Todo empezó con una pregunta de una simpleza casi ofensiva: ¿cuántos poetas hay ahora mismo en España? La sospecha era que muchos. La certeza, ninguna. Y esa desproporción —una intuición unánime sin un solo dato detrás— acabó convirtiéndose en una obsesión.

Existe un registro de casi todo. El Estado sabe cuántas explotaciones agrarias hay, cuántos turismos circulan, cuántos pisos están vacíos y en qué barrios. De quienes escribimos poesía, nada. No hay cifra, no hay mapa, no hay serie histórica. Así que el Censo Nacional de Poetas nace de un gesto que suena raro dicho en voz alta: hacerle una pregunta administrativa a la poesía.

Doscientos setenta y cinco

El Censo estuvo en pruebas desde el 7 de junio y se presentó oficialmente el 6 de agosto de 2026. Ese mismo día llegó a cien inscritos. Cuatro días después eran doscientos. Hoy son doscientos setenta y cinco. Mañana, quién sabe. 

No hubo campaña, ni presupuesto, ni apoyo institucional —todavía; si esto llega a diez mil, seguro que le interesa a algún ministro—. Hubo un enlace, y detrás del enlace una necesidad esperando. Esa velocidad es, seguramente, el dato más elocuente de todo el proyecto: no explica cuántos poetas hay, sino que hay mucha gente que lleva tiempo queriendo formar parte de una comunidad como esta. 

El mapa que ha ido dibujándose tiene poetas en 41 de las 52 provincias. Nos faltan once: Ceuta, Huelva, Lleida, Melilla, Ourense, Palencia, Segovia, Soria, Tarragona, Valladolid y Zamora. 

Un anticenso

La palabra “censo” levanta reticencias, y con razón. Algunos amigos me lo dijeron enseguida: yo no quiero estar en ningún listado. Otros preguntaron para qué sirve esto exactamente. La respuesta honesta es que, en el sentido utilitario, para nada. Ahí está precisamente la gracia.

Porque esto es, más bien, un anticenso. No hay jurado. No hay requisitos. No hay que haber publicado, ni ganado nada, ni pertenecer a ningún otro club. Basta con querer formar parte. Yo diría que basta con haber escrito un solo poema en la vida para poder afirmar que uno es poeta, y el Censo funciona exactamente con esa premisa.

Llevamos décadas discutiendo quién entra en las antologías, quién representa a una generación, quién merece figurar, dando lugar a eso que se conoce como “canon”. El censo se desentiende de esa conversación entera y hace algo mucho más sencillo: contar. Y al contar aparece un retrato que ninguna antología puede ofrecer. Porque una antología elige, y un censo, simplemente, registra.

La vanidad no existe en un censo. La vanidad necesita jerarquía, y aquí no la hay. Nadie está por encima de nadie porque no existe orden de mérito; de hecho, el directorio se muestra al azar, para que nadie ocupe el primer puesto por el mero hecho de haber llegado antes.

Poetas burócratas

Me acusaron, medio en broma, de traer la burocracia a la poesía. Me pareció una acusación muy acertada, porque la burocracia lleva dentro de la poesía desde siempre (y viceversa). Pessoa despachaba correspondencia comercial. T. S. Eliot trabajó durante años en un banco. Valéry vivió de un empleo administrativo. Mallarmé daba clases y manejaba cientos de papeles. César Vallejo, Wallace Stevens —directivo de una aseguradora—, Marianne Moore, Gabriela Mistral: todos ellos convivieron con el papeleo, el formulario y el archivo.

Darle la vuelta a esa relación y usar el instrumento burocrático como forma poética me parecía, más que una boutade, una manera de señalar algo. El formulario es también un género literario. Y un recuento puede acabar siendo, sin proponérselo, otra cosa.

Porque el censo es hoy, además, una antología. Más de quinientos poemas de autoras y autores de toda España, que puede leerse gratis, sin selección previa y sin nadie decidiendo por nadie. Aquel amigo que no quería estar en ningún listado me comentó, cinco minutos después, que había descubierto un montón de poetas leyendo el Censo. Le contesté lo obvio: que a lo mejor estaría bien que se inscribiera, para que los demás pudieran leerlo también.

A cada obsesión le corresponde una forma

María Negroni recuerda una idea de Pavese que explica bastante bien todo esto: que un poema nace en el momento en que una obsesión encuentra su forma. Mi obsesión era saber cuántos poetas había en España, y la forma que le correspondía no era un poema ni un ensayo: era una base de datos. Un Censo.

Se ha construido con inteligencia artificial —Claude para el código, Vercel y Supabase para su desarrollo— en unos pocos días de trabajo. Una herramienta hecha por poetas para poetas, sin intermediarios. Y el recuento, una vez puesto a andar, ha empezado a decir cosas que no esperaba. La estadística del Censo revela, por ejemplo, que el verso más frecuente sigue siendo el octosílabo, pese al dominio del verso libre. O qué palabras se repiten en los poemas de toda España, que es una forma involuntaria de retrato colectivo.

Nos vemos en el Censo

Queda mucho por hacer. Faltan once provincias. Faltan muchísimos (¿cientos? ¿Miles? ¿Millones?) poetas que escriben en este país y todavía no saben que ahora existe un Censo. 

En poesía casi todo se hace en soledad. Saber que uno forma parte de algo no es poca cosa. Estar en el censo no acredita nada, pero deja constancia, cuando menos, de que existimos.

Nos vemos en censo.lapiscifactoria.es.

El Censo Nacional de Poetas es un proyecto de La Piscifactoría Laboratorio de Creación, un espacio formativo dirigido por Gonzalo Escarpa que lleva en marcha desde 2006 y ha contado con sedes en España y México.

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