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El Regate

Messi, el hombre que resucitó para escribir su evangelio con Argentina

Su historia con la selección empezó con una expulsión, pareció morir tras una final perdida y terminó convertida en un relato de caída, redención y fe. Messi necesitó una segunda vida para conquistar

Messi juega su último partido con la selección Argentina en Buenos Aires. Roberto Tuero/EP.

Messi juega su último partido con la selección Argentina en Buenos Aires. Roberto Tuero/EP.

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Toda resurrección necesita una caída. Todo evangelio, un tiempo de dudas antes de la fe. La historia de Lionel Messi con Argentina empezó casi como una advertencia: su debut con la absoluta duró apenas unos segundos antes de acabar expulsado. Aquel chico de 18 años todavía no podía saberlo, pero su camino con la albiceleste iba a parecerse menos al de un elegido que al de un creyente obligado a atravesar su propio calvario antes de alcanzar la redención.

Visto desde el final, cuesta imaginar un prólogo mejor. Porque durante buena parte de su carrera internacional, Messi tuvo una relación extraña con los desenlaces. Ganaba casi todo en Barcelona y perdía cuando se acercaba al último escalón con Argentina. Llegó a cuatro finales con la absoluta entre 2007 y 2016 y perdió las cuatro: tres Copas América y un Mundial. En su país, cada derrota alimentaba el mismo juicio. Se discutía su carácter, su forma de vivir los partidos, su relación con la camiseta y hasta el volumen con el que cantaba el himno.

Argentina ya tenía un dios y se llamaba Diego Armando Maradona. La comparación acompañó a Messi durante años como una presencia imposible de esquivar. No bastaba con jugar como Messi. Para una parte del país debía ganar como Maradona, hablar como Maradona, sentir como Maradona. Ser él mismo parecía insuficiente mientras no pudiera reproducir una historia que pertenecía a otro.

Era el mejor jugador del mundo y, al mismo tiempo, parecía estar obligado a demostrarlo de nuevo cada vez que aterrizaba en Buenos Aires. Hasta que llegó la caída.

Una muerte en Nueva Jersey

La noche del 26 de junio de 2016, Argentina volvió a perder una final contra Chile. Messi falló el primer penalti de su selección en la tanda, se quedó sentado sobre el césped y después salió del vestuario convencido de que aquello había terminado.

“Se terminó para mí la selección”, dijo. Tenía 29 años y acababa de sufrir su cuarta derrota en una final con Argentina. “Lo busqué, era lo que más deseaba, no se dio”.

Durante unas semanas, aquello no fue una metáfora. Messi había dejado Argentina. Y ahí podría haber acabado su historia. Seguiría habiendo sido uno de los grandes futbolistas de siempre. Ya tenía Champions, Ligas y Balones de Oro suficientes para ocupar cualquier conversación sobre los mejores. Pero habría quedado atrapado para siempre en esa grieta absurda entre el Messi del Barcelona y el Messi de Argentina. El genio que lo había ganado casi todo salvo aquello que un país entero esperaba que ganara.

No habría Maracaná. No habría Wembley. No habría Lusail. No existirían algunas de las imágenes que hoy parecen inevitables porque ya sabemos cómo terminó todo. La grandeza de su historia está precisamente ahí: Messi ganó con Argentina después de haber aceptado que quizá nunca ganaría con Argentina. Antes de conquistarla, tuvo que perderla.

Una resurrección en Maracaná

Regresó apenas unas semanas después. Pero la redención no fue inmediata. Todavía quedaban Rusia 2018, otra eliminación, nuevas heridas y una Copa América de 2019 que volvió a terminar sin título. La resurrección también necesitó tiempo. Y necesitó un equipo.

Con Lionel Scaloni, Argentina dejó poco a poco de pedirle a Messi que fuera la solución a todos sus problemas y empezó a construir un lugar en el que pudiera ser simplemente Messi. El cambio no llegó mediante una revelación repentina, sino a través de futbolistas nuevos, vínculos nuevos y una selección que aprendió a convivir con su capitán sin convertir cada partido en un plebiscito sobre su grandeza.

Entonces apareció el Maracaná. El 10 de julio de 2021, Argentina derrotó a Brasil y conquistó la Copa América después de 28 años sin ganar el torneo. Cuando terminó el partido, Messi cayó de rodillas. Esta vez nadie esperaba una explicación. Sus compañeros fueron hacia él. Habían pasado casi quince años desde su primera final perdida con la absoluta.

Aquel título no hizo mejor futbolista a Messi. Tampoco necesitaba una copa para justificar lo que llevaba década y media haciendo con un balón. Pero cambió otra cosa, quizá más importante para esta historia: cambió la fe. Argentina dejó de preguntarse qué le faltaba a Messi.

Después llegó la Finalissima frente a Italia. Después Qatar. Después la Copa América de 2024. Lo que durante años había parecido una condena se convirtió casi de golpe en una acumulación de títulos. El futbolista que no podía ganar con Argentina empezó a ganarlo todo.

El evangelio según Messi

Por eso su historia con la selección no se explica bien siguiendo únicamente una línea de tiempo. Funciona mejor como esos relatos antiguos en los que el protagonista debe caer antes de comprender qué significa levantarse.

Hay algo profundamente futbolístico, y también profundamente humano, en esa secuencia. La derrota no prepara necesariamente para la victoria y el sufrimiento no garantiza ninguna recompensa. El fútbol está lleno de grandes jugadores que nunca encontraron una segunda oportunidad. Precisamente por eso la historia de Messi resulta tan difícil de escribir sin que termine pareciendo ficción. Porque volvió. Y cuando volvió cambió incluso la manera en que Argentina lo miraba.

El niño de Rosario que había tenido que marcharse demasiado pronto terminó convertido en capitán, referencia y refugio de una selección campeona. La camiseta que durante años parecía pesarle terminó siendo probablemente la que mejor explicó la última parte de su carrera.

El círculo se cerró este martes en el Monumental. Con 39 años, Messi disputó su partido número 208 con Argentina, marcó su gol 126 y repartió dos asistencias en el 3-0 contra Benín. Más de 85.000 personas acudieron para despedir al futbolista al que durante tantos años habían pedido respuestas. Esta vez no había preguntas. 

Solo quedaba la fe. Messi se marchó cuando creyó que su historia con Argentina había terminado y volvió para escribir la parte más improbable. La primera vida acabó en 2016; la segunda empezó cuando decidió regresar. Y fue entonces cuando Argentina dejó de exigirle milagros y empezó, simplemente, a creer.