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Coctelera

María de Maeztu, Victoria Kent y el club de mujeres que el franquismo hizo desaparecer

El Lyceum Club Femenino nació en Madrid en 1926 y se convirtió en uno de los grandes espacios de libertad para las intelectuales de la época

Amanda Ramos, redactora de ElPlural
Lyceum Club Femenino.

Lyceum Club Femenino.

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Hace cien años, en un Madrid en el que las mujeres todavía estaban privadas de buena parte de sus derechos políticos y civiles, un grupo decidió hacer algo tan aparentemente sencillo como tener un lugar propio donde reunirse, pensar, trabajar y organizarse. Lo llamaron Lyceum Club Femenino. Por allí pasaron María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Carmen Baroja, Victorina Durán y muchas otras mujeres que estaban intentando ocupar espacios de los que hasta entonces habían permanecido apartadas.

Un siglo después, aquel experimento vuelve al lugar donde comenzó. La Fundación Ortega-Marañón de Madrid, en la antigua Residencia de Señoritas, acoge hasta el 22 de enero de 2027 una exposición dedicada al centenario del Lyceum. La muestra reúne documentación, fotografías, correspondencia y otros materiales para reconstruir la historia de una asociación que llegó a contar con centenares de socias.

Pero su historia tiene poco de celebración nostálgica. El Lyceum incomodó desde el principio porque aquellas mujeres no se limitaron a reclamar presencia en la cultura. Querían intervenir en la sociedad.

El club nació en la primavera de 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera. Su funcionamiento seguía el modelo de otros Lyceum creados en ciudades europeas y americanas y respondía a una necesidad bastante concreta. Las mujeres que empezaban a acceder a estudios superiores y profesiones liberales podían tener formación, pero seguían encontrándose con una vida intelectual y profesional organizada fundamentalmente por hombres.

El Lyceum debía romper ese aislamiento.

Solo las mujeres podían ser socias, aunque los hombres podían participar en determinadas actividades. Había secciones dedicadas a literatura, ciencias, artes, cuestiones sociales o música y se organizaban conferencias, exposiciones y encuentros. Pero aquello no era simplemente un salón cultural para mujeres de clase acomodada. La propia organización insiste hoy en su carácter feminista y en su compromiso con la ciudadanía, la profesionalización femenina y la acción social.

Entre sus proyectos estuvieron la Casa de los Niños, pensada para facilitar la conciliación y el cuidado infantil, y el Comité del Libro para el Ciego. A la vez, el club proporcionaba algo difícil de cuantificar pero quizá todavía más importante. Una red. Escritoras, abogadas, artistas, pedagogas y profesionales podían conocerse, intercambiar contactos y respaldarse mutuamente en un país donde desarrollar una carrera seguía siendo excepcional para una mujer.

Demasiado modernas para su tiempo

Ese protagonismo no tardó en provocar resistencia. Los sectores conservadores atacaron al Lyceum y a sus integrantes precisamente porque entendieron que allí se estaba produciendo algo que iba más allá de las tertulias culturales.

Sus integrantes llegaron a ser presentadas como antipatriotas, masonas o enemigas de la familia. El lenguaje puede sonar hoy desmesurado, pero ayuda a medir hasta qué punto resultaba perturbadora entonces la existencia de mujeres que reclamaban autonomía intelectual, laboral y política.

El club atravesó además una España que estaba cambiando aceleradamente. Sus años de actividad abarcaron el final de la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la conquista del voto femenino y finalmente la Guerra Civil.

Muchas de aquellas mujeres participaron en las transformaciones políticas y culturales del periodo. Victoria Kent alcanzó responsabilidades políticas, María de Maeztu impulsó algunos de los principales proyectos educativos destinados a mujeres y otras socias construyeron carreras en la literatura, las artes, la enseñanza o el derecho.

El Lyceum no creó por sí solo aquella generación. Lo que hizo fue proporcionar uno de los espacios en los que esa generación pudo reconocerse como tal.

El franquismo no heredó el Lyceum, lo desmontó

La Guerra Civil puso fin a la experiencia. Tras la victoria franquista, el club fue clausurado, sus bienes fueron incautados y muchas de sus integrantes emprendieron el camino del exilio o quedaron apartadas de la vida pública. Parte de las redes intelectuales y profesionales que habían construido durante años se dispersaron.

La desaparición fue también simbólica. Uno de los documentos mostrados en la exposición conserva una imagen especialmente elocuente. Sobre el sello del antiguo Lyceum aparece el del Centro Cultural Medina, organización vinculada a la Sección Femenina de Falange que ocupó su lugar.

No era un simple cambio de nombre. Frente a una asociación creada por mujeres para ampliar su autonomía, el nuevo régimen levantó un modelo femenino ligado a los principios sociales y familiares del franquismo.

Por eso el centenario cuenta algo más que la historia de una asociación desaparecida. El programa impulsado por el Ministerio de Cultura, el CSIC y distintas instituciones intenta reconstruir también las redes culturales que sobrevivieron en el exilio y las trayectorias de unas mujeres que durante décadas quedaron fuera del relato principal de la Edad de Plata española.