Mis pies recorren la distancia entre Piquío y el Barrio Pesquero. Serán unos 5 kilometros. Una hora larga andando. En mis cascos, El Infierno es Demasiado Dulce de Eskorbuto. Me habré cruzado con cientos de personas durante el paseo. Solo he visto dos rostros conocidos y nos hemos aplicado el saludo santanderino. Ya sabes, mirar para otro lado porque ambos sabemos que nos caemos mal.

Transito el camino dándome cuenta de que no conozco a nadie en mi propia ciudad. Quizás sea porque tantos años viviendo en Madrid significan que ya no soy de aquí o que aquí ya no queda gente de aquí. El turismo masivo que sufre Cantabria hace que me sienta un forastero en mi propia tierra. El otro día fui a comer a un restaurante y me soltaron que tengo un apellido muy cántabro para ser de fuera. Fue jodido. 

Santander en verano es invivible. Las fiestas patronales son un ejercicio casposo en el que confluyen grupos de rancios STV (santanderinos de toda la vida), acabados que no aceptan el fin de su juventud y se unen a peñas taurinas en busca de no sé todavía el qué, despedidas de solteros, botellones y unas brigadas internacionales de Cayetanos, con su pelito para el lado, sus pulseritas rojigualdas y su conexión con ese concepto etéreo llamado "el norte". Cómo va a ser 'tu sitio' mi casa si has nacido en Pozuelo de Alarcón, muchacho. Todo ello bajo un paragüas cultural casposo y plagado de espectáculos musicales deficientes y anticudados. Fiel reflejo de la ciudad.

Y esto es solo culpa de la propia Santander, sus habitantes y sobre todo, que llevan gobernando los mismos desde 1937. El PP y la alcaldesa Gema Igual han vendido la ciudad, han usurpado su esencia y han convertido a la capital cántabra en un lugar sucio, vallado, abandonado, lleno de coches y desprovisto de personalidad. Una joya en el norte de España convertida en una charca cutre cuyo paradigma es una competición de hamburguesas con temática californiana y kilos de carne podrida. Con unos servicios de basura absolutamente nefastos, papeleras rotas, kioskos cerrados, policías maltratados por el Ayuntamiento, mal olor y los restos inservibles de una smart city que nunca fue smart ni city. La alcaldesa no mira por los vecinos y su legado para Santander es la despersonalización, la falta de belleza, el turismo masivo, los atascos, el sobrecoste, las franquicias, el antiracinguismo y la humillación a la identidad cultural de Cantabria.

Lo peor de todo es que sabemos que esto no va a cambiar.

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