La paternidad tiene un problema: hace creer a los padres, por algún motivo que no entiendo, que sus hijos son especiales; les hace pensar que el fruto de sus entrañas es diferente al fruto de las entrañas de cualquier otro, que ese compás de cuerpo y alma que tienen entre los brazos es genuino y debe diferenciarse a toda costa de los demás. Este problema, por ejemplo, explica que existan los coles concertados, donde los padres mediopensionistas llevan a sus críos pensando que no deben juntarse con otra morralla mediopensionista; o la epidemia de actividades extraescolares, un tufo para los pobres críos que deben soportar a las cinco clases de violín y a las siete de ballet porque el papá de turno cree que el sacamoquitos que tiene por niño es el futuro Strauss.
Normalmente, el crío, que suele ser más listo que los padres, entiende que forma parte de un mundo mucho más grande que las cuatro paredes narcisistas de su casa y aprende hostia a hostia, palo a palo, que en verdad no es un tipo especial, sino un chico cualquiera, como su vecino tartamudo o el compañerito de clase que tiene un tic en los ojos, y que la vida le depara una dureza despiada que no se verá amortiguada por el virtuoso cariño de sus progenitores. Todos nos hemos sentido un poco especiales de críos y nos hemos dado cuenta al salir a la calle que somos iguales que el resto, del montón, y que nadie nos debe nada, independientemente del amor que hayamos recibido de nuestras familias.
Este proceso, que la mayoría culminamos cuando nos hacemos adultos, tienen la inmensa fortuna de saltárselo los nepobabies, es decir, los hijos de personas importantes, con capital cultural, económico o social, que deciden dedicarse a lo mismo que sus viejos por eso de tener la vida hecha antes ya de empezarla. Los nepobabies son unos sujetos dignos de estudio que no se han estrellado al luchar por un sueño o ambición, ventajas de tener debajo el comodísimo colchón del puto papi o la puta mami, y de adultos, con ya canas en la cabeza y en algún sitio más, se pasean por el mundo con la frente alta y creyéndose más listos que el resto por no haber fallado. Se creen especiales, mejores que todos nosotros y, mucho peor, únicos; se piensan irrepetibles, producto de una singularidad divina que les ha regalado a ellos una sangre diferente al resto, como si no fuera acaso igual de roja que la nuestra si les hiciéramos sangrar.
El último al que he visto mostrar en público esta condición, que me gusta llamar el síndrome del nepobaby, es a Ernesto Castro, filósofo e hijo de Fernando Castro Flórez. Por motivo de su conversión al catolicismo, El País le hizo una entrevista donde se encargó de engalanar su individualismo masturbatorio con unas declaraciones en las que aseguraba que la gente había perdido el interés por la lectura y escritura, y que ahora todo era TikTok y tontunas. Menos él, claro, que es muy especial y se distingue de la birria que hay en la masa
De su conversión no diré mucho porque me da un poco igual, más allá de que me parezca muy curioso que decida diferenciarse del resto de la gauche divine moderna, friki, y perversa a la que pertenece adoptando el catolicismo, cuando hace solo unos años, mientras el trap se consideraba un producto contracultural, decidía abrazarlo como su seña de identidad – le dejó de molar cuando el populacho lo asimiló y le robó la exclusividad –, sin embargo, sí diré que el heredero Castro es la personificación de los críos a los que no supieron dejar de llamar genios a tiempo por leerse cuatro libritos de la biblioteca privada de sus padres, y ahora, en la adultez, nos miran al resto como si fuéramos gilipollas; el heredero Castro es la prueba viviente de que el individualismo es un mal galopante que se gesta en las cegueras de las clases altas; Castro es la evidencia definitiva de que no se puede ir por la vida con ese tono repelente, midiendo al resto de la población desde arriba y diciendo en el periódico más leído de España que los demás son unos paletos que no conocen los placeres intelectuales de la lectura que él sí. Igual alguien le tendría que haber dicho al heredero Castro que no es especial.
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