Han pasado 25 años desde que Baz Luhrmann estrenó en 2001 este artefacto sentimental, barroco y absolutamente desacomplejado, una película que abrió el Festival de Cannes aquel año, compitió por el Oscar a mejor película y terminó llevándose dos estatuillas, a mejor dirección artística y mejor vestuario. Nicole Kidman, además, fue nominada como mejor actriz por su inolvidable Satine.

Vista hoy, Moulin Rouge! sigue produciendo la misma impresión que entonces: la de una obra que no pide permiso. Entra en escena a toda velocidad, sin pedir perdón por su artificio, por su histeria visual, por su romanticismo febril. Luhrmann no quería hacer un musical clásico ni una reconstrucción respetuosa de la Belle Époque; quería fabricar un torbellino. Y lo logró. París, en su versión, no es una ciudad: es una borrachera. El cabaré no es solo un escenario: es una religión del deseo. Y el amor, claro, no es una promesa serena, sino una forma bellísima de perderse.

Quizá por eso la película ha resistido tan bien el paso del tiempo. Porque nunca aspiró al naturalismo. Su apuesta era otra: convertir el exceso en lenguaje. Todo en Moulin Rouge! está subrayado, recargado, llevado al borde del colapso. Los decorados brillan como si hubieran sido soñados por alguien con fiebre, el montaje corre como si temiera detenerse y las interpretaciones se entregan sin red. Pero debajo de esa capa de purpurina, hay algo sorprendentemente sencillo: una historia tristísima sobre dos personas que se aman demasiado tarde y en el lugar equivocado.

Ese corazón melodramático es el que evita que la película se convierta en un mero ejercicio de estilo. Satine no es solo “el diamante resplandeciente”; es una mujer atrapada entre el espectáculo y la supervivencia, entre la fantasía que vende y la fragilidad que esconde. Christian, por su parte, podría haber sido un poeta insoportable, pero Ewan McGregor le presta una mezcla extraña de ingenuidad y temblor que hace que funcione. Lo que ambos personajes comparten no es solo química, sino una clase de fe. En Moulin Rouge! amar todavía significa creer que una canción puede salvarte la vida, aunque sea durante tres minutos.

Y ahí entra la banda sonora, que sigue siendo una de las grandes proezas de la película. Luhrmann entendió algo esencial: que el musical contemporáneo no podía limitarse a imitar el pasado. Había que contaminarlo con la memoria pop del espectador. Por eso Moulin Rouge! mezcla a Elton John con Nirvana, a Madonna con Queen, a The Police con el cancionero romántico más clásico. No utiliza esas canciones como simple guiño cómplice; las convierte en atajos emocionales. Cuando escuchamos Your Song, Heroes, Like a Virgin o El Tango de Roxanne, no solo reconocemos una melodía: reconocemos una intensidad ya vivida, una biografía sentimental que la película reactiva y reorganiza.

Ese fue uno de sus mayores hallazgos. La banda sonora no funciona como decoración, sino como sistema nervioso. El célebre “Elephant Love Medley”, por ejemplo, podría haber sido un disparate y, sin embargo, se convierte en una escena de enamoramiento torrencial porque encadena fragmentos de canciones populares con una lógica puramente afectiva: no importa de dónde vengan, importa lo que hacen sentir. Del mismo modo, Come What May -la gran promesa de amor de la película- terminó convertida en su himno más íntimo, aunque paradójicamente no pudo competir por el Oscar a mejor canción original.

También Lady Marmalade merece capítulo aparte. Su inclusión en la estrategia promocional de la película fue decisiva. La versión de Christina Aguilera, Lil’ Kim, Mýa y P!nk se convirtió en un fenómeno propio: fue número uno en Estados Unidos y ganó el Grammy a mejor colaboración pop con voces. Más que una canción asociada al filme, fue casi su embajada sonora, el modo en que Moulin Rouge! se filtró en la cultura popular de comienzos de los 2000.

Pero reducir la banda sonora a sus éxitos sería injusto. Lo extraordinario de Moulin Rouge! es cómo articula el caos. Hay un gusto por el collage, sí, pero un collage con intención dramática. Nature Boy, interpretada por David Bowie en el álbum oficial, abre y cierra la experiencia como una especie de hechizo melancólico. El Tango de Roxanne sigue siendo una de las secuencias más electrizantes del cine musical moderno: deseo, celos y fatalidad convertidos en coreografía de navaja. Y luego está Come What May, que quizá resuma mejor que ninguna otra cosa la película entera: una mezcla de inocencia, devoción y tragedia anunciada

Detrás de su aparato visual desatado hay una defensa radical del sentimiento. Moulin Rouge! cree en el amor loco, en la canción dicha a quemarropa, en el espectáculo como refugio frente a la tristeza. Cree, incluso, en algo que el cine contemporáneo a veces mira con recelo: la belleza entendida como exceso, como arrebato, como forma de resistencia frente al desencanto.

A los 25 años, la película de Baz Luhrmann conserva intacta su capacidad para hacer llorar y sonreír en la misma secuencia. Pocas obras han entendido tan bien que el kitsch también puede ser sublime y que una historia de amor imposible, si se canta con la voz adecuada, puede sonar eterna. Moulin Rouge! no fue solo un musical exitoso. Fue, y sigue siendo, una invitación a vivir un poco más alto, un poco más fuerte, un poco más cerca del borde.

Porque algunas películas se recuerdan. Y otras, como esta, se tararean para siempre.

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