Cuando mis sobrinos eran aún más pequeños, me pedían que les hiciera el Mussolini. Les cogía por los tobillos, les ponía boca abajo y les zarandeaba. Una y otra vez. Esta semana me he acordado de ello porque he visto la serie de SkyShowtime que narra la historia del dictador italiano que acabó colgado en la Plaza Loreto de Milán.
Mussolini: hijo del siglo, basada en la en la biografía de Antonio Scurati, es un ejercicio audiovisual brillante en el que se entremezcla el teatro con el cine. Una sádica performance sobre un criminal shakesperiano, desbordado de carisma y personalidad, que crea un ejército de hombres vestidos de negro. En sus pechos, calaveras con cuchillos en los dientes, garrotes fálicos en las mano y pistolas en el cinturón. Uno ve aquellas imágenes y es testigo visual de un desfile del Orgullo celebrado en una distopía homofascista.
Creo que existe cierto paralelismo entre la Europa de entreguerras y nuestro tiempo. El auge de la extrema derecha, el ensanchamiento de la polarización social, la debilidad de las democracias liberales y las disputas entre bloques, son varios "me suena" de una época que acabó desembocando en regímenes brutales y absolutamente destructores. A lo largo de la serie italiana, vemos a un Mussolini intelectual, leído, magnético, retórico y mentiroso patológico, siendo esto último condición sine qua non de todo buen intérprete. Algo que, al menos en la construcción del personaje y su capacidad de seducción, queda muy lejos de nuestro fascista particular, Santiago Abascal.
Qué suerte que Vox esté liderado por un palurdo sin lecturas y alejado de la belleza. Un tipo que lleva estafando a España con banderitas, puros y una barba que esconde la barbilla del Chad afeitado. Santiago Abascal es un tipo sin carisma y jamás podrá ser definido como un hijo del siglo. El italiano fue un prestigitador. Hizo desaparecer la democracia como David Copperfield La Estatua de la Libertad. Un mago de la retórica. Santi es un pobre diablo. Un cobarde (así le definen quienes le conocen bien) y un esclavo. De sus hombros cuelgan hilos que maneja un titiritero con kipá y contra su cuello chocan las suelas de unas botas texanas. El católico divorciado siervo del sionismo, el liberal que lleva viviendo de paguitas toda su vida. El militarista que se escaqueó de hacer la mili, el patriota hispanista que se arrodilla ante Trump y Netanyahu, representantes de la mayor corriente antiespañola en el mundo. El defensor del obrero español que vive aislado en un casoplón en Arturo Soria y veranea como un influencer.
Los fascismos del siglo XX entendieron perfectamente que la política también entraba por los ojos. La mandíbula, el pecho hinchado, los silencios, los balcones, las camisas negras, las concentraciones convertidas en coreografías de masas. Todo estaba pensado para fabricar una imagen de fuerza, modernidad y destino. Nuestro fascismo, en cambio, tiene un problema de atrezo. Es sumamente feo y cutre. Mussolini era un violinista aficionado que utilizó la ópera como método propagandístico. Nosotros tenemos a Angie Corine, Infovlogger y Los Meconios. Mussolini vestía de la alta costura y creía la importancia de la moda como herramienta política; Abascal viste polos de El Capote. A la Europa de entreguerra la condenó la belleza; a España le salvará la fealdad.
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