En el mundo de la creatividad hay un gran debate, mitad ético mitad práctico sobre el futuro, o más bien presente, de la Inteligencia Artificial y cómo nos va a afectar.
Todos los gurús están poniendo ya cifras y plazos concretos, que si no sé cuántos millones de personas se quedarán sin trabajo, que si los cines van a desaparecer, que si ya no harán falta personas que escriban y demás consignas de profetas de Hacendado que en realidad solo quieren que les hagan casito.
Yo en general estoy tranquilo, no sé si debería estarlo pero lo estoy. Y todo gracias a una teoría que se ha instalado en mi cabeza sin ningún fundamento científico y sin ninguna voz autorizada que la respalde. Lo cual hace que mi teoría tenga más de opinión que de teoría, pero yo la voy a contar de todas maneras.
La Inteligencia Artificial está hecha por personas, así que podemos deducir que una IA podrá hacer lo que hacen sus creadores, para bien y para mal. Por ejemplo, una de las mayores críticas a Chat GPT es que se inventa los datos para quedar bien. Como si los humanos no lo hiciéramos. Ayer mismo, cenando con unos amigos ,lo hice tres o cuatro veces sin ponerme ni colorao.
Entonces, si la tecnología está hecha a nuestra imagen y semejanza, creo que jamás podrá ser un motor cultural infalible porque nosotros mismo no sabemos de dónde surge eso tan delicado y esquivo como la creatividad.
Pongamos por ejemplo un chiste. Ese mismo chiste, contado por una persona puede hacer que todo un teatro se muera de risa, y contado por otra puede generar silencio, carraspeos e incomodidad. Pero no solo eso. El mismo chiste, contado por la misma persona, un día funciona y al siguiente no.
Leonard Cohen, cuando le dieron el Princesa de Asturias, resumió esto de una manera preciosa: si hubiera un sitio de donde surgen las buenas canciones, iría más a menudo. Joaquín Sabina dijo algo parecido cuando explicó que una buena canción necesita una buena melodía, una letra bonita y ese no sé qué, que nadie sabe explicar, que hace que la canción toque el corazón de la gente.
Cuando los clientes me preguntan si una campaña va a funcionar o no, suelo responder lo mismo: el que te asegure que algo va a ir bien te está mintiendo. Por eso hay películas que parecía que iban a pasar desapercibidas, como Ocho apellidos vascos que, de repente, hacen 65 millones de euros en la taquilla. Y otras, con todos los mimbres para ser un éxito, acaban con más deudas que espectadores.
Eso es lo más increíble del arte, que en realidad, más allá del oficio y de la experiencia, dependemos de algo que en realidad nadie sabe de dónde viene. Y como no sabemos de dónde viene no podemos enseñar a ninguna máquina a buscarlo. Porque entre el emisor y el receptor hay una especie de zona negra, que nadie sabe definir, una especie de filtro por la que, de vez en cuando, se cuela algo que hará que la piel del que está en frente se erice.
La creatividad no es una ciencia, es un oficio donde se venden intuiciones. La gente no sabía que necesitaba las pelis de Tarantino hasta que vio Pulp Fiction. Y me imagino que ni siquiera Tarantino supo lo que conseguiría su película.
Por eso estoy relativamente tranquilo con esto de la Inteligencia Artificial. Es una herramienta increíble, por supuesto, y la uso a diario, pero no sabrá encontrar la fórmula del arte porque nadie la tiene ni la ha tenido jamás.
Eso sí, el día que una Inteligencia Artificial sea graciosa, mejor que salgamos todos corriendo, porque lo de Terminator va a parecer Disneylandia.
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