Después de beberme una botella grande de agua de un trago, descubrí que lo que me había despertado hacía una hora había sido la sed. Miré el reloj que llevaba guardado en la mochila para que no me dejara marca con el sol. Las seis. Me había quitado el reloj una hora antes, al bajar a la playa. Tenía el móvil sin batería. Quedaba una hora y pico para el eclipse total.

Había bajado a la playa para dormir después de darme un homenaje mar y montaña - siempre por separado - de carabineros e ibérico. En agosto, la montaña solo la quiero en el paladar. Tengo la piel de los muslos y de los hombros levantada por el sol y el agua del mar. Este verano no me he preocupado demasiado por eso. No me he preocupado demasiado por nada. Ni siquiera por comprar gafas para ver el eclipse.

Saco Los Destrozos de la mochila y me leo un capítulo esperando que pase el tiempo y que el libro me enganche por fin. En las veintipico páginas que dura el capítulo tres me pasan ambas cosas. También me siento goloso. Todavía no me he comido un helado estando de vacaciones. Como tengo que cargar el móvil, me acerco a la primera heladería del paseo y me pido una bola gigante de helado de leche merengada. Es mi favorito. Me reafirmo a cada cucharada. Lácteo, dulce, ligeramente especiado y con un regusto a piel de limón escondido en el último recoveco del sabor.

Esta mañana me he despertado tarde, me he sentado mirando al jardín y me he tomado dos cafés para despejarme. Después he ido al gimnasio. En el camino de vuelta a casa, después de terminar el helado y cargar el móvil, he empezado a notar los efectos del eclipse sin tener que mirar al sol, a la luna o a lo que sea que hace que la marea haya bajado doscientos metros en una hora; que los perros guardianes, normalmente tranquilos, de las casitas de Valdelagrana se pongan a ladrar y que yo tenga un nudo de cordón de zapato - seguro y desatable al mismo tiempo - en el pecho.

Me he puesto a cantar en voz baja por la Calle de la Sal Farewell Angelina (the sky is embarrassed and I must be gone) y he arrancado unas flores de jazmín que asomaban por la tapia de una casa y he hecho un atillo con ellas. Antes de entrar en casa cogí una última flor, rosa y grande, y terminé el bouquet. Llené de agua una jarrita azul y le puse las flores al lado de la foto de mi abuela de joven que preside el aparador.

Me di una ducha con la manguera en el jardín y regué el césped. Me unté de Nivea. Para ese entonces, el cielo había mudado la piel como yo, y la luz que inundaba mi casa, el Puerto y el país entero ya había cambiado. Era como si le hubieran puesto una pantalla gris a una lámpara que siempre brilla en amarillo.

Extrañamente, porque significa mucho para mí, por primera vez en doce días miro al reloj de sol que mi abuelo se hizo hacer en uno de los muros de la casa, que reza: “Ni cedo ni cejo”. No da el sol, no marca ninguna hora. Me siento en el banquito del porche y me pongo a llorar pensando en Lady Halcón, una película que me encantó cuando tenía seis años.

Los protagonistas eran un soldado y una doncella, Navarre e Isabel, hechizados por un obispo que se había pasado al lado del demonio. Les hechiza por su amor. Él se convierte en lobo por las noches y ella en halcón durante los días. Él la protege como animal y gruñe a quien se le acerque y se echa a dormir después a su lado. El halcón se posa en su hombro durante el día mientras hace cosas de soldado. La única forma de romper la maldición es con un eclipse.

Miro al sol de reojo y cierro los ojitos, y se me secan las lágrimas. Los vuelvo a abrir y vuelvo a Los Destrozos. Me abro una Coca-Cola helada y le dedico un brindis al sol con la mano izquierda. Ya estoy dentro del libro.

Al rato llegan mi primo y su novia de echar el día en Roche y ver el eclipse con unas gafas que les ha dejado una familia. Se duchan y se visten. Bromeo con Marta sobre lo mucho que tarda mi primo en ducharse y vestirse. Damos el paseo inverso de la tarde: de casa al paseo marítimo.

Cenamos en La Fría: grandísimo homenaje para impresionar a la invitada gallega y para que sepa que la cocina del sur es una cosa seria. Se le antojan rápidamente unas banderillas de atún y las huevas. Salen tres tortillitas de camarones gigantes. Pasamos a la manzanilla y acabamos la botella. Mónica, la jefa, nos invita a una ronda más. Mi primo y yo nos bebemos la copa de Marta, que solo bebe manzanilla cuando toma rebujito.

Nos echan de La Fría entre risas. Pasamos al chiringuito, que cierra a las dos, y jugamos a cambiar el mundo y nuestras vidas hasta que también nos echan del chiringuito. Volvemos a casa.

Me quedo solo en la mesa del porche. Escribo tres mil palabras sobre Lady Halcón que no quiero publicar. Me voy a dormir a las cinco. Pongo la cabeza sobre la almohada y me río muy alto, y hasta pataleo como un animalillo un poco en la cama porque mañana no va a sonar el despertador.

Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes

Síguenos en Google Discover

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora