“Terrorista” es una palabra que para las personas de mi generación crecidas en España tiene mucho significado. De pequeño yo lo tenía muy claro, se trataba de una banda de gente muy mala que asesinaba indiscriminadamente a inocentes. Acababa de cumplir diez años cuando vi a mis padres mirar las noticias de la tele en las que se decía que ETA había puesto una bomba un Hipercor de Barcelona, un lugar en el que familias perfectamente normales hacían sus compras ¿Resultado? Veinticinco personas asesinadas, cuarenta y cinco heridas y decenas más traumatizadas para siempre. En la cabeza de ese niño estaba clarísimo: Eso era terrorismo.

Hoy, ya adulto, no puedo evitar echar de menos esa simplicidad, esa inocencia, porque parece ser que terrorismo es un concepto líquido que se aplica según nuestras fobias y filias y no en función de actos objetivos. El 28 de febrero Estados Unidos e Israel bombardearon la escuela de primaria Shajare Tayebé de Minab en Irán. Lo hicieron en hora lectiva asesinado a 168 personas, la mayoría niñas de entre siete y doce años que asistían a sus clases. Según la lógica que me enseñaron de pequeño estaría clarísimo: Eso es terrorismo.

Pero resulta que no, que lo aprendí mal, que se trata de un “posible error que estamos investigando” y que no tendrá ningún castigo para los asesinos porque no son asesinos, sino militares cumpliendo una misión, que como todo el mundo sabe son cosas totalmente distintas. Siendo un niño me enseñaron también que en el primer mundo había algo llamado “justicia”. Me dijeron que cuando alguien cometía un delito, por muy grave que fuera, tenía derecho a un juicio justo con garantías en el que, solo al final de un largo proceso, podría ser castigado de acuerdo con lo que dictara la ley. Olvidaron decirme que ese derecho era solo aplicable a personas del primer mundo.

A principios de este mismo año Estados Unidos bombardeaba lanchas lejos de sus aguas jurisdiccionales que presuntamente llevaban drogas asesinado extrajudicialmente a todos sus tripulantes, personas que por lo visto no merecían juicio alguno. El mismo día del asesinato de las niñas que estudiaban en su colegio, Estados Unidos e Israel asesinaron también al Ayatolá Alí Jameneí al bombardear su vivienda. Tampoco hubo juicio, claro, pero es que además se vendió como un gran éxito del que sacar pecho cuando en la misma operación también se acabó con la vida de su hija, de su nuera, de su yerno y de sus dos nietas, una de ellas de catorce meses de edad. Esto ni siquiera se entendió como un “posible error que estamos investigando” esto fue un éxito. Rotundo.

Antes de que alguien sienta la necesidad de atacarme por no condenar el régimen iraní seré muy claro: si lo que nos cuentan que hacen allí es cierto, soy su detractor número uno. Solo digo que si según la RAE terrorismo es una “sucesión de actos violentos ejecutados para infundir terror” quizá haya más terroristas ahí fuera de los que aparecen en la listas occidentales, porque si el comandante en jefe del ejercito más potente del mundo te está bombardeando (sucesión de actos violentos) y amenaza con acabar con toda tu civilización (eso podría infundir bastante terror) las cuentas salen solas.

El niño que hay dentro de mí lo tiene clarísimo.