Un hombre joven, ambicioso y sin escrúpulos mira una rotativa como quien mira un arma cargada y entiende algo que el resto de su generación tardará décadas en comprender, que la verdad importa mucho menos que la velocidad con la que se cuenta una mentira convincente. Ese hombre no es un personaje de ciencia ficción distópica. Es Rupert Murdoch, joven, en 1969, y su historia abre este martes 2 de septiembre la 83ª edición de la Mostra de Venecia.
Ink, dirigida por Danny Boyle, cuenta el nacimiento de The Sun como tabloide sensacionalista, con Jack O'Connell dando vida al propio Murdoch junto a Guy Pearce y Claire Foy. El propio Boyle lo ha resumido con una frase que funciona casi como advertencia, mucho antes de Fox News, del clickbait y de Truth Social, décadas antes de Twitter, Facebook, Google y OnlyFans, estos dos hombres crearon un nuevo tabloide que, contra todo pronóstico, se convirtió en el periódico más vendido del mundo.
Un festival que sabe elegir sus batallas
Que el certamen de cine más antiguo del planeta decida abrir con esta historia no es casualidad de calendario. El director artístico de la Mostra, Alberto Barbera, ha hablado de un director ganador de un Óscar, uno de los dramaturgos más destacados del panorama teatral londinense y tres de los actores más aclamados del cine británico contemporáneo. Bonitas credenciales, sí, pero detrás de la ficha técnica hay una pregunta bastante más incómoda flotando en el ambiente, ¿qué tiene que decirnos hoy la historia de un tabloide de hace sesenta años?
Si algo demuestra Ink es que la fórmula que hoy asociamos con los algoritmos y las plataformas -titulares diseñados para generar reacción emocional antes que comprensión, la mentira que viaja más rápido que la corrección, el escándalo como modelo de negocio- no la inventó ningún ingeniero de Silicon Valley. La inventó, con papel y tinta, un tipo con visión comercial y absolutamente ninguna vergüenza.
Resulta casi tranquilizador, en un sentido perverso, descubrir que la crisis de confianza en los medios que hoy discutimos con tanta angustia tecnológica lleva gestándose desde mucho antes de que existiera un smartphone. La desinformación no nació con la inteligencia artificial, simplemente encontró un vehículo más rápido. Murdoch fue, en ese sentido, un adelantado, alguien que entendió que la información también es un negocio de atención, y que la atención se compra con escándalo, no con matices.
Lo interesante de Ink es que llega justo en el momento en que Europa discute cómo regular plataformas digitales, cómo proteger el periodismo de calidad frente a la avalancha de contenido generado por algoritmos, y cómo evitar que un puñado de dueños concentren la conversación pública. Ver el origen del monstruo mediático moderno con la distancia de seis décadas puede resultar más revelador que cualquier análisis actual sobre TikTok.
Una edición cargada de nombres, pero también de preguntas
Venecia 2026 no se agota en su película inaugural. Maggie Gyllenhaal preside un jurado que incluye a Johnnie To, Kaouther Ben Hania y Xavier Giannoli, mientras George Clooney y Ellen Burstyn recogerán sendos Leones de Oro honoríficos. Entre las producciones que competirán por el galardón principal figuran trabajos de Nanni Moretti, que regresa a competición tras años de ausencia, Werner Herzog, Hirokazu Koreeda y Lee Chang-dong, un cartel que combina veteranía consagrada con miradas muy distintas sobre el presente.
Cuando se apaguen las luces del Palazzo del Cinema y arranque la proyección, probablemente muchos espectadores no puedan evitar pensar en las notificaciones de su propio teléfono. En los titulares diseñados para generar rabia antes que comprensión. En la manera en que cualquiera, hoy, puede convertirse en su propio pequeño Murdoch con solo una cuenta de redes sociales y ningún filtro.
Ink no promete respuestas fáciles ni un retrato amable de su protagonista. Lo que sí promete, si cumple las expectativas que ha generado, es una genealogía incómoda del mundo en el que vivimos, contada desde sus orígenes más analógicos. Y quizás ahí resida su verdadero interés más allá de la alfombra roja, en recordarnos que antes de culpar a los algoritmos de nuestros males informativos, convendría preguntarse quién nos enseñó que la verdad siempre puede esperar si el titular es lo bastante bueno.
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