Julia Montejo Rodríguez (Pamplona, 1972) es escritora, guionista, directora de cine y profesora universitaria. Su nueva novela, 'La hija del sordo' (Huso, 2026), cuenta la historia de Amada, una mujer que crece entre un padre sordo que ha impuesto la ley del silencio y una madre culta que le enseña, a escondidas, a leer y a nombrar el mundo.
La autora presenta su nueva obra el próximo lunes 20 de abril, a las 19h, en la Fundación Ortega-Marañón, de Madrid, acompañada por el también escritor Antonio Orejudo.
Pregunta: - ¿Quién es “'La hija del sordo'?
Respuesta: - “'La hija del sordo' es alguien que ha aprendido a leer el mundo sin que el mundo le dé todas las claves. Amada es una niña que crece en un territorio donde lo no dicho pesa tanto como lo dicho, y donde la identidad se construye a partir de huecos, de silencios, de intuiciones. Pero también es una figura simbólica: representa a quienes han heredado historias incompletas, verdades a medias, y tienen que decidir si las aceptan o las desafían.
P: - ¿Cuál es la ley del silencio que se impone en tu novela?
R: - La ley del silencio es algo mucho más íntimo y, por eso mismo, más contundente. Nace del miedo a quedar fuera, de la necesidad de pertenecer a cualquier precio al único lugar en el que la madre de la protagonista se siente acogida. La impone un padre que no quiere quedarse al margen de lo único hermoso que ha construido en su vida, y la madre la acepta porque ha descubierto que el valor de las personas no está en la palabra: la palabra ha sido, para ella, el sostén de las mentiras que han arruinado su vida.
En ese contexto, el silencio deja de ser ausencia y se convierte en refugio: un espacio donde, paradójicamente, parece que ya nada puede traicionar. Pero ese refugio también tiene un coste, porque lo que no se dice no desaparece, solo cambia de forma y sigue operando en la sombra. El silencio permite construir un mundo aparte, pero el ser humano no está hecho para vivir aislado, y ese mundo termina por convertirse en una cárcel.

P: - ¿La idea de esta historia te surge de alguna observación en especial?
R: - Sí, surge del trabajo de investigación que llevo años haciendo alrededor de las biografías de mujeres creativas, y que se materializó en mi podcast Contando Mujeres. Al leer y analizar las vidas de escritoras, empecé a detectar dos constantes: el cuerpo y el lenguaje como ejes que atraviesan sus vidas. Me interesaba especialmente una pregunta: qué ocurre cuando alguien no tiene acceso pleno al lenguaje, o cuando las palabras no están disponibles para nombrar lo que vive. ¿Cómo se aprehende el mundo? ¿Cómo se interpreta? ¿Afecta esto a tu escala de valores?
A partir de ahí, me fascinó la idea de la privación no solo como pérdida, sino como origen de otras capacidades. Historias como la de Helen Keller o los estudios de Oliver Sacks muestran que, sin lenguaje, el pensamiento no se organiza igual, pero también que el cerebro encuentra otras formas de percibir el mundo.
Entonces me planteé una hipótesis casi literaria: ¿qué pasaría si una niña con una sensibilidad extraordinaria hacia el lenguaje creciera en un entorno donde hablar está prohibido? Esa tensión entre carencia y potencia, entre silencio impuesto y necesidad de nombrar, es el origen de la novela.
P: -Todo tema tiene las dos caras de una moneda. El silencio puede ser visto como algo necesario cuando es una elección. ¿Y cuándo es una imposición, el silencio se vuelve ruido?
R: - Exactamente. Nada es bueno o malo. La vida, sobre todo la buena, se sostiene en el equilibrio de lo de los grises. El silencio elegido puede ser un espacio de resistencia, incluso de libertad. Me fascina lo que nos cuesta decir “no sé” y, sin embargo, lo liberador que resulta decirlo en voz alta. No siempre hay que hablar, ni opinar. Qué felices seríamos sin sentirnos obligados a ello… Pero el silencio impuesto es otra cosa: es una forma de violencia. Te relega a los márgenes y termina distorsionando la percepción que tú tienes de la realidad y que los demás tienen de ti. El silencio impuesto condiciona todo: las relaciones, los afectos, la manera de entenderse a uno mismo.
P: - ¿En tu novela el silencio como doctrina es general en la región abandonada en donde ocurre la trama?
R: - No, solo en el caserío. En el resto lo que se explora es la capacidad real que tiene una de expresarse cuando la educación es limitada.
P: - ¿'La hija del sordo' marca un antes y un después en tu obra?
R: - Creo que sí. Es una novela más depurada, más radical en su planteamiento. He intentado ir más lejos en la exploración de la identidad y de los mecanismos invisibles que nos configuran. También hay una mayor voluntad de despojar la narración de lo accesorio, de confiar más en la potencia de lo sugerido. En ese sentido, sí, supone un punto de inflexión.
P: - ¿Julia Montejo soluciona algo cuando escribe?
R: - Ja, ja, ya me gustaría…. No creo que la escritura solucione, pero sí ordena, ilumina, a veces incomoda. Escribir es una forma de pensar con más precisión. Creo que estamos en un momento interesante, casi de regreso al espíritu de los griegos en su interpretación de la ficción. Tenemos una necesidad urgente de sentir en un mundo que nos empuja constantemente a lo contrario. Y en ese contexto, la emoción no es algo menor o decorativo, sino un verdadero catalizador de cambio. La literatura no arregla el mundo, pero puede mover algo dentro de nosotros, y eso, a veces, es el comienzo de todo.
P: - ¿Y los lectores, esperas algo de ellos?
R: - Busco a mis iguales, lectoras que completen los silencios, que se hagan preguntas. La literatura no es un lugar de respuestas cerradas, sino un espacio de fricción. Si después de leer la novela algo se mueve, entonces ya ha pasado algo importante. Aspiro a que estas historias y sus personajes, de principio a fin, se queden en la memoria y ayuden a mirar y cuestionar el mundo y lo que damos por sentado.