ciudad y en la peor calle de una aldea y puede estar provocada por muchísimos factores que no tienen que ver con la condición rural de una localidad o no. No me gustan las etiquetas o mitos, hay algo de verdad en lo que dices, pero también hay algo de verdad en otros lugares. Prejuicios existen en todas partes, por desgracia y, a veces, por fortuna.

P: También ha hablado de Amalia, su protagonista, que representa una mujer que dejó atrás sus ambiciones de vida para embarcarse en el rol de mujer, de ama de casa y para la familia. ¿Qué tipo de mensaje quiere trasladar con esta carta?

R: Me encanta que me hagas esa pregunta, es un cliché porque no hay ningún tipo de mensaje. No quiero dar ningún mensaje. No hay nada, absolutamente ni una sola lección en este libro. Me interesaba muchísimo contar la historia de un día en una familia. Evidentemente pasan cosas porque soy novelista y tienen que pasar cosas. No es una familia rutinaria, no es un día cualquiera, es un día en el que ocurren muchas cosas. Hay un mundo que se desarrolla dentro de una casa y hay un mundo que se desarrolla fuera de esa casa. No hay nada, ninguna enseñanza moral, no hay ninguna lección y me gusta que la gente con mis otros libros a veces me diga no entendió muy bien el final. A lo mejor no hay que entenderlo.

En mi vida pasan muchas cosas que no entiendo y no dejan de pasar, aprendes a convivir con ellas. De repente, llegas a casa y tienes las maletas hechas de tu pareja –no hablo de mí-, y no puedes aspirar a entenderlo. Hay cosas que están ahí y luego desaparecen. Me interesa mucho la pregunta porque me interesaba mucho decir esto: No hay nada que entender, no hay ningún mensaje. Después de leerla, puedes tener tus consideraciones morales, pero no levanto el dedo en ninguna página, no alecciono a nadie.

Prejuicios existen en todas partes, por desgracia y, a veces, por fortuna

P: Habla a su vez de la insistencia de permanecer en la normalidad. ¿Es una búsqueda de comodidad y el conservadurismo o un miedo a no querer enfrentar nuevos retos?

R: Tiene que ver con replegarse. A la protagonista, su hijo le da sentido a su vida porque entiende que al tener un hijo ya tiene una familia, y va a pelear por ella cueste lo que cueste porque además se trata de una cuestión de apariencia, que es fundamental en el libro. Qué aparentamos, cuál es la imagen que damos a los demás. Por eso es importantísimo tener a los cuatro en la mesa el día de su cumpleaños, porque de alguna manera entiende que se da una imagen de unidad, de alguna forma la salva el hecho de que su hijo haya tenido éxito.

P: Aunque ha mencionado que no quería aleccionar a nadie, ¿hay algún tipo de mensaje político en la novela?

R: El que la gente quiera encontrar. Como periodistas que somos, hemos aprendido que cuando escribes algo se lo dejas al público y cada uno saca una interpretación, una lectura diferente. Si hay algo, aunque no lo hice motivado, es una pregunta que late durante toda la novela, que no sé si es muy política o no: ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar tú para defender a la familia tradicional? ¿Cuál es tu línea roja? ¿Hay alguna línea roja en la defensa de una madre, de un padre, de unos hijos, de un hermano?

Es una pregunta muy incómoda, bastante inquietante que a mí personalmente, cuando me puse a escribir, estaba diciendo ‘no’ a cualquier parte para defender a la gente que más quiero. Me gusta muchas veces estar en desacuerdo con mis personajes y con mis tramas, pero lo escribí yo.

P: ¿Cree que una novela tiene mayor capacidad de convicción o refleja mejor la sociedad actual que los medios de comunicación?

R: Hoy los grandes novelistas de la historia, entre los que no estoy, han modelado mejor las sociedades a través de obras literarias universales que contar las cosas como son, que es lo que hacen los periodistas. Hablo de novelas que han reunido una época, que han ejemplificado, como qué significó para la mujer Madame Bovary, o como El Quijote, que fundó un país. Probablemente España sea así porque ha tenido un español que escribió El Quijote, nos hemos parecido nosotros más al Quijote que lo que El Quijote se pareció a su época.

Es un tipo de novela muy popular que llega a todo el mundo y, aun no habiéndolas leído, se sabe perfectamente de qué va. Es muy difícil que un español no sepa quién es Don Quijote o Sancho Panza y cuatro o cinco aventuras que han tenido y que se han popularizado hasta convertirse ya en algo incrustado en la cultura popular.

Se da mucha más importancia a lo que la gente crea que lo que esté pasando

P: El periodismo llega hasta donde llega la verdad. ¿La ficción está ahí para encontrarse o perderse?

R: A mí me gusta pensar que funciona para encontrarse. Aunque las cosas que se cuenten sea mentira, más bien ficción que mentira, puede ocurrir de verdad, puede ser verdad. Hay ficciones, hay novelas, y hay historias inventadas que son inventadas porque se le ha ocurrido a alguien en la cabeza, pero también le está ocurriendo a alguien en su vida.

P: En el periodismo actual, tal y como están ahora mismo los medios de comunicación, y la proliferación de falsas informaciones o medias verdades. ¿Ha llegado un punto en que la ficción se ha adentrado en el relato?

R: Hay una necesidad constante de imponer un relato narrativo por parte de la política en muchos ámbitos. De repente, tiene mucha más importancia lo que la gente crea -bueno, siempre lo ha tenido-, pero en esta época mucho más. Se da mucha más importancia a lo que la gente crea que lo que esté pasando. Hay que hacer creer a la gente que está pasando algo que probablemente no esté pasando. De esta forma modelamos no ya una manera de votar, sino también una manera de estar en la calle, en la vida, en comunidad.

Un ciudadano que cree una mentira no suele ser un buen ciudadano; un ciudadano engañado puede ser un buen ciudadano al que están engañando, pero un ciudadano que sabe dónde está la verdad, no la quiere asumir y genera un relato de la mentira, ese sí es un mal ciudadano.

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