Esta es una de esas veces en las que sabes que lo que estás escribiendo va a acarrearte unos cuantos simpáticos mensajes de odio… vamos allá.
“Prioridad nacional” es un enunciado con el que mucha gente puede llegar a sentirse cómoda, a nivel marketing parece inteligente. “Primero los de aquí” no suena mal cuando tú eres de los de aquí. Es atractivo, y lo es porque habla de comunidad, de protegerte a ti y proteger a los tuyos. Es una declaración que puede llevarte a sentir que hay dirigentes políticos que sí se preocupan por su pueblo y lo priorizan. Parece razonable que en una situación de recursos limitados y escasez se afirme que no se puede compartir, eso solo te lo puedes permitir cuando sobra y, aceptémoslo, hay muchos españoles que se sienten apurados. De manera que sí, es genial que alguien se acuerde de ellos y les diga: Lo poco que haya primero para vosotros porque sois de los nuestros. Simple. Brillante.
El problema de toda idea simple es que se ajusta muy mal a la complejidad de la realidad. Durante años se ha estado trabajando en relacionar inmigración con peligro, con inseguridad, con delincuencia, con ilegalidad… conceptos todos negativos y atemorizantes que han calado en la parte española de la sociedad de España porque -y esto sé que no va a gustar a muchos, pero no maten al mensajero - la sociedad española no está conformada exclusivamente por españoles, también lo está por personas de otras nacionalidades. Según el INE en este país viven diez millones de no españoles y considero fundamental parar un instante para pensar qué significa eso.
Vivir es que de lunes a viernes te despiertas pronto, vas a tu trabajo o a tus estudios, cumples con tu jornada al tiempo que te relacionas con tus compañeros, compras en el supermercado, posteas en Instagram, ves los partidos de fútbol de tu equipo favorito, sales los fines de semana si estás en la edad, y repites semana tras semana. Naciste en otro lugar, es cierto, pero tu día a día, tu fuerza de trabajo, tus madrugones, tu cotidianidad y tus recuerdos se dan aquí. Aquí vas celebrando tus cumpleaños. Ves El Hormiguero o La Revuelta, escuchas la COPE, la SER, o Radio Marca. Eres parte de la sociedad en la que desarrollas tu proyecto vital del mismo modo que esa sociedad es parte de ti.
Recuerda la cifra: Diez millones. Si realmente fueran peligrosos delincuentes estaríamos todos muertos. Si vivieran de paguitas (cómo odio esa palabra) el estado hubiera colapsado hace tiempo. Las personas que han llegado no significan un problema per se, son parte integrante de tu comunidad igual de interesada que tú en que las cosas funcionen.
Esa idea aparheidiana de “Trabaja, aporta, pero no aspires a tener derechos” se basa más en las tripas, que en la cabeza. Eso de la prioridad nacional puede sonar sensato, pero tiene más que ver con la animadversión irracional que con la justicia más elemental.
Recordarle al veinte por ciento de la población que es indeseable crea grietas en la estructura social de un país. Exactamente lo contrario a lo que debería aspirar un dirigente público. Que haya gente con poder que sienta que puede dar y quitar derechos a voluntad a todo un grupo humano debería hacernos temblar porque su inquina no es hacia el de fuera, sino hacia el que no identifican como semejante ¿O alguien piensa que Abascal se siente más próximo a Sánchez que a Orbán por muy español que sea el presidente?
Es momento de plantearse qué tipo de sociedad queremos ser, una que aspire a incorporar a todos sus individuos en un proyecto común y esperanzador, o una excluyente que se cierre en sí misma mientras envejece y se niega a entender que la injusticia hacia un sector del conjunto convierte a la totalidad en injusta.