Hay quien piensa que el verano empieza en el solsticio que lleva su nombre, cuando el hemisferio norte está más inclinado hacia el sol y el día tiene más horas, lo que ocurre entre el 20 y el 22 de junio de cada año. Y también hay quien piensa que la llegada del estío la marca el primer guiri que se estampa contra el suelo saltando desde su habitación de hotel a la piscina del mismo. En ese caso, el verano de 2026 comenzó el 8 de junio, en un hotel de San Antoni, Ibiza.
Pero mucho antes, mucho mucho antes, hubo un caso de balconing en España que no sucedió en verano y que estuvo a punto de costarnos algo más que la vida de un turista hasta arriba de sangría y estupefacientes. Sucedió en Navidad, y todo comenzó con el fin de una dinastía que coqueteó demasiado con el incesto.
El mandato de los Austrias tuvo su fin en Carlos II, apodado el hechizado en un ejercicio de eufemismo de primer nivel. El rey, después de siglos sin que nadie ventilase el ADN en su familia, murió esquizofrénico, sin poder hablar del todo bien, medio cojo, estéril y por lo tanto sin descendencia. Esto inició una guerra con los Borbones por ver quien se quedaba las llaves de un imperio en el que poco a poco se iba poniendo el sol. Felipe V ganó la guerra y llegó con unos modales y gustos muy diferentes a los de los Austrias, y lo primero que le hizo torcer el morro al llegar fue el palacio donde iba a vivir. El Alcázar, situado donde hoy está el Palacio de Oriente, era como eran los que antes mandaban aquí: medieval y tosco. Más una fortaleza que un palacio. Y el pobre Felipe quería vivir en algo más parecido a la residencia que su abuelo Luis construyó en Versalles: barroca, exagerada y sin ahorrar en florituras.
Este conflicto estético nos lleva a la Nochebuena de 1734. Felipe V quiso pasar las fiestas en el Pardo y encargó que se llevaran allí las joyas y las obras de arte que más le gustaban del Alcázar. Esta decisión alimenta la leyenda de que en realidad tenía pensado quemar el dichoso castillo y aprovechar la necesidad de tener que construir un palacio nuevo para hacerse uno acorde a los gustos de la realeza gabacha. Cuando a las 00:15 sonaron las campanas para avisar del incendio, los madrileños, que siempre han sabido priorizar, pensaban que en realidad se estaba celebrando el nacimiento de nuestro salvador, y siguieron con lo suyo: estar de juerga sin atender un problema más que evidente.
Así que fueron las personas al servicio de su majestad en el Alcázar quienes, a toda prisa, tuvieron que sacar como pudieron todas las obras de arte y joyas descartadas por el rey, entre las que estaba el cuadro de las Meninas, que tuvo que ser lanzado por un balcón para no acabar quemado. El cuadro se pegó un golpe tremendo, casi tanto como el del guiri que arrancó el verano este año, y hubo que restaurarlo para dejarlo como está ahora.
Una de las obras más importantes de la pintura española tuvo que saltar de un cuarto piso, y no por un puñado de likes o por impresionar a una chavala de Gales, sino por sobrevivir de un incendio que dicen fue provocado por su mismo dueño.
El final, por suerte, fue feliz para todos. El cuadro salió vivo y Felipe V tuvo el palacio que quería, el mismo que hoy está en el centro de Madrid, desde el que se ve cómo el alquiler sube por minutos y cómo los madrileños siguen priorizando el cachondeo aunque la alarma cada vez suene más fuerte.
Pero esa no fue la última vez que las 13 personas y el perro a los que pintó Velázquez en su obra magna estuvieron a punto de no contarlo. Siglos después, en 1936, un puñado de canallas que iniciaron una guerra y que siempre despreciaron el arte y a las personas que lo crean comenzaron a tirar bombas tan cerca del Prado que hubo que coger todos los cuadros y sacarlos de España para salvarles el cuello. Pero esa es otra historia.
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