De pronto llegan las necrológicas, las fotografías en blanco y negro, las listas de canciones imprescindibles y esa extraña costumbre periodística de convertir cuarenta años de trabajo en tres sustantivos separados por comas. Músico, dibujante, escritor. Fin.
Con Víctor Coyote, hacerlo sería particularmente injusto.
No porque no fuera músico, dibujante y escritor. Lo fue. También diseñador gráfico, autor de cómics, realizador audiovisual y tantas otras cosas que enumerarlas empieza a parecer menos una biografía. Su problema -si es que alguna vez fue un problema- consistió en no entender por qué había que escoger solamente una.
Coyote perteneció a una generación que la historia cultural española acabó empaquetando bajo una marca formidable: la Movida madrileña. Una etiqueta tan poderosa que todavía hoy amenaza con devorar casi cualquier conversación sobre quienes estuvieron cerca de ella. Pronunciamos “los ochenta” y aparecen automáticamente neones, chupas de cuero, Malasaña, sintetizadores, fotografías nocturnas y una España convencida de que acababa de inventarse a sí misma.
Había nacido en Tui, Galicia, en 1958 y llegó a Madrid para estudiar Bellas Artes. A finales de los setenta fundó Los Coyotes, una banda que comenzó transitando por terrenos cercanos al rockabilly y el punk, pero que pronto tomó carreteras bastante menos previsibles. Mientras buena parte de la modernidad española miraba hacia Londres, Berlín o Nueva York buscando instrucciones de uso, Coyote giró la cabeza hacia otros mapas.
Cumbia. Salsa. Merengue. Funk. Ritmos latinoamericanos. Música de raíz.
Los Coyotes terminaron construyendo una propuesta en la que el rock podía dejar de fingir acento anglosajón y mirar hacia América Latina sin pedir disculpas. De ahí que Coyote haya sido señalado como uno de los pioneros del llamado rock latino en España, aunque incluso esa definición se le queda pequeña. Su música estaba atravesada por una curiosidad que parecía desconfiar de las fronteras genéricas.
Su carrera parecía impulsada por la sospecha permanente de que había alguna puerta que todavía no había abierto. Esa inquietud explica sus metamorfosis musicales, pero también que la guitarra acabara compartiendo espacio con el dibujo, el diseño, el cómic, el cine y la literatura.
Sus trabajos gráficos aparecieron en publicaciones, portadas y proyectos culturales; desarrolló obra vinculada al cine, realizó piezas audiovisuales y publicó libros como Cruce de perras. Su sello, El Volcán Música, todavía lo presentaba precisamente insistiendo en esa dimensión múltiple; no únicamente músico, sino también ilustrador y creador gráfico.
Hace apenas unos meses, además, el Festival de Cans había decidido reconocer esa trayectoria heterodoxa concediéndole el Chimpín de Prata. El certamen gallego destacó entonces más de cuatro décadas de creación tanto musical como visual y le dedicó también espacio expositivo. En mayo de 2026 se inauguró Traballos de cine, una muestra centrada en su relación con el audiovisual.
En enero había publicado El Propio, un recopilatorio de su trayectoria en solitario que incluía además una canción inédita, Así me tratan ahora. No era solamente arqueología musical. Era otra forma de recordarnos que el pasado, para él, servía mejor como material de construcción que como museo.
Durante décadas, la cultura popular ha premiado la coherencia entendida de la manera más aburrida posible. Haz aquello por lo que te conocemos y procura no confundir demasiado al algoritmo, a la discográfica, al periodista ni al espectador.
Víctor Coyote hizo casi lo contrario. Cambiar de lenguaje, de sonido, de formato. Pasar de una canción a un dibujo y de un dibujo a una película sin pedir permiso en la aduana de las disciplinas.
Por eso tal vez ahora haya que evitar una despedida demasiado limpia.
La Movida fue un lugar por el que pasó. No su dirección postal definitiva. Canciones como Esta noche me voy a bailar o 300 kilos forman parte inevitable de su historia, pero alrededor de ellas existe una obra mucho más difícil de reducir a la nostalgia radiofónica. Hay diseño, ilustración, literatura, videoclips, documentales y una manera peculiar de entender la cultura como territorio permeable.
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